El hígado es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano, responsable de funciones vitales como la desintoxicación, la producción de bilis, el almacenamiento de energía y el metabolismo de grasas y carbohidratos.
Sin embargo, muchas enfermedades hepáticas pueden avanzar de forma silenciosa durante años. Por ello, reconocer señales poco conocidas puede ser clave para acudir a tiempo al médico y evitar complicaciones mayores.
De acuerdo con la Organizacion Mundial de la Salud, las enfermedades hepáticas representan una causa importante de morbilidad en el mundo, muchas veces asociadas al consumo excesivo de alcohol, infecciones virales como hepatitis B y C, obesidad o síndrome metabólico. La American Liver Foundation señala que los síntomas iniciales pueden ser inespecíficos y confundirse con otros padecimientos.
Una de las señales menos reconocidas es la fatiga persistente sin causa aparente. Aunque el cansancio puede deberse a múltiples factores, cuando se presenta de manera constante y se acompaña de debilidad general, podría estar relacionado con un funcionamiento hepático alterado. El hígado participa en el procesamiento de nutrientes y toxinas; cuando no trabaja adecuadamente, el cuerpo puede experimentar una sensación continua de agotamiento.
Otra manifestación poco asociada al hígado es la picazón en la piel sin erupciones visibles. Este síntoma puede deberse a la acumulación de sales biliares en el torrente sanguíneo cuando el flujo de bilis se ve afectado. Aunque suele confundirse con alergias o resequedad, la comezón persistente, especialmente si empeora por la noche, merece valoración médica.
Los cambios sutiles en la coloración también pueden ser una alerta. Si bien la ictericia —coloración amarillenta de piel y ojos— es un signo más conocido, alteraciones leves en el tono de la piel o la aparición de manchas oscuras en cuello y axilas pueden relacionarse con trastornos metabólicos que impactan la salud hepática, como la enfermedad por hígado graso no alcohólico.
Asimismo, la hinchazón abdominal leve y constante puede indicar acumulación de líquido (ascitis) en fases más avanzadas, aunque en etapas tempranas puede manifestarse simplemente como sensación de distensión frecuente. Cambios en la orina —más oscura de lo habitual— o en las heces —más claras o grisáceas— también pueden reflejar problemas en la producción o excreción de bilis.
Algunas personas presentan pequeños vasos sanguíneos visibles en la piel, conocidos como “arañas vasculares”, particularmente en el torso o el rostro. Aunque pueden ser benignos, cuando aparecen en conjunto con otros síntomas deben evaluarse. De igual forma, la tendencia a presentar moretones con facilidad puede estar vinculada a alteraciones en la producción de proteínas necesarias para la coagulación.
La pérdida de apetito y la sensación de náusea recurrente son otras señales que pueden pasar desapercibidas. Cuando el hígado está inflamado o sobrecargado, el proceso digestivo puede verse afectado, generando malestar después de las comidas.
En este sentido, es recomendable acudir al médico ante la presencia persistente de estos síntomas, especialmente si existen factores de riesgo como obesidad, diabetes, consumo frecuente de alcohol o antecedentes familiares de enfermedad hepática. Un análisis de sangre para evaluar enzimas hepáticas, así como estudios de imagen, pueden detectar alteraciones en fases tempranas.
Detectar a tiempo un problema en el hígado puede marcar la diferencia entre un tratamiento oportuno y complicaciones graves como cirrosis o insuficiencia hepática. La prevención, a través de una alimentación equilibrada, actividad física regular y revisiones médicas periódicas, sigue siendo la herramienta más eficaz para proteger este órgano esencial.