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‘Las voces del despeñadero‘ rumbo al Ariel 2026: los clavadistas de La Quebrada, una profesión que navega entre la vida y la muerte

Irving Serrano cuenta cómo construyeron un retrato de comunidad, fe y pasión, donde la confianza de sus protagonistas resultó decisiva para filmar después del huracán Otis

El corto llega a los Premios Ariel 2026, nominado a Mejor Cortometraje Documental, con dos triunfos que lo colocan entre los favoritos.

En La Quebrada, Acapulco, el salto de un clavadista dura apenas unos segundos. Detrás de ese instante hay años de entrenamiento, heridas, creencias y decisiones que el público pocas veces conoce. A esas historias se acercaron Irving Serrano y Víctor Rejón con Las voces del despeñadero, un documental que explora qué significa regresar al acantilado y encontrar, frente al riesgo, una forma de sentirse vivo.

En entrevista, Serrano explica que el proyecto comenzó como una exploración del cuerpo y el movimiento, pero la convivencia con los protagonistas transformó sus prioridades. El rodaje ocurrió después del huracán Otis, cuando los clavadistas enfrentaban la ausencia de espectadores y la necesidad de limpiar los escombros de su lugar de trabajo. En ese contexto, los realizadores conocieron más de cerca a la comunidad detrás de la imagen turística.

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El corto llega a los Premios Ariel 2026, nominado a Mejor Cortometraje Documental, con dos triunfos que lo perfilan entre los favoritos: el Ojo a Mejor Cortometraje Documental Mexicano del Festival Internacional de Cine de Morelia y el premio a Mejor Cortometraje del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, obtenidos en 2025. Ese recorrido fortalece sus posibilidades, aunque el resultado de la categoría permanece abierto.

Antes del salto: las vidas que no aparecen en la postal

Uno de los descubrimientos de Serrano fue que los clavados no podían explicarse únicamente como una fuente de ingresos. Entre los protagonistas encontró personas con otros empleos, estudios profesionales e intereses que iban desde el doblaje y el stand up hasta la música.

Su regreso al acantilado respondía también a una convicción personal: el deseo de expresarse con el cuerpo y mantener una conexión con el mar. El director reconoce en esa búsqueda algo cercano a su propio oficio.

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“Todos tienen muchas cosas y, a la hora de hacer este trabajo o este deporte, lo hacen con una convicción mucho más personal. Al final, como nosotros, como cineastas, estamos tratando de expresarnos, ellos se expresan con su cuerpo”.

Esa perspectiva permitió construir un retrato donde los clavadistas aparecen como personas con inquietudes, conocimientos y formas propias de entender lo que hacen. La película se adentra en la relación que mantienen con una práctica que exige disciplina y que, para algunos, también tiene un significado espiritual.

La fe, las cicatrices y una forma de sentirse vivo

El acercamiento reveló distintas maneras de enfrentar el peligro. No todos los clavadistas comparten una religión ni depositan su confianza en la misma figura. Esa diversidad enriqueció una película atravesada por la relación entre la vida, la muerte y la fragilidad del cuerpo.

Las heridas y cicatrices formaban parte del interés de ambos directores desde el comienzo. Los testimonios les permitieron comprender cómo el riesgo convivía con la fortaleza física, el disfrute y una búsqueda personal.

También los niños modificaron el proyecto. Durante el rodaje comenzaron a acompañar al equipo, y su presencia abrió una perspectiva generacional que transformó el desenlace. Verlos seguir los pasos de sus familiares introdujo una idea de continuidad después de la devastación.

Serrano destaca, además, la incorporación de niñas y la apertura de una escuela de clavados como parte de los esfuerzos de la comunidad para preservar la tradición.

Después de Otis: la confianza se construyó fuera de cámara

Conseguir la participación de los clavadistas tomó alrededor de dos años. Los realizadores regresaban a Acapulco, conversaban con ellos y negociaban las condiciones de una colaboración que requería tiempo y acuerdos.

Según Serrano, existía desconfianza por experiencias anteriores con personas que habían utilizado su imagen sin una retribución que consideraran justa. Además, las decisiones debían discutirse dentro de una asociación integrada por decenas de miembros.

