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Los políticos del oficialismo y la oposición, el periodismo local e internacional, los bancos americanos y gerenciadores de fondos globales, los entes burocráticos supranacionales, las quasieconomistas estrella de la TV, los empresarios y tuiteros en general, parecen sorprendidos por la dureza que se avizora como consecuencia del programa recientemente implementado por el Gobierno y el FMI para tratar de salir del grave atolladero en que deliberadamente se metió el país.

La realidad es que nadie debería sorprenderse. Todo lo que hizo el Gobierno de Cristina Kirchner (p) en materia económica tenía que desembocar inequívocamente en un virtual default, en un déficit ruinoso y en una destrucción del sistema de producción, de la generación de trabajo auténtico y de la inversión. Además de la destrucción de la moneda cuyo destino estaba sellado.

De modo que en ese aspecto, buena parte de los enumerados en el primer párrafos deberían dejar de lado la cara de sorpresa porque lo que pueda ocurrir como resultante de este plan no es más que un diferimiento de lo que debió ocurrir el 10 de diciembre de 2015, o antes, porque fue disimulado con una serie de trampas.

Tampoco tienen derecho a llamarse a sorpresa los que aplaudieron el gradualismo macrista como un modo de evitar las supuesta recesión colosal y la explosión y quema del país que una política sana implicaría, sobre todo, los que no fueron capaces de entender que el malhumor social que se intentaba evitar al no hacer un ajuste no solo era paradojalmente inevitable, sino que se debería hacer de todas maneras, indexado y con recargos, si se postergaba el regreso a la realidad. El populismo es así. La sociedad considera que tiene derecho a todos los mendrugos y las coimas que los demagogos le han otorgado en sus formatos varios, y no entiende ninguna razón que los fuerce a retroceder en sus supuestas conquistas impagables.

Tampoco pueden decirse sorprendidos los que aplaudieron (sic) también en todos los actos de sus socios kirchneristas, se trate de empresarios o sindicalistas, con perdón de la redundancia.

En ese amplio grupo de portadores de una conveniente ignorancia no se alínean solamente los pobres, la clase baja, los modestos trabajadores y todo el vocinglerío idiomático con que suele denominarse a los beneficiarios del populismo. Prácticamente toda la sociedad, sin distinción de estratos, recibió algún tipo de coima, que usufructó sin asco, por supuesto sin permitirse aceptar que se trataba del más sucio populismo e irresponsabilidad fiscal y social.

Cambiemos no hizo demasiado para desarmar ni el volumen ni el concepto del populismo. Desde las primitivas afirmaciones de Mauricio Macri hasta hoy mismo, se sigue repitiendo que el gasto social no bajará, que no se despedirá gente, que ninguna empresa del Estado se cerrará, cuando en rigor hay que hacerlo. Como se dijo que la inflación bajaría en 6 meses y similares. Corrido por izquierda, el Gobierno no supo decir la verdad, tal vez porque no la sabía.

Esa mezcla de ignorancia, sensibilidad palermitana, duranbarbismo de CABA, una suerte de contrarelato macrista, hizo creer a muchos lo que querían creer desesperadamente: que el cáncer se curaba con dos aspirinas. Quienes contribuyeron a esa creencia tampoco deberían hoy estar sorprendidos, ni permitirse dar recetas, cuando lo que han demostrado es una profunda chapucería en el análisis de situación, en el diagnóstico, en los caminos elegidos y en el modo de comunicar, no solo en lo formal del spinning político, sino en la comunicación implícita en la acción, o en la no acción.

Los bancos y fondos se cansaron de ponderar el endeudamiento, como si la recuperación del crédito fuera un mandato ineludible para usarlo. Seguramente para muchos, en busca de comisiones, lo fue. Pero no era lo mejor para el país. El peligroso y dudoso cuchicheo privado y secreto entre las entidades y los funcionarios no fue el mejor camino para encarar los problemas de liquidez, como la experiencia, si la tuvieran o si no hubiese estado adormecida por razones ignotas, lo debería haber enseñado. Los fondos que vienen a especular se van cuando quieren. Esa es la regla. Evidentemente se pagó el precio de no conocerla. O se pagaron otros precios. Pero el problema central no fue ese. Fue seguir gastando. Fue seguir repartiendo felicidad.

Los medios especializados internacionales, la mayoría de cuyas notas son elaboradas con el aporte total o parcial de sus corresponsales locales, no de sesudos misteriosos expertos sentados en el infinito, eligieron el cómodo camino de callar o de decir obviedades, cuando no de suscribir la política de endeudamiento en dólares para pagar gastos en pesos, una de las aberraciones que trajo al país al borde del default. Eso no les quita el derecho a opinar hoy lo que se les dé la gana. El mismo derecho que tiene esta columna de hacerles notar, como tantas otras veces, su sesgo o su error. Porque si la sorpresa de hoy de esos grupos, bancos, fondos y medios fuera de buena fe, habrá que revisar la formación de sus especialistas.

