Está claro que no se llegó a este Lava Jato telúrico como fruto de una investigación oficial profunda de las muchas denuncias previas que se arrimaron en su momento a varios juzgados. Ni se sabrá nunca qué motivó la aparición de los cuadernos del terror. Casi no importa. La corrupción suele destaparse por obra de la casualidad, los despechos, los enojos, la necesidad de exhibicionismo, la sensación de omnipotencia o impunidad, casualidades, descuidos.

La exageración y generalización grosera y alevosa de una docena de años K creó flancos débiles en el mecanismo corrupto al popularizar generosamente el acceso a la riqueza mal habida a vastos sectores desacostumbrados al manejo de fortunas, que las exigencias de las leyes internacionales obligaron a transportar en "físico", o "vivo", para usar el lenguaje del hampa política. Eso fue en sí mismo una torpe precariedad poco elegante que se patentizó con los bolsos, las vinotecas y mausoleos, las escalas aéreas no programadas y quien sabe qué nueva artimaña que estará por descubrirse.

Por una especial combinación de factores, y porque un periodista, receptor de las copias de los cuadernos, obró sin proponérselo como un auditor de la Justicia – mérito que habrá que reconocerle a la prensa tantas veces sospechada – el proceso ha tomado relevancia y es ahora imparable, como un alud. Tampoco se sabe dónde ni en quiénes termina, ni las consecuencias y ramificaciones que sin duda surgirán, fruto que – también habrá que reconocer – se debe al cambio clave de la legislación que creó la figura del arrepentido, un elemento indispensable en estos casos de prueba tan complicada por su dificultad de trazabilidad.

Al haber cumplido el Gobierno con su palabra de no interferir con la tarea de la Justicia, el curso de la investigación se ha profundizado y se seguirá sin duda profundizando, algo que ha sorprendido a quienes creíamos que el caso terminaría en la nada. El orquestado alegato de haber sufrido una extorsión esgrimida por varios de los imputados y testigos caerá en cuanto el fiscal solicite la pericia de los estados contables y se demuestre que los extorsionados obtuvieron un retorno muy alto a cambio de su "contribución a la campaña", incluyendo los reajustes de obra, compensaciones y el beneficio de no necesitar terminar la obra para conseguir cobrar un valor mayor al precio ofertado. Habrá particularidades y excepciones, sin duda.

Esto, como se ha dicho, creará un verdadero laberinto en que estarán atrapado la obra pública, el Merval y los bancos acreedores de las empresas, además de los trabajadores y proveedores. El propio Estado está ya ante la eventual disyuntiva de la actitud a tomar con sus contratistas en casos de obras no relacionadas o no comenzadas aún. De ser halladas culpables, las contratistas perderían su condición de proveedores del Estado. Eso ocurrirá dentro de largos años. Pero ¿qué hacer mientras tanto? ¿Qué pensaría la sociedad si se comenzara una nueva obra con una empresa cuestionada? Y viceversa, ¿qué pasaría si se desplazara a una empresa por estar cuestionada y ésta iniciara un juicio contra el Estado?

A esto hay que agregar que esa incertidumbre hace que el Gobierno vea caer su principal bandera de reactivación y realizaciones, como son los planes de infraestructura, ya golpeados por el ajuste, que ahora sufrirán otro golpe de knockout, al ser simultáneamente la materia prima de la corrupción pasada y una fuente de inseguridad jurídica y de críticas políticas en el futuro.

A medida que se generalice la investigación, y se incorporen nuevos protagonistas como banqueros, cambistas, escribanías, abogados, contadores, y se amplíe a la figura de cohecho y lavado de dinero, este escenario se torna más laberíntico y paralizante. Piénsese en cuán difícil será conseguir financiamiento para nuevos emprendimientos por parte de cualquiera de estas empresas hoy en la picota, ya tarea difícil por el riesgo país que se sigue haciendo esfuerzos por aumentar.

El miedo a una situación como la descripta, que tiene sentido frente a la generalización obscena de las prácticas que se van conociendo, también debe haber obrado más de una vez para llevar a aplicar el criterio del "no hagan olas", que obraba como un salvoconducto, que era en tal caso, una verdadera extorsión: "si se ataca la corrupción, se para el país", frase que – adaptada a las diversas situaciones- es una constante nacional.

Con lo que en el frente interno la sociedad está frente a un virtual plebiscito: ¿acepta los efectos de todo tipo que significará llevar adelante la erradicación de la corrupción, o la tolera y cierra los ojos para que el país siga funcionando, con todas las consecuencias que también eso acarrea?

Es en definitiva, la disyuntiva que plantea la mafia. O el narco. El poder del miedo. Pero del miedo autoinducido. El miedo a ser decentes. El miedo a ser normales. El miedo a ser sanos. Acaso, el miedo a competir.

En el frente externo, la situación no es diferente. O quizás es peor. Los bancos e inversores internacionales no entienden lo que ocurre. Porque no tienen la expertise de quienes han vivido 6 décadas en este deterioro creciente y explosivo. La inclusión como emergente, que debió mejorar el valor de los activos, al descontarse los efectos de su vigencia, llevó al país a ser analizado por otro tipo de inversores a quiénes no les gustan los riesgos y los estilos del fascismo residual y resiliente argentino por muy audaces, picarescos y rentables que resulten. Este juicio los asusta, tanto por sus efectos como porque no llegan a entender ni la magnitud ni la seriedad del caso, ni siquiera tienen la seguridad de que esta vez se vaya a tratar con seriedad.

