“La filosofía de Bitcoin”: por qué el ascenso de las monedas virtuales podría significar “la caída del Estado”

En su nuevo libro, el español Álvaro D. María profundiza en la relación entre la crisis en el ámbito estatal a nivel mundial y el surgimiento de las monedas virtuales, cuya innovación está atada a su “carácter destructivo”.

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Álvaro D. María sobre Bitcoin: "Como la destrucción de aquello a lo que sustituyen es inherente a la innovación tecnológica, estas innovaciones deben tener un carácter destructivo proporcional a su magnitud".
Álvaro D. María sobre Bitcoin: "Como la destrucción de aquello a lo que sustituyen es inherente a la innovación tecnológica, estas innovaciones deben tener un carácter destructivo proporcional a su magnitud".

La actual crisis en el ámbito estatal y monetario ha generado un profundo cuestionamiento a nivel mundial de los arraigados sistemas de creencias políticas y económicas. Dos de estos pilares fundamentales son la idea de que el dinero debe contar con el respaldo de una autoridad, por un lado, y que el concepto de “Estado” puede aplicarse universalmente a cualquier sociedad política, por el otro.

Pero, ¿es posible pensar en formas políticas posestatales? Para contestar esta pregunta, el filósofo español Álvaro D. María acaba de publicar su libro La filosofía de Bitcoin, en el que plantea cómo esta moneda virtual “redefine el derecho de propiedad privada haciéndolo absoluto y creando un espacio donde los Estados carecen de soberanía”, tema en el que se extiende en varios capítulos y que justifica el llamativo subtítulo del libro: “La caída del Estado”.

Según su perspectiva, el modelo estatal tradicional se encuentra en declive y la única respuesta viable sería la acción “criptocrática”, caracterizada por la incertidumbre sobre la identidad de los actores que la ejecutan. En este escenario, el ciberespacio emerge como el terreno óptimo para este tipo de confrontación, con Bitcoin como su principal herramienta.

Este análisis se adentra en las razones por las cuales Bitcoin se presenta como una innovación equiparable únicamente a hitos históricos como la invención de la pólvora, la imprenta o Internet. A través de una aproximación filosófica, el autor reflexiona sobre las interconexiones entre dinero y moneda, así como sobre las innovaciones que Bitcoin introduce en los ámbitos económico, legal y político.

Editado por Deusto, La filosofía de Bitcoin -cuyo comienzo puede leerse a continuación-, deja entrever lo que, para el autor, será el impacto histórico que esta criptomoneda ejercerá en nuestras vidas.

Así empieza “La filosofía de Bitcoin”

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Filosofía del dinero

No cabe duda de que el dinero es fundamental en nuestro mundo, no digo que sea lo más importante, simplemente que atraviesa nuestras vidas y gran parte de nuestras acciones cotidianas. Controla y mueve voluntades como pocas cosas, pero ¿qué es el dinero? ¿Es lo mismo el dinero que la moneda? ¿Qué diferencias hay?

Al tratar estos temas suele haber cierta confusión en los términos, nos movemos en una precomprensión, en una creencia, de lo que es el dinero y la moneda. Los utilizamos a diario, ¿cómo no vamos a saber qué son? Se da por hecho, rara vez se explica o se desarrolla una teoría al respecto. Además, se utilizan indistintamente. Y es que de alguna manera la moneda y el dinero son como el cuerpo y el alma, materia y forma. Cuando están vinculados se podría denominar circulante, y cuando el dinero abandona su cuerpo, la moneda pasa a ser objeto de estudio de la numismática, y no cosa de economistas.

