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El pequeño grupo criminal que puede someter al país cuando el gobierno no desmantela sus estructuras

Combatir al crimen organizado exige desmantelar sus estructuras, no solo aumentar las detenciones

México enfrenta un problema de seguridad que no puede resolverse contando detenidos. Mientras el Estado concentra buena parte de su narrativa en capturas, operativos y golpes contra organizaciones criminales, las estructuras que generan dinero, reclutan personas, controlan territorios y construyen redes de protección pueden permanecer intactas.

Cuando una organización tiene la capacidad de reemplazar a sus integrantes más rápido de lo que las autoridades consiguen desmantelarla, la persecución de individuos termina convirtiéndose en un ciclo sin final.

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La violencia no la genera toda la sociedad

México enfrenta una de las paradojas más complejas de la seguridad contemporánea: millones de personas padecen las consecuencias de la violencia, mientras quienes la ejercen de manera sistemática representan una fracción reducida de la población.

La inmensa mayoría de los mexicanos trabaja, estudia, emprende, cuida a su familia y aspira simplemente a vivir en paz. La violencia organizada no representa a la sociedad mexicana; el problema está en la capacidad de determinados grupos para concentrar recursos, armas, información, territorio y capacidad de intimidación.

Esta distinción es fundamental. Homicidios, extorsiones, desapariciones, secuestros, desplazamientos y otros delitos asociados con organizaciones criminales no se distribuyen de manera uniforme entre los ciudadanos.

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Detrás de una proporción significativa de la violencia existe un número relativamente reducido de individuos con trayectorias delictivas persistentes y, sobre todo, estructuras capaces de convertir las actividades ilícitas en sistemas permanentes de operación.

Un estudio poblacional realizado en Suecia con más de 2.3 millones de personas encontró que apenas el 1 por ciento de la población concentró 63.2 por ciento de las condenas por delitos violentos.

Aunque estos datos corresponden a otro país y no pueden trasladarse directamente a la realidad mexicana, sí plantean una reflexión relevante para las políticas de seguridad: la violencia grave puede concentrarse en determinados individuos y grupos.

La pregunta para México, por tanto, no debería ser únicamente cuántas personas participan en actividades criminales, sino quiénes tienen la capacidad de organizar, financiar, ordenar y reproducir la violencia.

El Estado puede capturar personas y aun así perder la batalla

Durante demasiado tiempo, la discusión sobre seguridad ha estado atrapada en una lógica aparentemente sencilla: más detenciones equivalen a mejores resultados.

Pero no necesariamente es así.

Una organización criminal no desaparece porque uno de sus operadores sea detenido. Tampoco necesariamente deja de funcionar porque un jefe sea capturado. Si el dinero continúa fluyendo, las armas siguen disponibles, las redes logísticas permanecen activas, el reclutamiento continúa y existen mecanismos de protección, la estructura puede reconstruirse.

La lógica es elemental: si se captura al operador, pero no se desarticula la organización que puede reemplazarlo, el problema permanece.

Por eso resulta insuficiente medir el éxito de una política de seguridad exclusivamente por el número de personas detenidas. Una cifra elevada puede ser políticamente atractiva, pero no demuestra por sí misma que una organización haya perdido su capacidad operativa.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿cuántas estructuras fueron desmanteladas y qué capacidad criminal dejaron de tener?

El crimen organizado entendió hace tiempo algo que el Estado todavía parece discutir

Las organizaciones criminales no necesitan que todos sus integrantes sobrevivan. Necesitan que la estructura sobreviva.

Esa diferencia es enorme.

Un operador puede ser sustituido, un jefe puede ser reemplazado y una célula puede reorganizarse. Incluso un territorio puede cambiar de responsable sin que desaparezca la estructura que permite controlar una actividad ilícita.

Mientras permanezcan las redes que hacen posible el negocio criminal, la organización conserva una parte fundamental de su capacidad.

Una investigación publicada en Science estimó que las organizaciones criminales mexicanas podían contar con alrededor de 175 mil integrantes y que necesitaban incorporar cientos de personas cada semana para compensar las pérdidas ocasionadas por detenciones, muertes y deserciones.

El dato permite dimensionar el desafío. Si una organización tiene capacidad para reclutar constantemente, las capturas pueden convertirse en una carrera contra el tiempo: el Estado detiene y el crimen sustituye.

Romper ese ciclo exige atacar las condiciones que permiten el reclutamiento: los incentivos económicos, las redes sociales y territoriales de captación, la impunidad, la disponibilidad de recursos y la capacidad de las organizaciones para ofrecer ingresos, protección o una estructura de pertenencia.

Mientras una organización conserve la capacidad de incorporar nuevos integrantes, la captura de sus miembros puede convertirse en una operación de contención más que en una estrategia de desmantelamiento.

El verdadero enemigo no siempre es quien aprieta el gatillo

Existe una tendencia a concentrar la atención en el último eslabón de la cadena criminal: quien dispara, secuestra, extorsiona o ejecuta una orden.

