Los residuos que generamos individualmente y como sociedad dicen de nosotros más que cualquier otro legado que podamos dejar. Las formas en que los gestionamos, también. Nuestros desechos cuentan cuáles son nuestros usos y costumbres, nuestras necesidades y carencias, y hasta nuestros lujos y miserias. Cuando los antropólogos estudian las sociedades pasadas, desentierran los residuos sobrevivientes para acercarse a comprender cómo funcionaban y cuáles eran sus patrones de consumo y estilos de vida. Nuestros residuos hablan tanto de nuestra alimentación como de nuestras creencias, mitos, y en definitiva nos describen de forma cabal aunque nada más exista de nosotros en la faz de la Tierra. Solo necesitamos desenterrar residuos para saber de nuestros antepasados y cómo se relacionaban entre ellos y con su ambiente.

La antropología aplica el mismo principio para estudiar nuestra sociedad contemporánea, llamado arqueología de la basura por el antropólogo Paul Mullins (Universidad de Indiana, Illinois). Este científico implementó la arqueología de la basura como forma de caracterización y patrimonialización museística de la cultura de consumos "banales" del siglo XXI. Según Mullins, es preciso considerar como modernos datos arqueológicos lo que se tira a la basura, como un modo de asociar restos materiales y prácticas sociales, tanto como la vida social de los objetos recuperados.

Ahora, imaginemos un grupo de antropólogos del futuro tratando de entender cómo funcionaba nuestra sociedad y cuáles eran nuestros valores y funcionamiento solo observando nuestros residuos. ¿Qué creen que pensarían de nosotros? Si es difícil entender el pasado con valores del presente, también sería difícil para ellos entendernos a nosotros, pero hagamos el intento aun sin saber cuáles son los valores, los usos y las costumbres que nuestros observadores del futuro eventualmente tendrían. Como ejercicio es interesante hacer el intento.

En primer lugar, pensarían que nuestra economía estaba fundada en el uso de recursos naturales que, a juzgar por nuestros residuos, eran ilimitados. Nada les haría pensar que había restricciones en nuestra sociedad en el uso de papel, cartón y sus derivados. Tampoco sospecharían que había escasez de petróleo a juzgar por el expandido uso del plástico y los motores a combustión. Es decir, pensarán que vivíamos sobre ilimitadas fuentes de combustibles fósiles y alrededor de frondosos bosques que hacían que el uso del papel y la madera fuera ilimitado y barato. Lo mismo sobre el uso de metales que extraíamos de la Tierra de forma indiscriminada.

Seguramente notarían, haciendo cálculos de población, que había más vehículos que los que realmente necesitábamos para transportarnos y más teléfonos que personas que podían usarlos. También pensarán que éramos inmunes de alguna manera a todos los metales y los tóxicos que hay en nuestros residuos. Desde las pilas y las baterías, pasando por los residuos electrónicos hasta llegar a los residuos industriales y mineros (sin mencionar los nucleares), les darán una idea de que podíamos vivir entre ellos sin tener mayores problemas de salud, ya que de otro modo los hubiéramos prohibido o al menos restringido.

Al ver los residuos de comida calcularán que solo consumíamos dos tercios de los alimentos producidos, ya que el resto se desperdiciaba sin ser usado. Esto les generaría varias preguntas porque notarían (analizando nuestros restos óseos) que justamente un tercio de la población no tenía acceso a una alimentación suficiente para tener una vida digna y saludable.

Seguramente encontrarían rastros de nuestros medicamentos y podrían calcular los tipos de enfermedades y dolencias nos afectaban, notando que las causas de decesos son asociables a nuestros consumos y al ambiente en el que vivíamos. Tal como nos recuerda hoy la OMS en relación con las expectativas crecientes de futuros casos de cáncer en humanos.

Después de un tiempo de ver la cantidad de cosas que tirábamos a la basura y de pensar que nuestros recursos eran ilimitados, empezarán a cruzar datos y comprenderán que nada era como parecía. Ni los recursos eran infinitos, ni el ecosistema que nos albergaba podía reponerse al ritmo que nosotros lo consumíamos. También entenderían nuestras dolencias de salud como producto de esa contradicción fundamental en la que vivíamos, en definitiva, nuestra sociedad carecía de la noción más elemental de la supervivencia, el principio de la sustentabilidad.

Esta situación les resultaría evidente considerando cuántas cosas consumimos y de qué manera las desechamos a la basura. Enterrarlas sin procesarlas y sin recuperar materiales y energía seguramente les resultará una excentricidad que no puede ser atribuible solo a pereza sino a la falta de cálculo de la entropía y el costo de las externalidades que esa práctica genera. Les resultará sorprendente la disponibilidad inmediata y barata de más recursos (renovables o no) para alimentar la producción de bienes y servicios que se tranzan en nuestra economía y que nuestros economistas hoy calculan monetariamente como el Producto Bruto Interno (PBI) del país. Todo hecho de forma lineal (extracción, producción, consumo, uso, descarte y enterramiento) sin considerar la lógica circular del ecosistema que nos alberga ni los impactos ambientales o sociales.

Hoy en la Argentina hablar de sustentabilidad suena como una excentricidad cuando muchas familias no llegan ni a fin de mes, pero la verdad es que ese también es un problema de sustentabilidad. Lo que nuestros observadores del futuro seguramente querrían decirnos hoy sería que no teníamos (tenemos) un problema de escasez de recursos (todavía) sino de administración de esos recursos. La carencia de eficiencia y eficacia en el manejo de los recursos produce que se vuelvan cada vez más escasos en el tiempo. En términos de su distribución y asignación, este modelo lineal también produce desbalances que no son sustentables. Esto explica no solo la crisis de los residuos sino todas nuestras crisis en la Argentina de hoy.

Es imprescindible que volvamos a las fuentes de circularidad de nuestra naturaleza. Para eso es indispensable un cambio de paradigma de la economía lineal a la circular que incluya la trazabilidad de los residuos, el desarrollo de un mercado de materias primas secundarias (reciclados) para la industria, normativas que regulen la responsabilidad extendida del productor, envases y embalajes, y los residuos especiales de generación universal (como pilas, eléctricos y electrónicos, y aceites) que sean nacionales y de presupuestos mínimos (obligatorias a todas la provincias).

Por la falta de sustentabilidad se disparan conflictos ambientales y sociales por recursos finitos de consecuencias imprevisibles. Si a esto le sumamos las consecuencias devastadoras del cambio climático, que llegó para quedarse, nuestro futuro no es promisorio. La disputa por estos recursos que hoy dilapidamos o enterramos será cada vez más difícil y en algún punto crítica para la supervivencia.

Ese es el escenario que enfrentamos hoy en la Argentina y de cómo lo resolvamos dependerá cómo nos estudien en el futuro, con la comprensión y la familiaridad de ser nuestros herederos descendientes o la extrañeza y la lejanía de quien estudia una civilización malograda.

El autor es director del Programa de Cambio Climático de la Universidad de la Defensa Nacional.