¿Cuál es tu Luna?

¿Cuál es la meta? ¿Cuál es el objetivo? ¿Por qué no animarse a volar? ¿Quiénes deseamos ser?

La Luna

La imagen era desoladora. El silencio del abandono gritaba. Apenas lo acompañaba el distante soplido del viento del desierto. La nube de las dudas ensombrecía la pesada y seca mañana al sol. Recordaba el mundo de promesas que habían llegado desde el cielo hacía años. Las que había escuchado una y otra vez. Pero se veía en el espejo de su realidad y apenas encontraba a un hombre solo, vacío y cansado.

Años atrás, mucho antes de ese momento de desilusiones, Abraham estaba en la penumbra de su tienda. Entonces sintió que lo tomaban de la mano: “Lo sacó (Dios) afuera y le dijo: Mira al cielo, y cuenta las estrellas... así será tu descendencia” (Gen. 15:5). Mientras tanto, él pensaba en su interior que con un sólo hijo bastaría. Pasados los años y ya mayor, sus únicos dos hijos estaban lejos. Habían partido a sus propios destinos. Su esposa Sara acababa de morir en sus brazos. Y ahora se encontraba absolutamente solo, teniendo que despedirla en el final, su último refugio.

“Alza ahora tus ojos y mira desde donde estás, al norte y al sur, al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, a ti te la daré y a tu simiente para la eternidad” (Gen. 13:14-15). El recuerdo de aquella otra promesa se hacía ya vago. Por los largos años pasados, y por los ojos llenos de lágrimas al darse cuenta de que, en verdad, además de su soledad, apenas contaba con una cueva en el desierto de Hebrón, donde enterrar a su gran amor.

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El contraste entre la realidad y su aspiración era abismal. La distancia entre la pobreza de su soledad y las promesas de destinos infinitos era excesiva. ¿Cómo logró Abraham transformarse, desde esa cueva en el desierto, en una de las personalidades más influyentes de la humanidad en los últimos 4.000 años?

Apenas cuatro meses después de ganar las elecciones en los Estados Unidos en 1961, el presidente John F. Kennedy anunciaba el objetivo de “llevar a un hombre a la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra” antes del final de la década. La misión para la época era, sin dudas, imposible. El periodista Charles Fishman en su libro “One Giant Leap” asegura que “[Estados Unidos] no tenía una nave espacial que pudiera volar a la luna. No teníamos un cohete que pudiera lanzarse a la Luna. No teníamos una computadora lo suficientemente pequeña o poderosa para hacer la navegación necesaria para llevar a la gente a la Luna. Nunca nadie había salido de una cápsula al exterior del espacio. No teníamos forma de comunicarnos con los astronautas. No sabíamos siquiera cómo era la superficie de la Luna”.

En su libro, Fishman relata la aventura imposible de cientos de miles de personas comunes, que se pusieron como meta llegar a la Luna sin un cohete. Inspirados por una misión, alentados por una voz que los animaba a lograr llegar al cielo, lograron que, en 1969, antes que terminara la década, el Apolo 11 llegara a la Luna. El desarrollo tecnológico que se implementó para la increíble aventura no sólo cumplió aquel milagro, sino que abrió a la vez la era digital que conocemos hoy y un crecimiento fenomenal en exploración e innovación.

“Lo sacó afuera y le dijo: Mira al cielo, y cuenta las estrellas...”.

Desde el cielo le preguntaron al Patriarca Abraham: ¿Cuál es tu Luna?

Entonces, incluso desde lo aparentemente imposible, desde el vacío de las soledades, la tristeza de lo perdido y la oscuridad de una cueva en el desierto, se puso otra vez de pie. En marcha hacia la Luna, para que su historia siga siendo vivida miles de años después.

¿Cuál es la meta? ¿Cuál es el objetivo? Por loco que parezca, por imposible que sea. ¿Quiénes deseamos ser? ¿A dónde queremos llegar? ¿Dónde termina el techo, si hay una Luna allí afuera esperándonos? ¿Cuántos se sumarían a cambiar el mundo con tal de lograr la Luna? ¿Por qué no animarse a volar? ¿Por qué no preguntarse: cuál es mi Luna?

Amigos queridos. Amigos todos.

Rabi Iojanan enseña en el Talmud (Tratado de Sanhedrin 42a) que aquel que bendice a la luna en el momento adecuado, es como si saludara al Rostro del mismo Dios.

Todos tenemos nuestra Luna. A veces, sólo necesitamos que alguien nos haga mirar al cielo, y la señale con el dedo.

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