Si la ciencia es cara, ¿por qué no prueban con la ignorancia?

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La ciencia viene sufriendo un sistemático recorte de su presupuesto. La promesa de campaña de Mauricio Macri era llevarlo al 1,5%, el doble de lo que está en la actualidad.

No es cualquier ajuste. El desfinanciamiento científico es peor que un paso en falso y se nota en el Conicet, hoy al borde de la parálisis. Su efecto puede arrasar, en algunos casos, con investigaciones que llevan años.

Peor aún: puede alentar la fuga de cerebros, con lo que costó repatriar a investigadores y científicos que se fueron a volcar su sabiduría al exterior, sobre todo después de que Domingo Cavallo, hace más de veinte años, mandara a los científicos a lavar los platos.

El campo de la investigación no es cortoplacista. Se necesita inversión y tiempo, ambas cosas son el oxígeno de la ciencia. No hablamos de cualquier sector. La Argentina supo tener premios Nobel de ciencia, como Houssay, Leloir o Milstein.

Y si no hay mayores recursos, siempre hay de dónde echar mano para financiarla. ¿Algunas ideas? Cobrarles retenciones a las mineras (retenciones que el Gobierno les quitó); cobrarle mayores impuestos al juego; cobrarle a la renta financiera, etcétera.

Hay muchas fuentes a las que apelar para conseguir mayores recursos. Ahora el Gobierno dice estar buscando para la ciencia financiamiento privado, financiamiento de empresas. Y eso no está mal. Lo hacen en otros países del mundo, como por ejemplo en los Estados Unidos (cuyo presupuesto para la ciencia, hay que aclarar, duplica al de Argentina).

Pero si acá no logramos que las empresas paguen un bono de fin de año, ¿van a invertir millones de pesos para la ciencia? ¿Aflojarán el bolsillo como lo hicieron para participar del circuito de coimas que revelaron los cuadernos Gloria? Para ser más concreto: ¿las empresas financiarían investigaciones vinculadas con las enfermedades de la pobreza?

Si el Estado ajusta y las empresas no invierten, ¿quién entonces? ¿Los organismos de cooperación internacional? Tampoco parece factible. El ministro del área, Lino Barañao, ya dijo en el Congreso que la cooperación internacional se redujo y, por lo tanto, agravó el problema.

Hablar de ciencia suena a algo remoto, lejano. Es una actividad que se la suele iconizar —si se permite la licencia— con la figura de un tipo en guardapolvos, canoso y de pelos largos alocados, como el que interpretó el actor Christopher Lloyd en la película Volver al Futuro. Pero, contrariamente a esa creencia, la ciencia es algo que tiene que ver con nuestra vida cotidiana, con nuestra calidad de vida, con todo. Está en las góndolas de los súper, en la mejora de los hospitales, en la producción de nuevos remedios y vacunas, en la lucha contra enfermedades, en la seguridad vial, en la calidad del transporte, en cada rincón de nuestras casas, en la mejora de indumentarias (sí, de la ropa), en los celulares y en la comunicación en general. En saber cada día con mayor precisión el pronóstico del tiempo, en prever tormentas, tornados y terremotos; en la concepción (el 10% de las mujeres logra embarazarse gracias a la ciencia), etcétera.

La lista es interminable. En todo lo que no produce la tierra por sí sola, en todo lo que no produce nuestra naturaleza, está la ciencia. Somos lo que somos por la ciencia. Y podríamos estar mejor si invirtiéramos en ciencia. Porque la ciencia es eso, una inversión, no un gasto. Lo que se ve es una marcha atrás con la inversión. Para el Gobierno, evidentemente, la ciencia no es una prioridad.

Muchos de nosotros arrastramos desde la infancia la fantasía de que la ciencia alguna vez nos dé las herramientas para ser invisibles, para caminar por las calles sin que nos vea nadie. Para que ese sueño de pibe se cumpla tenemos que hacer todo lo contrario con la ciencia. Es decir, tenemos que hacerla lo más visible posible, tenemos que viralizar este intento de desfinanciamiento y recordar que con menos ciencia habrá menos expectativa de vida, menos calidad de vida, menos producción, menos desarrollo, menos todo…

En definitiva, la mejor respuesta a los que sostienen que se debe dejar a la ciencia de lado porque es cara la dio Houssay, cuando dijo: "Si les parece que la ciencia y las tecnologías son caras, ¿por qué no prueban con la ignorancia?".