Se entiende mucho mejor qué es el dinero si en lugar de como un sustantivo lo vemos como un adjetivo de determinadas mercancías. Es cierto que estas mercancías consideradas dinero suelen tener determinadas cualidades distintas a otras: no suelen ser consumibles, son divisibles, escasas, transportables, vendibles con facilidad —con mucha liquidez—, almacenables, fungibles, deben facilitar la cuantificación, difíciles de manipular, fáciles de verificar y que no se deterioren con el paso del tiempo. Todas estas cualidades son las que permiten que estas mercancías sean utilizadas como medio de intercambio, que sean consideradas buen dinero. En definitiva, el dinero es una mercancía cuyo principal valor es facilitar los intercambios, lo cual es una función esencial dado que reduce los costes de comerciar, por eso es tan fundamental en las sociedades.

En el imaginario social, el dinero tiene cierta peculiaridad que lo hace único, es un producto social vilipendiado, despreciado, en la vida pública; sin embargo, no hay otro producto social que se busque y se desee más. No ha sido poca la tinta que se ha empleado en señalarlo como el culpable de muchos de los males del hombre. A pesar de todo, a él parece que le da completamente igual, sigue su curso sabiéndose vital en la sociedad. Si bien ha sido objeto de todo tipo de críticas, prácticamente nunca se ha cuestionado en serio su existencia. Se ha hablado de la muerte de Dios, de la muerte de la democracia, del fin del arte, de la muerte de la filosofía, de la decadencia de la civilización; pero el dinero sigue ahí, denostado por su poder, su influencia y su capacidad de seducción, pero imprescindible.

Se le atribuye el fomento del individualismo al desatar los lazos sociales, cuando precisamente es el producto más social de todos. Si preguntan a alguien «¿qué te llevarías a una isla desierta si sólo pudieses llevar tres cosas?», nadie elegiría dinero. En la práctica, el dinero actúa como un registro de relaciones de intercambios sociales, de relaciones con otros, y refleja el valor de lo intercambiado en un momento concreto.

Ciertamente, el dinero sí tiene motivos —no digo que justificados, pero sí emocionales— para ser denostado, en especial a medida que cada vez abarca más relaciones sociales. El dinero explicita, saca a la luz, los intereses de las relaciones sociales. Contra lo que suele decirse que al igual que el poder, el dinero no corrompe, delata. Vincula muchas relaciones sociales al cálculo económico, y esto es un problema para la vida comunitaria, en particular para los lazos sociales, dado que están tejidos por lo sagrado, por los usos y costumbres, por relaciones de consentimiento tácito; y a menudo todo esto se considera de valor incalculable. Por ello se considera que el dinero desacraliza, motivo por el que será objeto de todo tipo de críticas. Veamos brevemente su evolución a través de la moneda.

Álvaro D. María: "Si preguntan a alguien «¿qué te llevarías a una isla desierta si sólo pudieses llevar tres cosas?», nadie elegiría dinero".
Álvaro D. María: "Si preguntan a alguien «¿qué te llevarías a una isla desierta si sólo pudieses llevar tres cosas?», nadie elegiría dinero".

Filosofía de la moneda

Normalmente, al hablar del origen del dinero se hace referencia al trueque, no obstante, no hay evidencia histórica de que esto haya sucedido. Al menos no para algo que se pueda considerar comercio. Antes del desarrollo de la moneda, con frecuencia se utilizaban determinadas mercancías más o menos homogéneas, como las conchas, metales, plata y oro y otras a las que se les atribuía ciertas cualidades mágicas, sagradas, dado que la riqueza suele relacionarse con la expresión de poder y autoridad.

Pues bien, para aparecer como tal en el curso de la historia, la moneda requiere del desarrollo y convergencia de unas determinadas técnicas junto a la validación de una autoridad política. Siguiendo a Parise, su origen no estaría en Lidia, como comúnmente se dice, dado que lo que allí aparece son metales con leyendas, marcas o signos de equivalencia: «La moneda tiene una forma funcional de existencia distinta de la del metal pesado», dado que el paso de un lingote marcado a una moneda como tal, respaldada por una autoridad política, no estaba allí materializada: «Con la impronta, la moneda es una medida oficial del valor y un medio de compra garantizado».

