Al entrar el nuevo año y en ese andar algo apagado de las primeras horas, no puede dejarse a un lado con insistencia lo que vendrá. No sabemos el guión ni posibilidad de enmienda después. De manera que, aunque se trate de imponer cada ideología para ajustarse al correr de las vidas, sería más aconsejable que esas vidas pueden ir hacia delante y ver lo necesario para que el juego político grande, estructural, entienda qué está en la base de lo que ocurre.
Lo que está a la vista no es alentador. Aunque se mienta, se disfrace o, al contrario, se torpedea el poder instalado (y elegido), si alguien con suficiente neutralidad para ver claro y asoma el cuello sobre el tablero de los jugadores de ajedrez y mira cómo están dispuestas las piezas, parecerá una partida imposible sin trampas. La realidad -¿única verdad, no?- no permitirá las trampas. Pero se intentarán. Decidirán los hechos.
Para la pobreza no presenta soluciones lúcidas, iniciativas con posibilidades. Que existen, pero y solo si se hacen, las decisiones inteligentes, austeras y generosas, y no el parloteo o una indiferencia oculta. El dólar, los precios, la carne, son juegos o burlas a repetición desde hace poco menos de un siglo. La educación parece en extinción. Se abandona la mitad del secundario, en muchos lugares de nuestra tierra los chicos de los grados primarios se duermen, no resisten la falta de alimentación: el sueño de los condenados. No hay proyectos acerca de hacer caminos, modernizar los hospitales, construir escuelas, proveer internet, acabar con la ominosa desnutrición. Nada. Algo habrá de mejorarse, para no vivir en aflicción permanente. Hay unas instituciones en convivencia con señores feudales crueles y ricos o barones territoriales de una avidez por negocios grises y poder eterno con una desfachatez solo comparable con la violencia que emplean.
¿Entonces?
El escriba solitario de las horas iniciales del 22 cree que hay que ponerse en marcha una política desde abajo hacia arriba: tratarse bien. No es un entretenimiento pueril sino la llave de una cerradura. Nos estamos tratando muy mal. Si se modificara en parte el modo de tratarnos unos a otros en la Argentina se produciría un cambio que entrara sin espera a lo que en apariencia es más trascendente y estructural pero que no camina sin una transformación en cómo nos tratamos. En los atrayentes programas políticos de televisión, el hacinamiento de representantes es ejemplo de agresividad y los malos modos que ruborizan. Interrumpir, burlarse, tapar la voz de los otros.
Un proyecto tácito y mayoritario para conseguir que pudiéramos tratarnos mejor resultaría en buenos vínculos, mejores vecinos, buenos padres de los chicos -que es un lugar familiero y amante, protector, es falso: ver informativos, ver calles, ver paco, ver abandono, ver mendicidad forzada como medio de conseguir drogas-, mejoraría el comercio y el ánimo.
Ser amable y considerados con los viejos, hablar sin ladridos, agradecer, dar la palabra -no es lo mismo que dejar aparte convicciones-, ayudar al alguien que no esté bien en cualquier sitio. Tratarse bien. Tratarnos bien. Si no se entiende es inútil volver cien veces a una réplica de La Moncloa que acudiera a evitar el vacío, miedo mayor a lo largo de toda la historia del país desde Rosas hasta Alberdi. Si fuera posible y no chamuyo -ni siquiera saben de qué se trata- se hubiera hecho algo con ese espíritu. Pero no. A nuestro país, esa ropa le queda grande de todos lados.
Tratarse bien es efectivo, mejora. No se trata de un rigodón con reverencias y excesos. Nada demasiado lejano ni utópico. Sería, y es posible con rapidez al darse cuenta, hacer funcionar una sociedad capaz de tenerse afecto por quienes lo integren sin necesidad de que todos vean lo que ocurre con las mismas dioptrías. Nosotros somos -en barrido general- un pueblo serio. No triste, no: serio. El escriba recuerda una carta del poeta Raúl González Tunón a cierto amigo sobre un tercero que había muerto: “Era triste y cordial como un argentino legítimo”. Esa gota de tristeza con alguna elegancia y afecto es de una belleza certera.
Mientras se discute a los chillidos, se dramatiza y engaña, los días transcurren. Uno tras otro nos tratamos peor. El miedo, las dudas, la pandemia, el delito brutal están más fijas e intervenidos que la política mimetizada por un río de palabras que pasa cada día. Un bajón de ánimo y de cierto sentido del humor -que es casi patrimonial- queda para los humoristas de gran creatividad. Han recuperado el periodismo satírico: Ariel Tarico, Rolo Villar son ejemplos junto con brillantes dibujantes de gag cotidiano, gran tradición argentina. Puntos altos con una potencia de transmisión y eficacia que nos dan otra posibilidad en tren de recuperación: la de las reuniones de amigos entrañables que podían comer juntos con filiaciones políticas distintas. Fue posible. Ocurrió mucho. Es nuestra manera de ser en colmena, con terribles interrupciones, sí, pero de raíz ¿Por qué resignar esa manera civilizada y cálida para ceder al fanatismo, el rencor, la agachada, la falsedad, la hosquedad?
Limpiarse de resentimiento, considerar a quienes son más débiles y respetarlos. No lanzarse en la ruta por las banquinas, ir a velocidades de autopistas alemanas sin límites por carreteras del siglo XlX y doble mano. Cortar con fuerza y sanciones las acciones peligrosas al manejar, el zigzag, la amenaza de coche a coche. Tratarnos bien, al margen y antes de que la tortuga democrática -hay por suerte una, como sea- se dé cuenta. Que lo hagamos por iniciativa propia sin que nos reparten la libreta de frases viejas, las frases y consignas del atraso.
El escriba no lo piensa solo por los movimientos de sesera en un día afelpado. Durante la segunda presidencia de Mitterand en Francia se puso en marcha la politesse, la cortesía como tema de Estado. Bien sabían que el talante espinoso, la impaciencia, la aspereza entre franceses sobre todo con los millones y millones que reciben. Se dieron cuenta. Al principio fue tomada en broma, ridiculizada. Al tiempo se saludaron con una sonrisa, se dijeron gracias y por favor, al viajero pesado que preguntaba por una calle dejo de darle vuelta la cara sino atendido y acompañarlo una o dos cuadra. No fue magia sino una política adjunta y aún más veloz que los mecanismos tradicionales. Crecieron las ventas , llegaron más visitantes -negocios, intercambio, plata fluyente-, intentaron resolver en parte la irritación de los indignados frente a lo que Oriana Fallaci llamó “Eurabia”.
El valor de darse cuenta. El enojo volcánico en el país aún llamado la Argentina quizás necesita un darse cuenta total. Tirar lo rancio y la intoxicación social, como si fuera a aceptar la idea de Marie Kondo: despegarse de lo que lastra y acumula en vano. Ya que estamos los japoneses lo tienen como la manera de vivir. Les va bastante bien.
No una revolución, no echarlo todo abajo ni refundar nada. Un principio que parece sencillo y puede ser capaz de empezar un camino ahora, ya: tratarnos bien.
SEGUIR LEYENDO: