Georg Wilhelm Friedrich Hegel fue uno de los filósofos más influyentes de la modernidad. Pensó la historia no como una serie de hechos aislados, sino como un proceso atravesado por contradicciones, luchas y transformaciones. En tiempos como los de hoy, marcados por guerras, sanciones, crisis energéticas, disputas narrativas y tensiones geopolíticas crecientes, su visión vuelve a ser sorprendentemente útil. Hegel nos ayuda a entender que los conflictos no se desarrollan de manera lineal ni obedecen únicamente a la voluntad de una potencia: avanzan por choques, negaciones y respuestas que terminan alterando el propio orden que intentaba imponerse. Por eso, en la actual era de confrontaciones globales, pensar con Hegel permite ver algo que muchas lecturas superficiales no alcanzan a captar: que cada intento de dominación produce también la semilla de su propia crisis.
A veces creemos que Hegel pertenece al museo de las ideas: busto de biblioteca, prosa difícil, frases sobre el Espíritu y la Historia que parecen muy lejos del precio de la gasolina, de los apagones en Cuba o de los bombardeos sobre Irán. Pero quizá hoy, precisamente hoy, Hegel sea más útil que nunca. No para repetirlo como dogma, sino para entender algo incómodo: los conflictos no avanzan en línea recta; avanzan por contradicciones. Y cuando una potencia cree que puede imponer el orden por pura fuerza, lo que suele producir no es estabilidad, sino la forma siguiente del desorden.
La dialéctica hegeliana, leída de manera sencilla, enseña que la realidad se mueve por tensiones y negaciones. Una posición genera su contrario, y de ese choque surge una nueva configuración. No es un equilibrio armónico: es conflicto, desgaste, superación, reconfiguración. Aunque la famosa fórmula “tesis-antítesis-síntesis” simplifica demasiado a Hegel, sigue siendo útil como imagen pedagógica: ninguna hegemonía permanece intacta cuando produce sus propias resistencias. En política internacional, eso significa que cada acto de dominación crea también una respuesta material, simbólica y geopolítica.
Miremos tres escenarios: Cuba, Estados Unidos e Irán. A primera vista parecen asuntos distintos. Pero no lo son. Son capítulos de la misma contradicción: la pretensión estadounidense de disciplinar regiones enteras mediante sanciones, cercos, presión militar, coerción económica y superioridad narrativa. Washington se presenta como garante del orden, pero una y otra vez termina produciendo el escenario que dice querer evitar: mayor radicalización, mayor fragmentación y una pérdida creciente de legitimidad global.
Cuba es un ejemplo clarísimo. En marzo de 2026, la isla sufrió un nuevo colapso de su red eléctrica nacional que dejó sin luz a alrededor de 10 millones de personas; Reuters reportó además que Cuba apenas había recibido dos cargamentos de petróleo en lo que iba del año, en medio del endurecimiento de la presión estadounidense sobre sus suministros energéticos. El resultado no ha sido una “transición democrática” ejemplar, sino una crisis humanitaria y social prolongada, con apagones, escasez de agua y nuevos impulsos migratorios.
Aquí Hegel ayuda a ver lo que el discurso liberal suele ocultar: la coerción no resuelve la contradicción; la desplaza y la agrava. La política de asfixia sobre Cuba no ha producido normalización. Ha producido una negación activa: más precariedad, más polarización y más rechazo regional a la lógica del castigo. Incluso México ha reaccionado con envíos de ayuda y con críticas abiertas al bloqueo, recordando que en América Latina la cuestión cubana no se percibe solo como un problema interno de la isla, sino como síntoma de una relación hemisférica todavía estructurada por la asimetría.
Irán es la otra cara, más violenta, de esa misma contradicción. Hoy el conflicto ya no puede leerse solo como una disputa bilateral o una cadena de represalias regionales. Reuters informa que la guerra ligada a Irán ha golpeado infraestructura energética clave, ha alterado el mercado mundial y ha contribuido al cierre del estrecho de Ormuz, por donde normalmente transita cerca de una quinta parte del petróleo y gas mundial; además, EEUU ya tenía unos 50,000 efectivos en la región y decidió desplegar más tropas. Mientras tanto, una encuesta Reuters/Ipsos reportó que 55% de los estadounidenses ya sentía el golpe del alza de la gasolina en su economía doméstica.
Eso también es dialéctica. El poder que pretende ordenar el sistema termina devorado por los efectos de su propia intervención. La fuerza que se ejerce “allá” regresa “acá” como inflación, crisis de legitimidad, inseguridad energética y fatiga política. Hegel diría que la negatividad nunca se queda quieta: trabaja dentro del mismo orden que quiso contenerla.
Estados Unidos castiga a Irán, pero el costo vuelve en forma de mercados alterados, impopularidad doméstica y un sistema internacional cada vez menos dispuesto a aceptar su relato como verdad universal.
Por eso Hegel sigue siendo relevante: porque obliga a pensar el conflicto como proceso y no como fotografía. No basta preguntar quién tiene más armas. Hay que preguntar quién produce el marco de sentido, quién define al enemigo y quién convierte sus intereses en “sentido común” global. Ahí entran la comunicación y la narrativa. La hegemonía contemporánea ya no es solo militar ni financiera; es también semántica. Quien logra nombrar la amenaza, administrar el miedo y fijar la gramática del bien y del mal adquiere una ventaja estratégica enorme.
Pero esa ventaja ya no es absoluta. La narrativa occidental atraviesa un momento de desgaste. Cuando Washington invoca democracia en un caso y excepción en otro; cuando habla de derecho internacional, pero lo subordina a su cálculo geopolítico; cuando sanciona a unos por soberanía violada mientras tolera o acompaña bombardeos sobre otros, la contradicción se vuelve visible. Y cuando la contradicción se vuelve visible, la hegemonía entra en crisis. La dialéctica, otra vez.
Aquí América Latina y México deberían leer el momento con inteligencia histórica. No como espectadores morales, sino como actores que pueden sacar provecho estratégico de una transición. Porque si el orden unipolar ya no convence y el mundo entra en una disputa más abierta por relatos, corredores energéticos, alianzas y legitimidades, la región tiene margen para actuar con mayor autonomía. No para cambiar de subordinación —de Washington a Pekín, de Bruselas a otra capital—, sino para construir una posición propia.
México, en particular, tiene razones materiales para hacerlo. La economía mexicana está profundamente ligada a Estados Unidos: el comercio de bienes entre ambos países alcanzó 872.8 mil millones de dólares en 2025, según la USTR. Y, al mismo tiempo, América Latina y el Caribe representaron 19.2% del comercio total de Estados Unidos en 2024, de acuerdo con CEPAL. Eso significa dos cosas: primero, que la región importa para Washington mucho más de lo que a veces se admite; segundo, que esa interdependencia puede convertirse en capacidad de negociación si existe visión política.
¿Qué podría hacer México desde esa lectura? Defender con mayor claridad el principio de no intervención, sí, pero también impulsar diplomacia regional, cooperación energética, corredores humanitarios, foros sobre desinformación en guerra y una política exterior que no reproduzca automáticamente el lenguaje securitario estadounidense. En un mundo atravesado por guerras narrativas, no solo importa con quién comercia un país; importa también desde qué vocabulario interpreta el conflicto.
Hegel no nos invita al cinismo. Nos obliga, más bien, a abandonar la ingenuidad. Nos recuerda que la historia no premia a los más virtuosos en abstracto, sino a quienes entienden mejor la lógica de las contradicciones. Cuba muestra el fracaso moral y político del castigo prolongado. Irán muestra el límite estratégico de una hegemonía que incendia regiones para luego administrar las cenizas. Y América Latina muestra, todavía de manera incompleta, la posibilidad de otra síntesis: una voz propia, menos subordinada, más consciente de que la comunicación ya es campo central de poder.
Tal vez por eso Hegel vuelve ahora. Porque estamos entrando en un tiempo en que la lucha ya no es solo por territorios, sino por significados. Y quien no entienda la dialéctica entre fuerza y relato, entre coerción y legitimidad, entre sanción y resistencia, seguirá leyendo el presente como una suma de crisis aisladas, cuando en realidad se trata de una sola gran transición histórica.
La pregunta, entonces, no es solo qué hará Washington con Cuba o con Irán. La pregunta es otra: ¿sabrá América Latina leer esta crisis como oportunidad? ¿Podrá México convertir la contradicción global en margen estratégico propio? ¿Seguiremos hablando el lenguaje del poder ajeno o empezaremos, por fin, a producir nuestra propia narración del mundo?
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