Bolivia tiene siempre vigente la alternativa complementaria del océano Atlántico. La utilización de las oportunidades que ofrece el corredor hidrográfico de la Cuenca del Plata para superar las limitaciones geográficas que la afligen debería ser una opción mejor aprovechada para la inserción global de la economía boliviana. A través de la Hidrovía Paraguay-Paraná podría contar con una variedad de puertos multimodales para el transporte de cargas.

De acuerdo con estudios técnicos, el pleno funcionamiento de Puerto Busch y el canal Tamengo podrían absorber hasta un 50% de los 3,5 millones de toneladas que ingresa o sale por puertos del Pacífico. Puerto Suárez concentra una producción que representa aproximadamente el 12% del PBI del país. La puesta en marcha del proyecto del Mutún, una de las esperanzas económicas de Bolivia, es otro motivo hidropolítico estratégico. Ya Bolivia cuenta con bandera de conveniencia en barcazas, buque de pequeño porte y remolcadores.

Es hora de que La Paz mire al río Paraná como la vía central para el trasbordo de las exportaciones agrícolas y de minerales para los mercados de ultramar y unirse al comercio del Cono Sur. La posibilidad de utilizar una variedad de puertos argentinos debería adquirir un renovado interés. En 1969, Argentina cedió un área en el puerto de Rosario con la idea de que sea polo industrial y comercial de Bolivia, que nunca fue del todo aprovechado. La Argentina ha ofrecido un segundo terreno en la zona franca del Puerto de Rosario. Existen otros puertos alternativos potenciales en Entre Ríos o Buenos Aires.

También la puerta abierta de Bolivia al Atlántico pasa por una mayor conciencia de la importancia económica y política que reviste Bolivia para la Argentina. Ambos países comparten un destino geopolítico común que deberían estimular con mayor centralidad y creatividad. El eje norte sur, en la geografía sudamericana, es una concepción que Buenos Aires debería retomar con mayor interés y el vértice boliviano es central por su suerte de heartland o área pivote del Cono Sur, tal como lo describía Halford Mackinder y lo reconocían Mário Travassos o, entre otros, Carlos Meira Mattos. El general argentino Juan Guglialmelli lo llamaba el punto neurálgico del continente.

Aunque la geopolítica parecería un concepto intelectual del siglo pasado, es una línea de pensamiento que permite a los países concebir procesos de integración con mayor proyección continental, y posicionarse con más efectividad a escala regional y global. Es asimismo una forma de analizar la mejor estrategia de sacar provecho de ventajas relativas, en particular de la explotación de los significativos recursos que poseen, ampliar el comercio internacional y la complementación de la cadena productiva.

Desde esa perspectiva ayudar a que Bolivia sea una nación atlántica debería ser de gravitación central para la Argentina. Esa visión la tuvo la diplomacia argentina cuando proyectó y desarrolló una extensa red de comunicación e integración física con Bolivia en el siglo XX. También cuando alentó la construcción de Puerto Busch y obras conexas. Hace 20 años, con igual propósito, contribuyó con una draga para la apertura de la navegabilidad del Canal Tamengo. Quizás hoy deberíamos reflexionar sobre la posibilidad de estimular los mismos objetivos, incluyendo el accionar público-privado, y ayudar a Bolivia a consolidar su inserción al mundo.