Quienes se sorprenden por la maxidevaluación tampoco deberían sorprenderse. Al cepo de muchos años de Cristina Kirchner (p) se debe sumar el atraso cambiario creado por la venta de dólares de endeudamiento para conseguir los pesos necesarios para pagar gastos delirantes no justificados ni merecidos, que necesariamente iba a estallar en un déficit de cuenta corriente fatal. Ese déficit fue además eficazmente apoyado por la compra de dólares para turismo con que los argentinos apoyaron fervientemente el no ajuste por un monto de 10 mil millones de dólares. Seguramente para que no incendiasen el país. Yendo un poco para atrás, la destrucción de la producción de gas y petróleo ya le había costado al país un impacto permanente en el déficit de balanza de pagos, impacto que sigue pesando negativamente y seguirá por bastante tiempo.

La inflación tampoco debería sorpender, porque no se hizo nada para bajarla. Habrá que repetir la frase: no se hizo nada para bajar la inflación. Se mantuvo el gasto, se emitió desaforadamente, y, cuando se quiso combatirla, se utilizó una política de tasas de interés crecientes para absorber con una mano lo que se emitía con la otra. Política que ya había fracasado caóticamente varias veces en la historia reciente, pero por supuesto, que "esta vez se haría bien". Esa masa de pesos también empujó al dólar, como lo empujaron los fondos que retiraron sus dólares, con todo derecho, pero en el momento menos oportuno, como ocurre siempre.

Los expertos que mostraron complejas ecuaciones y elogiaron "al mejor Banco Central de la historia" por esa política hoy deberían sorprenderse de su propio error, no de lo que ocurre u ocurrirá. Cosa que también podría aplicarse a los analistas de los fondos y bancos, que ahora se apresuran a apretar el botón de "downgrade" o de "sell", y que deberían explicar a sus clientes que no se trata de una sorpresa, en vez de usar su pomposo lenguaje vacío para no decir nada.

Ni una sola de las peripecias que a partir de aquí tiene por delante el país, que son muchas y duras, es atribuible a este plan, que lo único que hace es parar la sangría; forzar a hacer lo que no se hizo (porque la realidad lo obliga), impedir la emisión, única razón de la inflación y de gran influencia en la devaluación; equilibrar el presupuesto, una expectativa que debería ser de mínima; impedir que se use este nuevo endeudamineto en dólares (último disponible) para incinerarlo en la pira del mercado de cambios, en aras del desarme del carry trade y la huida de los fondos y la especulación.

Por supuesto que luego del desastre cristinista y de los serios errores macristas de todo tipo lo que se llama el plan del Fondo es malo. No podría ser bueno. Ya no hay tiempo ni tiempos, económicos, políticos ni sociales. Simplemente es mejor que todo lo que se hizo antes. Entre otras cosas, porque es un plan. Y porque tiene un tutor, imprescindible para el infantilismo nacional.

Queda el problema de "la pobre gente", que es el modo en que cada argentino define sus propios problemas, sus propios miedos y su propio interés. Justamente, aunque fuera desde lo dialéctico, buena parte de lo que duró por venir tiene que ver con tratar de que "la pobre gente" no sufra o no tenga que pasar momentos difíciles. Por ese camino se arriba a que el sufrimiento llegue tarde o temporano, igual o peor, como si también el sacrificio y las dificultades terminaran indexandose por una tasa de interés de 70 por ciento.

Si los que sistemáticamente sabotean al país con huelgas, paros y piquetes decidieran dejar de lado su falsa sorpresa, no reclamarían imposibles que, si se satisficieran, empobrecerían todavía más a quienes dicen defender.

Un párrafo aparte debe dedicarse a los indignados legisladores que antes eran kirchneristas y ahora son peronistas, que han descubierto que luego de la repartija, la corrupción y el populismo desaforados viene ineluctablemente el ajuste. Pero que lo atribuyen al plan o al presupuesto.

Nada de lo que viene es fácil ni agradable. Pero echarle la culpa a este plan, el único que se hizo en muchos años de disparates económicos, incluyendo los últimos tres, es no solamente no entender, sino que es condenarse y condenar a "la pobre gente" a sacrificios y sufrimientos todavía mayores, indexados por irresponsabilidad. Claro que siempre se puede poner cara de sorpresa, como si no hubiese razón alguna para el resultado desastroso. Como si se tratase de un tsunami o un cisne negro. O como si nadie se lo hubiera advertido.