Esta convergencia histórica de diversas técnicas que coinciden simultáneamente se plasma con claridad en la Grecia antigua. El desarrollo de la metalurgia y la fundición del hierro permiten acuñar unidades monetarias más homogéneas. La balanza hace posible establecer la proporción tanto entre las diferentes monedas entre sí, y ponerles una ley —validar su pureza—, como los pesos de los productos y su relación con estas monedas (a día de hoy seguimos pesando la gran mayoría de los productos para saber cuánto hay que pagar).

La otra innovación desarrollada es el lenguaje alfabético, que permite marcar las monedas de tal modo que sea la autoridad la que valida la ley de éstas, reduciendo los costes del comercio, ya que evita tener que comprobar en cada compra-venta la pureza y veracidad de las monedas entregadas. En el seno de las polis, el desarrollo de la metalurgia, la balanza y el lenguaje alfabético son las tres técnicas que permiten el salto tecnológico y la revolución que suponen las monedas en el curso de la historia económica.

Grecia sitúa en el centro el ágora, el mercado, y conocidos por todos son los frutos de aquella civilización. Es característico de toda técnica su carácter destructivo de aquello a lo que sustituye, y tal destrucción es proporcional al nivel de innovación que presentan dichas técnicas —que se lo pregunten a los luditas—. Lo primero que hicieron estas monedas fue acabar con todas las otras mercancías que antes se empleaban en los intercambios, aquellas precisamente que tenían carácter mágico, sagrado. Se ve que el carácter desacralizador —de secularización— del dinero está desde su mismo origen.

Así, el nuevo dinero que aparece en Grecia, la moneda, es un dinero más divisible, más cuantificable, más formal, más abstracto; atributos que permiten medir y ajustar con mayor precisión el valor de las mercancías facilitando e incrementando el comercio. Se impone sobre los demás por esas cualidades, y al ser emitida por el poder no es parcial, no es de un particular frente a otro, la pueden utilizar los ciudadanos por igual, y por ello puede totalizar el territorio que abarca.

Al igual que las lenguas, las monedas han acompañado a las comunidades políticas, y han tenido mayor presencia cuando mayor poder y extensión tenían éstas, en especial en los imperios. Desde el tetradracma de la época de Alejandro al dólar como papel moneda de Estados Unidos, la moneda del imperio dominante ha sido la de mayor influencia. La competencia entre las diferentes potencias políticas y sus monedas es parte esencial de la economía política. Una economía en la que su politicidad radica en que la mayoría del intercambio de mercancías se produce a través de los territorios, y éstos están siempre bajo algún tipo de gobierno que interfiere de un modo u otro en el comercio, aunque sea meramente para protegerlo, está atravesada por la decisión política. Históricamente, los gobiernos han impuesto su moneda, de su propiedad y emitida por ellos, en sus territorios. Principalmente, por la necesidad de recaudar tributos y para pagar a los soldados.

En la actualidad, el campo de la economía política ha alcanzado una escala global, tanto en sentido productivo como financiero. Sin embargo, las monedas son principalmente estatales (o de agrupaciones estatales) y siguen contando con la impronta de la autoridad política, creemos que es inevitable que así sea. Pero ¿acaso ha habido innovación monetaria en los últimos dos mil años?

Pues bien, al igual que en esa Grecia, en nuestro tiempo se han dado una serie de circunstancias vinculadas al desarrollo de nuevas tecnologías que han permitido por primera vez en la historia monetaria una serie de innovaciones muy significativas: no depender de un tercero para la emisión de una moneda, permitir el acceso a cualquiera que así lo desee y disponga de internet, diseñar una moneda digital con muy buenas cualidades dinerarias, hacer un registro público universal e inmutable de las transacciones, y otras muchas novedades que desarrollaré en los siguientes capítulos. Internet, la globalización, la informática y las telecomunicaciones —el ciberespacio— han permitido el desarrollo de Bitcoin; y como la destrucción de aquello a lo que sustituyen es inherente a la innovación tecnológica, estas innovaciones deben tener un carácter destructivo proporcional a su magnitud.

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