La naturaleza del amor se explica, según la ciencia, como una reacción cerebral que ofrece una recompensa química al organismo. Este fenómeno alcanza su mayor intensidad durante la adolescencia, mientras que en la adultez adquiere formas más complejas y maduras.
El investigador Ranulfo Romo Trujillo, del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, sostiene que el amor es, ante todo, una construcción cerebral influida tanto por la evolución como por la experiencia.
La atracción inicial suele ser visual, pero para muchas personas intervienen también otros sentidos, como el oído. Lo que escuchamos y lo que nos dicen puede detonar sentimientos amorosos tan intensos como los que surgen de una imagen. De acuerdo con el investigador (citado por la Gaceta de la UNAM), el amor es un proceso tan intrincado que resulta difícil de explicar con precisión, aunque no hay duda de que se origina en el cerebro humano.
El papel del cerebro en la construcción del amor
El cerebro utiliza el cuerpo para manifestar pensamientos y emociones a través de gestos, palabras o acciones. En el caso del amor, se activan circuitos neuronales antiguos, forjados por la evolución, que intervienen también en emociones como el miedo o el apego. Estos circuitos, combinados con la experiencia personal, producen las distintas formas en que vivimos el amor.
El amor a primera vista representa una poderosa reacción emocional ante una imagen o unas palabras, que está estrechamente vinculada con la posibilidad del apareamiento.
De estas primeras impresiones nacen relaciones de diferentes matices.
La evolución del amor a lo largo de la vida y la importancia de la recompensa
Con el paso de los años, la pasión tiende a transformarse en una amistad profunda dentro de las parejas. Cambios fisiológicos y necesidades prácticas llevan a las personas hacia estados emocionales que favorecen la confianza y la permanencia en relaciones duraderas. Para el investigador, “en el fondo todo es recompensa”, ya que el cerebro busca siempre estímulos que generen satisfacción.
Hace tres décadas, el propio investigador, junto a un colega alemán, identificó en el cerebro de primates neuronas responsables de liberar dopamina, el neurotransmisor de la recompensa. Cuando un sujeto obtenía un beneficio, estas neuronas se activaban. En seres humanos, este sistema permanece vigente y explica por qué perseguimos constantemente experiencias satisfactorias.
Picos de pasión y la búsqueda de estabilidad emocional
En las relaciones de pareja y de amistad experimentamos etapas de gran intensidad emocional. En la juventud predominan los picos de pasión y las relaciones breves, que con el tiempo se transforman para buscar una mayor estabilidad y duración. Tras la recompensa inicial, las personas buscan establecer una confianza que les permita anticipar y asegurar futuras satisfacciones dentro de la relación.
Cuando las expectativas no se cumplen, surge la frustración. Esto explica las decepciones amorosas: los individuos esperan una recompensa emocional que, si no llega, produce insatisfacción. Finalmente, la biología y la experiencia moldean el amor y la amistad, guiando a las personas hacia vínculos más sólidos y satisfactorios a medida que avanza la vida.