El apoyo de Focine permitió contar con recursos para remunerar su participación. El director señala que destinaron una parte importante del presupuesto a los protagonistas, una decisión que consideraban necesaria desde la ética del proyecto.

Pero el punto de inflexión ocurrió después de Otis. Cuando muchas personas salían del puerto, Serrano y Rejón viajaron para saber cómo estaban los clavadistas. También organizaron una campaña para reunir apoyos.

“Cuando todos estaban yéndose de Acapulco, nosotros fuimos a Acapulco para ver cómo estaban los clavadistas. Fue en ese momento en el que entendieron que lo que nos interesaba, más allá del espectáculo, era hablar de ellos como personas, conocerles más y que nos preocupaban más allá del documental”.

En esos días, el equipo observó cómo los clavadistas se organizaban para limpiar La Quebrada y ayudar en las casas de sus compañeros. Las diferencias personales no impedían que se apoyaran ante una emergencia.

Para Serrano, esa solidaridad fue uno de los hallazgos más importantes: una pasión compartida podía sostener una comunidad incluso en circunstancias adversas.

Escuchar primero, filmar después

Antes de los tres días de rodaje con cámaras, los directores dedicaron una jornada, o aproximadamente una jornada y media, a entrevistas grabadas únicamente en sonido. Los encuentros empezaban con la lectura del poema del corto y continuaban con preguntas sobre sus vidas, antes de abordar los clavados.

La ausencia de una cámara favoreció conversaciones largas. Los protagonistas pudieron compartir experiencias que después hicieron especialmente difícil el montaje, por la cantidad de historias que el equipo quería conservar.

“Algo que estuvo padre de no tener la cámara es la libertad: hablamos mucho tiempo y se sintieron escuchados. El tema de la edición fue lo más complicado del mundo, porque todos contaron cosas interesantísimas”.

Aunque el huracán y la violencia formaban parte del contexto, los realizadores decidieron centrar la película en la tradición y sus protagonistas. La experiencia de Otis fue decisiva para construir el vínculo, mientras que el corto buscó preservar una memoria colectiva que trascendiera esa coyuntura.

Del terror al documental: dos miradas frente al mar

Irving Serrano llegaba al proyecto desde los cortometrajes de horror; Víctor Rejón, desde el documental y su relación con el mar como cineasta originario de Progreso, Yucatán. Ambas trayectorias encontraron un punto de coincidencia en la muerte, el cuerpo y sus límites.

Esa combinación les permitió explorar una narración construida a partir de voces, movimientos y sensaciones. Querían transmitir una experiencia colectiva, con imágenes que hicieran perceptibles tanto el peligro como la belleza de los clavados.

El blanco y negro contribuía a una atmósfera de ensoñación y a una sensación de tiempo suspendido. También permitía relacionar visualmente los cuerpos con las rocas y el paisaje, además de dialogar con el cine mexicano de otras épocas.

La cámara lenta tenía una motivación adicional: varios clavadistas describieron que, al saltar, sentían que el tiempo se alargaba. Los realizadores buscaron trasladar esa percepción al espectador.

Con el trabajo del fotógrafo Eliott Reguera y los operadores de cámara, construyeron planos donde la caída podía parecer un vuelo. Las sombras, las antorchas y la oscuridad también participaron en esa exploración visual de la vida y la muerte.

La fórmula secreta: mirar hacia México y encontrar una voz propia

La referencia central fue La fórmula secreta, de Rubén Gámez, una película que ambos habían visto juntos varias veces. Serrano destaca su libertad para narrar, la relación entre el cuerpo y el paisaje y su capacidad de hablar de identidad a través de las imágenes.

El vínculo también aparece en la música: incorporaron una pieza de Vivaldi como un guiño al filme de Gámez. El poema escrito por Bernardo Fuentes, a partir de entrevistas y de las referencias compartidas por los directores, funcionó como guía para construir la experiencia del corto.

“Nos gustaba esta manera de poder narrar sin tener que mostrar rostros, sin forzar al documental a una cuestión más académica. Queríamos que se sintiera más surreal, como una experiencia”.

