Era julio de 1906, más precisamente el día 6. El "piloto de tormentas, que el mar serena y el peligro alienta", como lo llamara con solemnidad Paul Groussac o el Gringo, como le decían sus amigos, o la Muñeca, como solían definirlo en los mentideros políticos, estaba por entregarle el alma al Creador. Carlos Pellegrini se moría, dando razón a la sentencia que él mismo había creado: su generación habría de morir antes de los 60 años. Ya lo habían precedido Aristóbulo del Valle, Lucio López, Miguel Cané; extrañaba sus polémicas, las cartas, su amistad varonil y sincera.
La Gringa había dado una orden terminante: nada ni nadie debía turbar el descanso del prócer. De pronto, alguien le avisa que en el vestíbulo de su casa de Florida y Viamonte se encuentra un invitado. La Gringa en persona se dirige al lugar: "¿No lo dije? ¡Nadie!". En la penumbra del lugar, alcanza a divisar a un hombre bajito, delgado, con poco pelo y muchos años.
El ex Presidente se comenzaba a quitar los guantes, cuando la esposa de Pellegrini ingresó al vestíbulo. Lo reconoció de inmediato: era el general Julio Argentino Roca. Carolina se arregló el pelo de manera instintiva y lo llamó por su nombre de pila.
Roca dijo entonces: "He venido a saludarlo. ¿Puedo verlo?". Se agolparon en la mujer una serie interminable de recuerdos: la lealtad y la firmeza de su esposo en la trágica revolución de 1880; la entrega de su marido cuando, aun enfermo, acometió contra los banqueros europeos para defender la unificación de la deuda, causa en la que por entonces no creía. Y la culminación: la "traición" de Roca, cuando, aconsejado por Mitre, retiró el proyecto de unificación después de haber sido votado favorablemente por el Senado.
¿Debía franquear el ingreso al hombre que "vetó" la candidatura presidencial de su esposo? Por otra parte, era un ex presidente. La mujer cedió y Roca ingresó al cuarto donde don Carlos esperaba el final.
Sólo dijo: "Vengo a pedir perdón al amigo Pellegrini por haber impedido su ingreso en la carrera presidencial y por haber retirado el proyecto de unificación de las deudas del país". En rigor, esto nunca ocurrió.
Lo que sí sucedió es que Roca sintió remordimientos cuando, próximo a su muerte, en julio de 1914, se inauguró el monumento a Pellegrini en la calle Alvear, justo frente al Jockey Club, una de sus creaciones.
Roca murió en octubre de ese año, cuando los ejércitos del káiser dominaban Francia. Durante la ceremonia por el descubrimiento del monumento a Pellegrini, Roca pidió permiso para hablar durante el acto pero se lo negaron. Igualmente, el ex Presidente lo hizo y, desoyendo el pedido de los organizadores, pidió perdón a su antiguo rival por su conducta pasada. Tres meses después moriría llevándose a la tumba los pormenores de su actitud.
¿Qué hubiera pasado si la entrevista en el lecho de muerte de Pellegrini hubiera ocurrido y el perdón hubiera sido aceptado por el destinatario? Con toda seguridad la Argentina no hubiera pasado por las pruebas que pasó.