Tal vez lo que mejor define lo que ocurre está contenido en la pregunta: "¿Y ahora cómo se arregla esto?", que es la que se hace la sociedad en todos los niveles. Justamente creer que se trata de un problema solucionable mágicamente, surgido de un error en el muñequeo de la pulseada cambiaria, en la táctica usada para enfrentar las corridas, en las crisis externas, en las metodologías antiinflacionarias, en los instrumentos de esterilización monetaria, y conceptos similares, define con precisión la esencia del problema.

La sociedad argentina prefiere creer, en su autoengaño sistémico, que el dólar es una variable independiente, que se puede mantener en un determinado valor según lo que el gobierno y el sistema desee, y que si ese valor no se logra, se debe al mal manejo técnico de los diferentes equipos económicos. Y esto no lo creen solamente los legos y los poco informados, sino que ha sido por décadas el mecanismo mental de la industria protegida y en general de todos los factores de poder económico.

El país ha vuelto a enfrentarse a que la realidad es otra. El valor del dólar es un precio resultante de múltiples factores, perfectamente controlables cada uno de ellos. El único valor que no es controlable es el tipo de cambio. En una cómoda actitud, la sociedad se espeluzna ante una pérdida sostenida del valor del peso, pero no se espeluzna en el mismo grado por el gasto, el déficit, la ineficiencia de los impuestos crecientes, la pérdida de la competitividad que significa el aparato regulatorio-sindical-judicial del mercado laboral, la protección implícita en los recargos de importación y en las retenciones, la emisión monetaria consecuente, y la presión inflacionaria contenida en esos excesos.

En esa conveniente ignorancia, se indigna cuando el dólar se escapa, pide renuncias, cambios, alianzas políticas inviables, puntualiza los errores del Gobierno por haber emitido letes o subido la tasa de interés a niveles paralizantes, pide mágicas estrategias de partida de truco para luchar contra el mercado, la especulación salvaje, y hasta adivina millonarios complots de la oposición para derrocar a Mauricio Macri, al haber traído supuestamente sus fondos negros para comprar dólares y desestabilizar a Cambiemos, para mencionar algunas muestras del análisis que se leen por ahí. En todos los casos, se trata de una reafirmación de la creencia de que el tipo de cambio se mueve por efectos de la voluntad de alguien.

Esta nota tiene el triste deber de informarles que no es así. Los errores que cometió este Gobierno son los que se le ha puntualizado desde antes del comienzo de su gestión. Pero no tienen que ver con la "administración" de la paridad cambiaria. El Gobierno se equivocó al tratar de satisfacer el reclamo de solidaridad, conquistas sociales, derechos adquiridos y demás reclamos que llevaron a un déficit heredado de un nivel sin precedentes, no bajar ese gasto insoportable y creer que lo solucionaría sepultándolo con el crecimiento, que bajaría la importancia relativa del desequilibrio. Eso tarde o temprano pega en el valor del peso.

También se equivocó, con el festejo de buena parte de la sociedad, al endeudarse en dólares para pagar gastos, lo que tenía que desembocar inexorablemente en una situación cambiaria como la actual. El argumento de que se acabó el crédito por la crisis externa, una falacia, ayuda a la pérdida de credibilidad. Eso tarde o temprano pega en el valor del peso. Simultáneamente, la emisión de pesos para comprar esos dólares fogoneó la inflación y al mismo tiempo obligó a emitir lebacs (daba lo mismo cualquier otro método, nombre u ente emisor) con una tasa de interés previsiblemente creciente. Ambas políticas tuvieron el doble efecto de mantener frenado el tipo de cambio que hubiera correspondido al desastre heredado, al aumentar artificialmente la oferta de divisas y por derivar la demanda a la inversión en moneda local. Ambas, también, tenían que pegar tarde o temprano en el valor del peso.

Cuando se empezaron a notar los primeros efectos de esas no políticas, el Gobierno decidió subsidiar el valor del dólar, al vender divisas para mantener su precio controlado, divisas que provenían de préstamos al 8% de interés promedio, a la vez que se iba saturando la capacidad de endeudamiento para proyectos mucho más necesarios. Ese accionar debía, del mismo modo, pegar en cualquier momento sobre el valor del peso.

Para resumir, todo lo que la mayoría de la sociedad reclamaba y que el Gobierno complació terminaba apuntando a destruir el valor del peso. Las barbaridades del peronismo kirchnerista y los errores conceptuales de Cambiemos marcaban la inexorabilidad del golpazo cambiario que el país está recibiendo hoy.