Es comprensible, porque es la parte más visible de la violencia. Sin embargo, no necesariamente es la más importante desde el punto de vista de la estructura criminal.

Detrás de una operación puede existir una cadena mucho más amplia: quien ordena, quien financia, quien proporciona vehículos, quien consigue armas, quien mueve dinero, quien obtiene información, quien presta una empresa, quien lava recursos y quien proporciona protección.

Si la investigación termina en el sicario, la organización conserva buena parte de su capacidad. Si alcanza al financiero, al operador logístico, al reclutador y a la red de protección, el impacto puede ser considerablemente mayor.

El objetivo de una política de seguridad no debería ser únicamente capturar al hombre que ejecuta la orden, sino desmontar el sistema que hizo posible que esa orden existiera.

La diferencia entre ambas aproximaciones es la que separa una operación policial de una estrategia de desarticulación criminal.

Seguir el dinero significa atacar el corazón del negocio criminal

Las organizaciones criminales necesitan dinero para existir. Cada arma, vehículo, inmueble, operación logística, mecanismo de comunicación, soborno y proceso de reclutamiento tiene un costo.

Por eso, una de las herramientas fundamentales para combatir al crimen organizado es la inteligencia financiera.

Seguir el dinero permite observar conexiones que no siempre son visibles mediante una investigación convencional. Una investigación patrimonial bien construida puede revelar relaciones entre operadores, identificar prestanombres y empresas fachada, detectar transferencias sospechosas y reconstruir los mecanismos utilizados para ocultar o incorporar ganancias ilícitas a la economía formal.

El objetivo debe ser reducir la rentabilidad de las actividades criminales y aumentar el costo de mantener una estructura ilícita.

Cuando una organización pierde simultáneamente integrantes, recursos financieros, propiedades, infraestructura logística y redes de protección, su capacidad para reconstruirse disminuye.

Por eso, perseguir los recursos de una organización puede ser tan importante como perseguir a quienes ejecutan sus órdenes.

Cuando la corrupción se convierte en protección criminal

Hay un problema todavía más delicado: ¿qué ocurre cuando una organización criminal consigue protección dentro de las instituciones encargadas de combatirla?

La pregunta no es menor.

Un funcionario que filtra información puede frustrar una investigación; quien alerta sobre un operativo puede salvar a una organización completa; quien facilita un trámite, manipula un procedimiento o utiliza su posición para favorecer intereses criminales puede hacer mucho más daño que un operador ubicado en la calle.

Por supuesto, cada acusación debe probarse individualmente y toda persona investigada conserva su derecho a la presunción de inocencia. Precisamente por eso, las investigaciones deben realizarse con seriedad, independencia y evidencia.

Pero el problema institucional que plantea la infiltración de intereses criminales en las instituciones no puede ignorarse.

Cuando una organización criminal consigue acceso a información privilegiada o encuentra mecanismos de protección dentro del aparato público, su capacidad de supervivencia aumenta. La corrupción deja entonces de ser únicamente un problema administrativo y puede convertirse en un componente de la propia infraestructura criminal.

Por ello, cualquier estrategia seria contra el crimen organizado debe investigar también sus redes de protección, sin importar partidos políticos, gobiernos, cargos o intereses involucrados.

La aplicación de la ley debe ser la misma para todos. De lo contrario, la lucha contra el crimen pierde uno de sus elementos esenciales: la credibilidad institucional.

La tecnología también está transformando al crimen organizado

Las organizaciones criminales contemporáneas tampoco dependen exclusivamente de métodos tradicionales. La expansión de las tecnologías digitales ha creado nuevas posibilidades para coordinar operaciones, ocultar comunicaciones, cometer fraudes, mover recursos y administrar redes ilícitas.

Esta transformación obliga al Estado a desarrollar capacidades de inteligencia digital, análisis de redes, investigación forense informática y seguimiento de operaciones financieras realizadas mediante herramientas digitales.

Sin embargo, la tecnología por sí sola no resolverá el problema.

La información debe convertirse en inteligencia; la inteligencia debe transformarse en investigaciones sólidas, y esas investigaciones deben traducirse en procesos judiciales capaces de sostenerse ante los tribunales.

La capacidad tecnológica solo resulta útil cuando está acompañada de instituciones capaces de utilizarla correctamente y convertir los datos obtenidos en resultados judiciales concretos.

México necesita pasar de la reacción a la inteligencia criminal

Uno de los principales desafíos de México consiste en superar una política de seguridad predominantemente reactiva.

Responder después de que ocurre un homicidio, una extorsión o un ataque es necesario, pero insuficiente.

Una estrategia moderna debe anticipar las operaciones de las organizaciones criminales mediante inteligencia, análisis de patrones, investigación financiera, intercambio de información entre instituciones y capacidades de prevención.

La pregunta no debería ser solamente quién cometió un delito, sino también quién lo ordenó, quién lo financió, quién proporcionó los recursos, quién facilitó la operación y quién puede ocupar el lugar del responsable detenido.

