Se terminó el tiempo del gradualismo

Manuel Adorni

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No hay más tiempo. Aunque tal vez ya hace varias décadas que no lo hay. Las turbulencias financieras que se han vivido las últimas semanas no son más que el resultado de haber abusado de las generosidades del tiempo, en virtud de la lentitud y la impericia que hay en la realización de los profundos cambios económicos que necesita la Argentina. Sin más, el gradualismo nuevamente ha dado muestras de fracaso.

Ya no hacen falta análisis para entender nuestros propios males: 25% de pobreza, 9% de desocupación, un nivel de inflación que es difícil recalcular por los últimos acontecimientos pero que rondará el 25%, deuda pública creciente, 600 mil millones de pesos de déficit fiscal y 7 millones de argentinos sosteniendo un Estado del cual al menos 20 millones de personas cobran algún tipo de contraprestación. Claramente la inviabilidad argentina es un hecho que escapa a cualquier favoritismo político o ideología económica.

Este camino que hemos recorrido en defensa del gradualismo, en pos de evitar costos sociales cuantiosos, no ha derivado en otra cosa que no sea acercarnos cada vez más a episodios del pasado donde el costo de no cambiar estructuralmente a la Argentina ha llevado a consecuencias mucho peores que las que hubiesen ocasionado aplicar cambios profundos.

Ya no importa quién sea el osado que financie el gasto excesivo de los argentinos. A esta altura poco importa si es el FMI, los grandes fondos de inversión extranjera o los ahorristas locales. Lo que verdaderamente tiene importancia es que nadie puede seguir viviendo por encima de sus posibilidades. Como no lo podría hacer un particular, tampoco lo puede hacer el Estado, porque la consecuencia es la misma para todos: cese de pagos, más pobreza y más destrucción de riqueza.

En virtud de ello, el mercado nos ha dicho "basta". No hay razón para que nos sigan financiando este delirio público. Delirio que en décadas no hemos logrado corregir. Delirio que hizo que prácticamente las últimas seis décadas hayamos vivido con déficit fiscal. Delirio que nos llevó a grandes crisis estructurales. Delirio que nos llevó de estar entre los cinco países más ricos del mundo en términos de PBI per cápita, allá por mediados de la década del 40, a ser el que se posiciona en el puesto 60. Nadie ha hecho las tareas peor que nosotros. Nadie.

Ostentamos 96 impuestos con más de 60 mil regulaciones. Una presión fiscal de las más altas del planeta, con la contraprestación en servicios del Estado más ineficiente que uno pueda hallar cuando observa el resto del mundo. Un sector privado (único generador de riquezas) agobiado impositivamente, con escasas probabilidades de subsistir en un país en el que su Estado se apropia de buena parte de lo producido (a pesar de no creerse socialista) y que no brinda ningún tipo de seguridad jurídica, política o económica, en una Argentina acechada por las crisis económicas recurrentes, el populismo devastador y una sociedad que muestra grandes síntomas de incoherencia permanente: ni están de acuerdo con el ajuste ni con el endeudamiento. Un país con una sociedad que no sabe qué camino tomar.

Siempre hay tiempo para cambiar, pero ese esfuerzo que habrá que hacer será también cada vez mayor. Y por cada minuto que sigamos perdiendo serán los índices de pobreza los que se lleven la peor tajada. Índice que depende de la riqueza que generemos en virtud de nuestras inversiones y de nuestra educación. El problema de la pobreza en Argentina no radica en el 25% de pobreza, sino en que el 50% de los chicos son pobres. Esos chicos que deberán ser los productores del futuro. Esos chicos pobres que implican que nuestro futuro está condenado al éxito, al éxito de la pobreza.

El autor es analista económico y docente universitario.