El 5 de septiembre de 1972 el grupo terrorista Septiembre Negro, brazo asesino de la Organización para la Liberación de Palestina, entró en la Villa Olímpica de Múnich y secuestró y mató a 11 atletas israelíes. Esos deportistas no iban a competir en Jerusalén para ofender al pueblo árabe, ni habían agraviado a ningún dios ni a ninguna causa. Solo iban a soñar.

El terrorismo consiste exactamente en eso: el ataque contra inocentes con el solo propósito de sembrar el miedo, la inseguridad, la división interna y la pérdida de la fuerza espiritual. A veces, elípticamente, se ejerce sobre terceros, también con el deliberado intento de aislar al enemigo principal, hacer que sus aliados o simples prescindentes teman acercársele. Cortarle los víveres espirituales, sociales, políticos y comunitarios para atacarlo por todos los flancos posibles, empezando por la moral. Los viles ataques a la Embajada israelí y a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) se ajustan a esa descripción, con el trágico tributo que debiera pagar Argentina de centenares de muertos y heridos.

No se ha llegado a ese extremo en esta instancia, entre otras cosas porque las acciones previas palestinas sembraron suficiente miedo como para que se cediera de inmediato a sus demandas. Pero las camisetas del seleccionado de fútbol manchadas de sangre son baldones que ningún argentino debe olvidar o dejar pasar, aunque no entienda nada de fútbol. Porque obviamente que esto no se trata de fútbol.

Es evidente que estas acciones salvajes y tribales, como las del islamismo en toda la historia, se hacen también para destapar las falencias humanas individuales o la fragilidad del ser humano, si se prefiere. Por eso ahora todos pueden darse el lujo de juzgar a Lionel Messi, sobre quien se personalizó con precisión este atentado (llamarle "amenaza" es no entender la metodología), acusándolo de "pecho frío" o endilgándole otras cobardías e intereses. Y hasta se puede cuestionar a la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) por haber aceptado jugar en Jerusalén, corazón de una disputa que en todo caso es ajena al deporte y al país, que tiene derecho a decidir jugar donde quiera sin recibir amenazas de ningún tenor (Ciertamente se podría haber jugado en otra ciudad). Como se puede vituperar al padre de Messi por preocuparse por la integridad de su hijo, siempre el heroísmo de los demás es fácil de exigir.

Y hasta se puede decir, con la impunidad anónima de las hinchadas, que Ruggeri hubiera jugado ese partido pese a todo. Lo que tal vez sea cierto, pero que no altera el hecho central. La Asociación Palestina de Fútbol, con algún residuo humano de aquellas hordas de Múnich en sus filas, lanza una amenaza elípticamente terrorista (o la induce) sobre los futbolistas de un seleccionado argentino que va a jugar contra un seleccionado israelí, que incluye marchas populares intimidatorias, poco menos que una fatwā, a lo que ahora, cebado, se une ISIS con sus amenazas de decapitación.

El miedo al terror llama a más terror y a más violencia, es la enseñanza de la historia. Ceder ante él es dar el primer paso a la esclavitud. Estos sectores del islam —decir "el islam" simple y llano sería formalmente injusto— usan todo el tiempo el doble estándar. Por un lado, adoptan las formas de las sociedades a las que quieren califatear, en este caso, el de una asociación deportiva, pero luego utilizan por debajo de la superficie la barbarie, el martirio, la inmolación, para imponerse sobre los valores de esa misma sociedad. También los argentinos conocen esa metodología por otros símiles internos. Con igual mecanismo, la Asociación Palestina podría ganar el campeonato mundial de fútbol.

Surgen algunas preguntas, ya que se demanda tanta heroicidad de los futbolistas. ¿Cuál será la actitud de la FIFA? ¿Expulsará a su socia palestina por esta actitud contraria a los férreos y unánimes principios de disciplina comercial que aplica? ¿Guardará prudente silencio para no recibir a su vez otra fatwā? ¿Y qué hará el Gobierno argentino? ¿Protestará por el maltrato, el desprecio, la agresión y este nuevo atentado, en principio moral, contra argentinos? ¿Seguirá apoyando inocentemente a la "nación palestina" mientras solapadamente ella basurea no a deportistas argentinos, sino a ciudadanos argentinos? La AFA ya agachó la cabeza. ¿Argentina hará lo mismo? ¿No sintió el Gobierno la necesidad de proteger y contener a sus ciudadanos amenazados? ¿O también tuvo miedo? ¿Quién es el "pecho frío"?

En lo futbolístico, tema ineludible, la selección ya venía golpeada desde su génesis, colgada de un Messi que, al peso insoportable de ponerse el equipo al hombro como un nuevo Atlas, ahora suma el peso del terror islámico. Parecería tener sellado su destino, casi un determinismo de sharia.

A menos que, en lo deportivo y en lo personal, de pronto 23 tipos decidan convertirse en héroes.