Otra referencia fue Olympia, de Leni Riefenstahl, especialmente por el tratamiento del movimiento y los cuerpos. Sin embargo, Serrano identifica en Gámez una influencia que también les permitió pensar en la necesidad de mirar hacia su propia cultura.

En particular, recuerda la secuencia de La fórmula secreta en la que un campesino busca permanecer frente a una cámara que gira para evitarlo. Encuentra en ese gesto una relación con el propósito de dar espacio a los clavadistas y reconocer su lugar dentro de la identidad mexicana.

De los primeros rechazos a los premios de Morelia y Guadalajara

El recorrido de Las voces del despeñadero comenzó con dificultades. Una primera versión, más larga, recibió rechazos de festivales. Los realizadores decidieron reeditarla y quitar alrededor de siete minutos antes de mostrarla a sus protagonistas.

Después llegaron las selecciones y los premios. Entre los reconocimientos documentados del corto se encuentran:

  • Festival Internacional de Cine de Morelia 2025: Ojo a Mejor Cortometraje Documental Mexicano.
  • Festival Internacional de Cine en Guadalajara 2025: Mejor Cortometraje.
  • HollyShorts 2025: Mejor Corto Documental.
  • Cine Las Américas 2025: Mejor Corto Documental.
  • Festival Internacional de Cine de Sulmona 2025: Mejor Documental y Mejor Fotografía.
  • MIDBO 2025: Mejor Corto Iberoamericano.
  • IDA Documentary Awards 2025: Mención Especial.

Serrano calcula, sin ofrecer una cifra definitiva, que la película ha pasado por unos 40 o 50 festivales. En la entrevista recuerda funciones en San Francisco, su participación en Ambulante y exhibiciones en países como Nueva Zelanda y Sudáfrica.

La respuesta le ha sorprendido por su diversidad: espectadores que evocan un Acapulco que no visitaban desde hacía tiempo y jóvenes que desconocían la existencia de esta práctica. También reconoce que ha habido personas a quienes el corto no les gustó.

El reconocimiento de los clavadistas

La proyección para los protagonistas ocurrió cuando los rechazos todavía pesaban sobre el equipo. Su reacción cambió la manera en que Serrano veía el resultado: se reconocieron en la película y agradecieron que hablara de su oficio.

El director recuerda que uno de ellos, Abraham, le auguró un recorrido exitoso cuando el corto aún tenía dificultades para encontrar un lugar en festivales. Para los realizadores, aquella respuesta confirmó que habían logrado conectar con las personas cuya historia estaban contando.

Con el tiempo, los clavadistas han utilizado imágenes del documental y participado en presentaciones. Para Serrano, esa apropiación tiene un valor especial.

“La recompensa más grande que hemos tenido es que los clavadistas lo están haciendo suyo. Es algo que nos llena de orgullo: tener esa relación con personas que pensábamos eran una barrera gigante”.

La nominación al Ariel

La nominación a los Premios Ariel 2026 representa para Serrano una oportunidad de continuar haciendo cine y dar mayor visibilidad a La Quebrada. Sus triunfos en Morelia y Guadalajara fortalecen su lugar en la competencia, pero el realizador reconoce la calidad de los demás cortometrajes.

“Estamos muy emocionados. Creemos que es un paso importante en nuestras carreras para seguir haciendo cine. […] Si no ganamos tampoco pasa nada. Al final, los otros cortos son muy buenos”.

Su prioridad ahora es que la película se vea y permanezca disponible para el público, más allá de su recorrido por festivales. Entre sus deseos está encontrar una manera de exhibirla cerca de La Quebrada, como parte de la experiencia de quienes visitan el lugar.

El vínculo con los protagonistas también continúa: Serrano cuenta que trabajan en otro documental sobre Lilia, una niña clavadista, centrado en su crecimiento.

La amistad que sobrevivió al rodaje es uno de los resultados más inesperados de la película. Antes de los reconocimientos, estuvo la posibilidad de acercarse a una comunidad, escucharla y construir con ella un retrato que sus integrantes pudieran hacer suyo.

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