La exposición al combate altera el funcionamiento mental de los soldados y desafía tanto los límites fisiológicos como los cognitivos, ya que por naturaleza, el sistema nervioso altera patrones y se adecúa a las circunstancias de manera automática.
Múltiples fuentes especializadas e investigaciones del US Army Research Institute, plantean que bajo situaciones de presión extrema, la capacidad de realizar varias tareas de manera simultánea se reduce notablemente.
Entre otras razones, debido a que el cerebro prioriza la supervivencia por encima de funciones complejas o secundarias. Este fenómeno reveló que la sobrecarga cognitiva no responde a falta de disciplina, sino a una reacción biológica automática frente al miedo y la adrenalina.
Bajo fuego, el cerebro y la biología activan el modo supervivencia
De acuerdo con una investigación realizada por el periodista especialista en seguridad Jorge Rojas, existen múltiples eventos que influyen en la mente de los militares mientras están en los escenarios de guerra, por lo que es imprescindible la adaptación rápida.
Según la misma indagación, entre las adversidades que enfrentan los militares se encuentran los cambios bruscos en el entorno, como pasar de un terreno abierto a una zona urbana, los cuales incrementan el riesgo de errores tácticos y afectan la toma de decisiones.
Por otro lado, la vigilancia constante, especialmente frente a amenazas ambiguas, agota los recursos mentales y genera un cansancio particular que supera al estrés provocado por un peligro claro y visible.
Además, el contagio emocional dentro de las unidades puede determinar el rendimiento colectivo: la calma o el pánico se propagan y modifican la eficacia del grupo.
De acuerdo con el especialista, otro de los retos a enfrentar en el campo de batalla es el estrés, ya que no sólo impacta la mente, sino que altera profundamente el cuerpo.
El ritmo cardíaco y la filtración sensorial cambian bajo fuego enemigo, distorsionando la percepción del tiempo y reduciendo la capacidad de procesar información del entorno.
Por ello, factores como la cohesión del grupo, el liderazgo y la adaptabilidad resultan decisivos para enfrentar la guerra actual, donde la supervivencia depende tanto de la preparación psicológica y fisiológica como del entrenamiento técnico.
Entornos cambiantes y contagio emocional: factores que definen el combate
Además, Jorge Rojas destacó que el estrés de combate altera la capacidad de multitarea. Investigaciones del US Army Research Institute muestran que, bajo presión extrema, la eficacia para realizar varias tareas a la vez puede disminuir más de un 30%.
Así, mientras que un soldado, en condiciones normales puede moverse, comunicarse y tomar decisiones básicas simultáneamente, el primer impacto de un proyectil o el estallido cercano de una explosión obligan al cerebro a pasar al modo de “canal único”.
Esto es que la corteza prefrontal, encargada del razonamiento complejo, cede el control a la amígdala, que prioriza la supervivencia. Como resultado, el ancho de banda cognitivo se colapsa y todo lo ajeno a la supervivencia inmediata queda relegado.
La sobrecarga cognitiva no implica falta de disciplina. Cuando un soldado debe despejar el encasquillamiento de su arma, es probable que deje de registrar órdenes verbales o pierda conciencia espacial por unos instantes.
Se trata de una reacción biológica natural ante el miedo y la adrenalina. Por esta razón, los ejércitos modernos priorizan procedimientos simples y repetitivos en el entrenamiento, conscientes de los límites neurológicos bajo presión.
El miedo a lo desconocido resulta más corrosivo que el peligro visible. Veteranos entrevistados por Jorge Rojas y datos publicados en Oxford Academic indican que la incertidumbre sobre la ubicación o magnitud de la amenaza eleva los niveles de cortisol y alfa-amilasa a valores superiores que la exposición a un peligro claro.
En combate, el cerebro busca simular todos los escenarios posibles, lo que agota los recursos mentales y genera dudas automáticas sobre el entorno. Así, la vigilancia prolongada frente a peligros ambiguos resulta mucho más extenuante que el enfrentamiento directo.