Huyen con lógica de las acciones que temen no valgan nada si muchas empresas son barridas por el vendaval de sus propios delitos, si se prueban, y también de las que no valdrán nada si el mercado interno se adormila por la incertidumbre y la desaparición de la obra pública. Huyen del efecto político combinado del ajuste pactado con el Fondo y el desajuste en el único sector reactivante que quedaba. Huyen de que Cristina, que hasta ayer metía miedo porque crecía, ahora termine en prisión o desgastada y el peronismo se unifique, con una política económica desconocida y azarosa, una lotería, como suele presentar el peronismo. Y gane las elecciones. Le conviene que siga Macri sin hacer demasiados cambios. Y huyen más rápido al agregar el efecto Trump con que ayuda el presidente americano. El mercado mundial tiene miedo de los costos de que Argentina se vuelva decente.

Eso sin olvidar que -con justicia- tampoco están viendo firmeza en la baja del gasto y el ajuste indispensable y cada vez más urgente que se requiere y que el presidente y los gobernadores parecen estar dibujando más que llevando a cabo con alguna seriedad.

Y huyen también, porque no ignorantes de estas consideraciones, muchos de los sectores involucrados, o los aún no descubiertos, expertos en esto de crear ambientes, cambiar percepciones y hacer lobby, están agitando y agrandando las consecuencias desastrosas que pueden devenir de esta cruzada de saneamiento que comenzó de casualidad, pero que ahora no puede parar ni pararse. Y habrá que ver quién es quién cuando surja la discusión y la investigación sobre los movimientos in and out de los fondos involucrados, que tal vez sean mucho más importantes que los que figuran en los cuadernos de un chofer precario. Ese grupo también tiene miedo de que Argentina se vuelva decente, no sabría cómo sobrevivir en ese contexto.

Como en el trasfondo está la discusión por la reelección, a Cambiemos se le presenta la misma disyuntiva de siempre. Hacer lo que se debe, con el riesgo inherente, o especular y parecerse al peronismo para no ahuyentar a inversores, votantes, populistas, estatistas, empresarios, gremialistas, contratistas, defensores de derechos irrenunciables de todo tipo y sensibles de todas las tendencias.

Si eligiese hacer lo que debe, correspondería que considerase a este tema de vital importancia, armase un equipo de primer nivel de seguimiento y coordinación con la Justicia -no de obstrucción- determinase una política a seguir sobre la cuestión específica y sus consecuencias, y comenzase a comunicar con coherencia y contundencia lo que va a hacer y lo que va a ser. Esto significa responder con solidez y con contundencia cada una de las dudas que se acaban de plantear.

El presidente Macri tiene un solo camino. Ponerse al frente de la cruzada que ha venido predicando y salir a explicar para adentro y para afuera que lo que está ocurriendo es bueno para el país, es bueno para su sociedad, es bueno para quienes comercian con él, para quienes invierten en él y para quienes lo financian y quieren ganar dinero decentemente con él. Y demostrar por qué lo es y para qué servirá. Lo que todos los mercados y los entes internacionales han venido reclamando – se supone que no declamando – al igual que los contribuyentes, los empresarios sanos, los trabajadores y la sociedad en su gran mayoría.

Es el momento de jugarse y asegurarse por todos los medios legales, y garantizarlo así, de que la causa no morirá en algún recoveco intrascendente, en fallos formales en los que nadie crea, en amigos o parientes salvados milagrosamente, en concesiones al que más amenace o al que mayor peligro represente, ni en renuncias a principios para ganar elecciones o reelecciones, que no sirven para nada si no son para lograr algún cambio de fondo que no se ha conseguido hasta ahora. Aunque no se trate nada más que de satisfacer el ego.

En esa misma idea debe agregarse la lucha contra el gasto en exceso y el estatismo, que son finalmente otra forma de corrupción, sino la causa misma de ella. Otra bandera que el presidente agita pero que ni siquiera ha transformado en compromiso. Es posible que si elige ese camino, tendrá también que elegir otros compañeros de ruta en varias áreas. El argumento de que alguien nuevo tiene que aprender cómo son las cosas supone que los actuales colaboradores lo han aprendido, cosa que no se ha demostrado.

Esto debe salir a explicar Mauricio Macri, pero no como un comentarista, sino como un gobernante que a la hora crucial saca lo mejor de sí mismo, se compromete y apuesta su futuro detrás de una causa, no de un objetivo reelectoral, que a este paso parece cada vez más lejano y difuso, de todas maneras.

Es su chance de volver a ser ganador. Pero aún si debe perder la reelección por haber dejado esa bandera plantada y ese ejemplo, pues es hora de que le haga ese servicio a la República. Finalmente, la gloria no es el simple nombre de un cuaderno, sino estar en la memoria colectiva de un pueblo como alguien que hizo lo que debía.