Nervioso, desconcertado, criticado por propios y ajenos, Cambiemos luce asustado. Sigue vendiendo dólares, prestados, que no debería vender. Vende futuros, que empeora la situación por la presión que un sector de especuladores hace para conseguir un mejor resultado en el cierre de hoy, un clásico shorteo. Sube la tasa y termina de matar a las pymes y a la producción industrial. Hace discursos de compromiso y de apuro. Diagnostica parado en la convicción de que sus ideas de fondo son las correctas, y vuelve a equivocarse. Y lo más grave es que el fracaso de esas acciones lo muestra débil y desorientado, falto de liderazgo y de rumbo, gravísimo en esta instancia.

Al igual que la mayoría de la sociedad, el Gobierno también cree que el tipo de cambio es independiente de las variables fundamentales de la economía y concentra sus esfuerzos desesperados en luchar contra la marea. Olvida que siempre se pierde en las pulseadas contra las corridas, porque estas solo tienen lugar cuando los fundamentals están mal y cuando los gobiernos intentan controlar el mercado cambiario, no en los escenarios opuestos.

En esta situación clave, se arrojan sobre el tapete soluciones estrambóticas como un acuerdo político con el peronismo (que ni siquiera se pudo lograr con ese movimiento derrotado y humillado en 2015 y 2017, y menos se podría ahora), que además es imposible por su estructura amebiásica. O la idea de que se arrojen masas de dólares para apaciguar al mercado, otro desatino. O cambiar el equipo ministerial como quien cambia al referente de área de Boca.

El problema que hoy se manifiesta en el tipo de cambio es el mismo históricamente. Otro día se puede manifestar en el desempleo, en la quiebra de empresas, en el cese de pagos, en la explosión jubilatoria, en la desinversión en cualquiera de las otras formas en que el desenfreno del déficit y de los males estructurales argentinos puede eclosionar. Tratar de resolver la coyuntura es perder energía y condenarse al fracaso. Y conseguir más descrédito.

El zapato chino en que está Cambiemos, el país, y aun los inversores, se resume así: si se hicieran de urgencia los ajustes que se postergaron, la economía sufriría en el corto plazo, el crédito se recuperaría, pero Macri perdería la reelección. Y si eso ocurriese, el gobierno volvería a manos de quien más teme el sistema internacional. Si no se hicieran los ajustes, para eventualmente ganar la reelección, sería para presidir un cataclismo, que tampoco merecería crédito ni confianza.

En tales condiciones, y suponiendo que el Gobierno fuera capaz de revisar su diagnóstico de fondo, lo que cabría sugerir son algunas actitudes y deberes para hacer, y otras cosas que no habría que hacer. Entre las que no hay que hacer es no hablar si no se tiene nada importante o profundo para decir o si no se ha estudiado cómo decirlo. Tampoco seguir tirando inútilmente dólares, ni usar tasas o encajes remunerados para controlar el tipo de cambio, que es apenas la fiebre de la septicemia que está matando el futuro nacional.

Entre las cosas que hay que encarar está dejar de pensar en el horizonte electoral y concentrarse en lo que se debe cambiar. Y explicar lo que se hace y por qué se hace, de un modo más profesional que hoy, para reclamar el apoyo de la sociedad sensata. Y, por supuesto, urge un plan serio, con objetivos y plazos mensurables, comunicables y verificables. Y en ese plan debe tenerse en cuenta que no es obligatorio que el efecto de la devaluación se trasmita enteramente a los precios, ni a la inflación, si se maneja adecuadamente la emisión y la política monetaria y salarial.

Sin duda que todo ello se debe plasmar en un presupuesto que hay que negociar con el peronismo. Para ello, más que hacer un acuerdo político imposible con la ameba, habrá que negociar. En los peores sentidos del término, lamentablemente. Y la ciudadanía consciente, a su vez, debe aceptar convivir en un ambiente de caos sindical exacerbado por varios años, con toda sus negatividades.

Lo que debe entender la sociedad que pide un dólar barato por decreto, o los que marchan, como los docentes que han colaborado tan eficazmente a la ignorancia de los sectores que más la necesitan, es que nadie, de ningún color ni ideología, puede ofrecer alternativa mejor que una administración responsable. El ajuste es una dieta salvadora. La alternativa no existe. Y un tipo de cambio libre es una de las condiciones para reordenar los precios relativos destrozados por el kirchnerperonismo, condición sine qua non para el crecimiento.

En términos de crédito e inversión, no parece haber una solución instantánea y mágica. El país seguirá en vida latente hasta diciembre de 2019. El futuro será decidido por los votos. La disyuntiva es la de siempre. Populismo o esfuerzo y trabajo.