Está claro que cada vez que abre la boca, Donald Trump pierde más seguidores que un tuitero defendiendo a José López. Las recientes encuestas luego de su exabrupto sobre una familia Estrella Dorada norteamericana torpedearon instantánea y fulminantemente sus mediciones.

La entrada de Barack Obama en la campaña, al pedir a los republicanos que dejaran de apoyar a alguien "unfit" para dirigir el país, hizo que la confrontación Trump-Hillary se transformara automáticamente en una pulseada Obama-Trump, de la que el carotenado magnate no puede salir bien parado.

Sin embargo, pese a esa derrota, su prédica sobre la política de inmigración y la apertura de mercados norteamericanas, incluyendo retroceder sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), ya ha marcado el próximo mandato de modo indeleble y en un sólo sentido: el proteccionismo de amplio espectro. Su desaforado discurso en contra de los latinos y de la globalización se transformó en un plebiscito apabullante, con las quejas latentes en la sociedad estadounidense, que no podrá ser ignorado de aquí en más. O que será una buena excusa para poner los límites que el establishment quería.

La forma en que Estados Unidos encaró mayoritariamente la globalización puede sintetizarse en una frase: Usó a los países más subdesarrollados como maquiladoras. El sistema que nació en México y que luego evolucionó en el NAFTA se proyectó a escala mundial, favorecido por el abaratamiento de los fletes marítimos.

Ya Japón había usado el sistema cuando, luego de su crecimiento como potencia exportadora y enfrentado al aumento de sus costos laborales, comenzó a instalar sus plantas en países que aún tenían salarios e impuestos baratos, para mantener sus costos competitivos.

Las grandes marcas de indumentaria norteamericanas, de implementos deportivos, herramientas, tecnología, audio y otros artículos de alto consumo, usaron la mano de obra barata de esos países. Alguna reminiscencia con el modo en que varios textileros argentinos usan la mano de obra esclava. Suena duro, pero fue así, incluso cuando en algunos casos fuera acompañado de instalaciones industriales y de actividades periféricas, que, en definitiva, son mano de obra.

Eso bajó sus costos y permitió una oferta más fluida en los mercados mundiales, lo que redundó en una baja de precios notoria en muchos casos y también mantuvo en caja los aumentos norteamericanos. Es por eso que, pese a la recuperación que se advierte en la creación de empleos, no existe correlato histórico entre la baja en la tasa de desempleo y el aumento de salarios.

Esto no ocurrió solamente con la ropa de deporte o las raquetas, sino que llegó a rubros mucho más sofisticados, como la tecnología, los televisores y cuanto artículo de consumo masivo se pueda mencionar. En los albores del proceso de apertura, Estados Unidos había puesto mucho énfasis en la idea de reemplazar sus industrias por el negocio de los servicios, pero estos también se han globalizado. Hoy hay precios estándar para una línea de programa o de encodeo, como antaño se pagaba a las tejedoras por punto tejido, y un programador de Europa oriental le compite a uno norteamericano igual que una armadora de leds de Taiwan compite contra un obrero de General Electric.

La teoría dicta que este tipo de escenario es bueno para el consumidor, porque baja los precios y aumenta su capacidad de elección. Pero el ser humano suele divorciar el análisis de esos dos procesos: el de los precios y el de los ingresos. Entonces, se beneficia con una parte de la ecuación y protesta duramente contra la contrapartida. El mercado salarial norteamericano también es rígido a la baja, de modo que la idea de que competirá reduciendo costos es algo utópica.

Los trabajos más precarios, de todos modos despreciados tradicionalmente por el norteamericano medio, han sido copados por los inmigrantes latinos, que, aunque fuera por su simple presencia, generan una competencia que es percibida como negativa en el corto plazo, que es el único plazo que las sociedades suelen tener en cuenta. Por eso se puede explicar el éxito que despertó la plataforma de xenofobia de Trump.

Varias de las grandes empresas norteamericanas encontraron otros beneficios en la globalización: la elusión impositiva. Radicaron sus sedes societarias, a veces con pequeñas fábricas, en los países donde obtienen ventajas tributarias. Venden sin recargos en Estados Unidos, como norteamericanas, pero crean trabajo sólo en otras jurisdicciones y no tributan en su país de origen.

El concepto global también permitió maniobras billonarias con los precios de transferencia, con lo que las broncas del sistema son múltiples, encabezadas por el propio Obama, que quiere cobrarles un impuesto por lo eludido en el pasado y uno permanente por el futuro.

Ya la apertura se venía cerrando y los tratados de libre comercio son ahora un manual de restricciones más que una epopeya de libertades. El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) volverá a ser cuestionado, pese a ser un mamotreto de las exigencias que pone Estados Unidos para permitir venderle, empezando por fijar políticas de cargas sociales, impositivas y ambientales mínimas a sus socios.

En ese contexto, la brutalidad de Trump mostró que también hay una brecha yanqui que no podrá ser ignorada por cualquier Ejecutivo ni por el Congreso. El proteccionismo, con el apodo que se le quiera poner, es otra vez políticamente correcto en la mayor economía del mundo.

Trump ya perdió. Pero Estados Unidos ha decidido, en una suerte de Brexit, o Amexit, aplicar la globalización en un sólo sentido. El mundo sufrirá las consecuencias, y los norteamericanos también.

 

El autor es periodista y economista. Fue director de El Cronista y director periodístico del Multimedios América.

@dardogasparre