Ese cambio de enfoque puede marcar la diferencia entre combatir delitos aislados y desmantelar organizaciones.

Capturar criminales no es lo mismo que desmantelar el crimen organizado

Existe una diferencia fundamental entre detener individuos y destruir estructuras.

Capturar a un operador puede impedir una acción concreta. Detener a un líder puede generar una interrupción temporal. Pero si la organización conserva dinero, armas, redes de reclutamiento, infraestructura, información y mecanismos de protección, puede mantener la capacidad de reconstruirse.

Desmantelar una estructura implica quitarle simultáneamente sus capacidades esenciales.

Significa perseguir a quienes ordenan, pero también a quienes financian; investigar a quienes ejecutan, pero también a quienes protegen; decomisar armas, pero también activos; detener operadores y, al mismo tiempo, impedir que sean reemplazados.

La diferencia es crucial porque una organización no depende necesariamente de una sola persona. Su verdadera fortaleza reside en la red que permite que sus actividades continúen cuando algunos de sus integrantes son detenidos.

El verdadero reto para México

México no enfrenta este problema porque millones de ciudadanos sean violentos. Lo enfrenta porque organizaciones relativamente pequeñas pueden concentrar suficientes recursos para ejercer una influencia desproporcionada sobre comunidades, economías locales e instituciones.

Ese debería ser uno de los puntos centrales de cualquier discusión seria sobre seguridad.

La solución no pasa únicamente por desplegar más elementos, realizar más operativos o anunciar más detenciones. Requiere mejores investigaciones, inteligencia financiera, capacidades tecnológicas, fiscalías eficaces, controles anticorrupción y coordinación institucional.

También requiere una condición indispensable: que la aplicación de la ley sea independiente de intereses políticos.

Ninguna organización criminal debería estar por encima del Estado, pero tampoco ninguna persona dentro del Estado debería estar por encima de la ley.

La verdadera batalla está en las estructuras

La violencia organizada se reproduce cuando sus estructuras permanecen intactas.

Mientras exista dinero para financiar operaciones, personas dispuestas a reclutar, redes capaces de proporcionar protección, instituciones vulnerables a la corrupción y mecanismos que permitan convertir las ganancias ilícitas en patrimonio aparentemente legítimo, las organizaciones criminales conservarán capacidad para sobrevivir.

Por eso, el objetivo de una política de seguridad moderna debe ser mucho más ambicioso que aumentar el número de detenciones: debe conseguir que las organizaciones criminales pierdan la capacidad de regenerarse.

Perseguir indefinidamente a los integrantes de una estructura puede convertirse en una batalla sin final. En cambio, desmantelar sus recursos, sus redes, sus mecanismos de reclutamiento y sus estructuras de protección puede modificar de manera sustancial su capacidad para operar.

El desafío para México no consiste solamente en perseguir a quienes disparan. Consiste en llegar hasta quienes ordenan, financian, protegen y reconstruyen.

Porque cuando un grupo reducido consigue someter comunidades enteras, controlar territorios, intimidar ciudadanos y penetrar instituciones, el problema deja de ser simplemente delincuencia.

Se convierte en una amenaza para el Estado de derecho.

Y frente a esa amenaza, la respuesta no puede limitarse a perseguir los síntomas. Debe llegar hasta las estructuras que producen y reproducen la violencia.

La eficacia de una política de seguridad no debería medirse únicamente por el número de personas detenidas o por los operativos realizados, sino por la capacidad del Estado para debilitar y desmantelar de manera permanente las estructuras criminales.

El verdadero resultado se produce cuando una organización pierde sus fuentes de financiamiento, sus redes de apoyo, su capacidad de reclutamiento y los mecanismos que le permiten mantener presencia y control sobre un territorio.

En cambio, si después de una captura o de un operativo la organización consigue reorganizarse, recuperar sus recursos, incorporar nuevos integrantes y continuar con sus actividades, el golpe no logró afectar su estructura de fondo.

Mientras las organizaciones criminales tengan la capacidad de reconstruirse y reemplazar rápidamente a quienes son detenidos, las autoridades seguirán enfrentando el mismo problema: perseguir nuevos operadores sin lograr desarticular las redes que hacen posible su permanencia.

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* Víctor Ruiz. Fundador de SILIKN | Emprendedor Tecnológico | Coordinador de la Subcomisión de Ciberseguridad de COPARMEX Querétaro | Líder del Capítulo Querétaro de OWASP | CompTIA Security+ ce Certification | CyberOps Associate (CCNA CyberOps) | NIST Cybersecurity Framework 2.0 Certified Expert (CSFE) | (ISC)² Certified in Cybersecurity℠ (CC) | Cyber Security Certified Trainer (CSCT™) | EC-Council Ethical Hacking Essentials (EHE) | EC-Council Certified Cybersecurity Technician (CCT) | Cisco Ethical Hacker & Cybersecurity Analyst.

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