Trump: el final de un presidente intempestivo

La confrontación que el mismo presidente se encargó de alimentar, y que ciertamente le fue tan redituable en 2016, en esta oportunidad le jugó una mala pasada

El presidente Donald Trump (REUTERS/Carlos Barria/File Photo)

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, reza una antigua frase, acuñada por el célebre pensador italiano Antonio Gramsci, alertando sobre los peligros de esas transiciones en las que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no logra aun nacer. Una metáfora que, sin duda, sirve para graficar el particular e incierto escenario político y social que atraviesan los Estados Unidos tras el proceso electoral presidencial.

Si bien por estas horas ya está confirmado que el demócrata Joe Biden logró superar el umbral de los 270 electores necesarios para ganar, el conteo de votos, que comenzó tras el cierre de las mesas de votación el pasado martes a la noche, aún sigue en marcha en varios estados y los números marcan una ajustada diferencia entre los contendientes.

A esta inusual demora, que en gran medida es producto tanto del alto nivel de participación y un inédito volumen de la votación por correo como de un vetusto y arcaico sistema electoral, se suma la especulación sobre cómo actuará el siempre impredecible e irascible presidente Donald Trump de cara a una transición hacia el traspaso de mando el 20 de enero próximo, proceso que históricamente se ha caracterizado por ser ordenado y pacífico.

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El inicio: crónica de un final intempestivo

La llegada de Trump al 1600 de la avenida Pensilvania en 2016 fue estrepitosa. Si bien no fue la primera vez que el magnate había manifestado sus aspiraciones políticas, el fin de los dos mandatos de Barack Obama, la debilitada situación económica y el incremento del descontento con los políticos tradicionales generaron un escenario propicio para quien, si bien se presentaba como candidato republicano, era virtualmente un outsider. El neoyorkino perdió el voto popular frente a Hillary Clinton (46.15% a 48.17%), pero alcanzó una mayoría en el colegio electoral (304 a 227) y llegó a la Casa Blanca.

Su estilo políticamente incorrecto, confrontativo y disruptivo durante la campaña de 2016 fue un gran llamador para la prensa y la opinión pública, quienes se vieron atraídos por su estilo y su excéntrica figura. Esto, llevado al plano de la gestión, no presentó grandes variaciones. Es posible que se haya hablado más sobre las formas, dichos y gestos de Trump que de sus políticas, acciones concretas y su magro legado. Sólo para mencionar un tema: la promesa de la construcción del muro que separase México de Estados Unidos, la estigmatización de los inmigrantes, el aumento de la demanda laboral que conllevaría el cierre de la frontera y el pago de la construcción del muro por parte de los mexicanos, fueron atracciones discursivas que lo posicionaron en las principales portadas de los medios y en boca de muchas personas. Lo cierto es que, al igual que el muro, muchas de las amenazas y promesas de Trump quedaron relegadas exclusivamente al plano de la retórica.

En el orden de la normalidad, cabría esperar que cualquier presidente estadounidense tenga dos mandatos en la Casa Blanca. Esto ha ocurrido en la mayoría de los casos en los últimos 100 años. Sin embargo, hablar de Trump es enmarcar todo en un halo de excepcionalidad. El mandatario pasó a integrar un selecto y poco prestigioso grupo: sólo cuatro presidentes (H. Hoover, G. Ford, J. Carter y G. H. W. Bush), en los últimos cien años, no han logrado un segundo mandato. Trump es el quinto, y la propia intempestividad con la que llegó al gobierno es una de las razones por las que no consiguió su reelección.

Una campaña atípica

En su clásico texto “100 cosas que he aprendido en 30 años de trabajo como asesor de campañas electorales”, Joseph Napolitan, referencia en materia de consultoría política y asesor de J. F. Kennedy y H. Humphrey, consagró un axioma que señala que “cada campaña es diferente; cada campaña es la misma”. Hay un conjunto de elementos que se repiten contienda tras contienda. El más notorio –dicho por el propio Napolitan- es el objetivo de que el elector escoja una boleta entre varias. Sin embargo, cada campaña es distinta en la medida en que los candidatos, los contextos y las necesidades del electorado varían.

Esta contienda presidencial en Estados Unidos tuvo, en este sentido, una gran particularidad respecto a otras. El covid-19 marcó una agenda difícil para todos los candidatos. Incluso, puso en cuestión lo procedimental del proceso electoral, ya que había que evitar la concentración de gente en mitines, eventos y durante el mismo día de los comicios. Los notables resultados en materia económica que, por ejemplo, llevaron a reducir el desempleo al 3,5% (uno de los valores más bajos en las últimas décadas), se vieron dilapidados por el impacto de la pandemia (el desempleo subió al 14% en pocos meses) y un conjunto de malas decisiones –entre ellas el negacionismo- que llevaron al país a ser el que más muertes tiene que lamentar en el mundo.

La confrontación que el mismo Trump se encargó de alimentar, y que ciertamente le fue tan redituable en 2016, en esta oportunidad le jugó una mala pasada. Millones de estadounidenses, descontentos con él, emitieron su sufragio presencialmente, pero sobre todo, por correo. Si bien esto había sido previsto por el equipo de campaña de Trump, y de ahí que el presidente se haya encargado en distintas oportunidades de cuestionar la legitimidad de este tipo de sufragio, nadie previó que el aluvión de votos en contra de Trump tomase las dimensiones que finalmente adquirió. De hecho, la participación electoral superó el 66%, la más alta después de la de 1900 (73.2%). En otras palabras, esta fue la contienda electoral que más electores logró movilizar en un siglo. Se trata de todo un dato si recordamos que, en dicho país, el voto es optativo. Y que, además, la elección tuvo lugar en plena pandemia global.

Los monstruos en medio de la noche

La democracia es el régimen cuyo principio esencial es el del movimiento permanente. Todo está en tela de juicio, y todo se puede mejorar. En contrapartida, en los regímenes autoritarios nada está en tela de juicio, las verdades son absolutas y la rigidez es lo que caracteriza a lo político.

Sin embargo, esta extraña situación de incertidumbre en la que lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir, donde la definición sobre quienes el próximo presidente se dilató por largas jornadas, genera –siguiendo a Gramsci- toda clase de monstruos. El más evidente –y no menos riesgoso- es la incertidumbre. Nada peor en medio de una crisis como la que generó el covid-19 con gran impacto en la economía, para que a ello se le sume una crisis de representación y de autoridad.

Por otro lado, un monstruo temible en este contexto es el fervor que el resultado puede despertar –o ser despertado- en cada facción de una sociedad que, a todas luces, está atravesada por profundas grietas. Nada es más necesario que evitar la confrontación y la violencia en estas horas, en las que la prioridad debería ser el respeto a la institucionalidad y, sobre todo, el escuchar a la voluntad popular que ya se expresó en las urnas.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)

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