Viviana Rivero y su nueva novela sobre un romance oculto en Roma tras el asesinato de Julio César

La autora presentará “Apia de Roma” en la Feria del Libro el 7 de mayo. A continuación, el comienzo de este libro que mezcla política y amor, con una protagonista valiente que deberá pelear su lugar en un mundo de negocios patriarcal y misógino.

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La autora presentará su nueva novela, "Apia de Roma", en la Feria del Libro, donde también firmará ejemplares del libro.

Viviana Rivero, una de las más famosas escritoras argentinas de novelas históricas y románticas, volvió con Apia de Roma, un atrapante nuevo libro, esta vez ubicado en una convulsa y disputada Roma tras el asesinato de Julio César. Al comienzo de la novela, Apia Pópulus está a punto de perder a su madre. A pesar de su corta edad, conforme a las costumbres imperantes, contrae matrimonio con Salvio Sextus, un próspero pero viejo comerciante de perlas.

En el Palatino, el barrio más lujoso de la ciudad, la joven debe revestirse con una coraza para enfrentar la vida con alguien a quien no ama, cumplir con sus obligaciones de ama y defender su casa de las confabulaciones políticas. Roma es un hervidero repleto de intrigas. Después del asesinato de Julio César en el Senado, Marco Antonio y Octavio, el futuro emperador, se disputan el poder. Los crímenes están a la orden del día y Salvio Sextus, el esposo de la protagonista, teme por su vida.

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Apia soporta con estoicismo la tiranía de su esposo y el ataque constante de Senecio, su hijo. Como si fuera poco, se ve forzada a aceptar los humillantes juegos de dominación a los que, en su condición de mujer, la somete uno de los poderosos de la ciudad. Su único apoyo es su fiel esclava Furnilla. Juntas forjarán una alianza inquebrantable y lucharán por abrirse camino en un medio hostil.

Hasta que la aparición de Manius Marcio, un atractivo centurión, trastoca la vida de Apia y le permite descubrir sentimientos y sensaciones que jamás había experimentado. A partir de ese momento tendrá que hacer equilibrio entre dar rienda suelta a su apasionado romance y pelear su lugar en un mundo de negocios patriarcal y misógino.

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Viviana Rivero presentará Apia de Roma, su nueva novela, en la Feria del Libro de Buenos Aires 2023 el domingo 7 de mayo a las 17.30 en la sala José Hernández. Al finalizar la presentación, la autora firmará ejemplares en el stand 917.

Así empieza “Apia de Roma”, de Viviana Rivero

Portada de "Apia de Roma", de Viviana Rivero, editado por Planeta.

Año 35 a. C.

El cielo se desplegaba estrellado sobre la gran ciudad del mundo antiguo. Roma la bella, la que enorgullecía a sus ciudadanos, la perla de Occidente, aquella que representaba lo civilizado y organizado en contraposición a los pueblos bárbaros, esa noche mostraba su extraordinario perfil de titánicos edificios encolumnados bajo la luz de la luna. También esparcía sus aromas, pero por sobre todo hacía oír sus murmullos. Cada noche la ciudad tenía los suyos; a veces eran claros; en otras oportunidades, distantes; pero sus aires siempre musitaban algo.

Sus habitantes decían que Roma hablaba y tenían razón. Tal como si fuera una mujer y sus sonidos, palabras que delataran su estado de ánimo, ella les hacía saber cómo se sentía. La urbe amada por los romanos y temida por sus enemigos, porque cada victoria se festejaba en sus calles con el paso de los derrotados atados con cadenas a los carros triunfales, esa noche se pronunciaba como lo hacía cada jornada al caer el sol.

Los murmullos en sus aceras hablaban de cambios, susurraban que un sistema político iba dando lugar a otro. Desde que Julio César había sido asesinado, la venerada República tímidamente iba extinguiéndose para dar nacimiento al Imperio, donde Octavio ordenaba, decidía y dirigía como un auténtico emperador, aunque aún no se hacía llamar así.

Claro que nadie conversaba abiertamente del cambio; decir las palabras equivocadas en voz alta creaba situaciones peligrosas; incluso, hasta podía perderse la vida por ello. Pero los murmullos de la ciudad sí se animaban a expresar lo que las personas no. Los muros de Roma exhalaban transformaciones y estas se anunciaban con rumores.

La casa de Apia Pópulus no era la excepción; allí el aire también hablaba de cambios aunque no fueran por motivos políticos sino personales, más bien personalísimos.

A pesar de la hora, las luces de la lujosa vivienda fueron prendiéndose una a una; el esclavo encargado de la tarea encendió las lámparas de los salones grandes. El senador Tribunio, el vecino más cercano, seguramente vería la luz y vendría a preguntar si sucedía algo malo.

Una voz femenina se escuchó en el cuarto de Apia.

—Mi señora, despierte, ha sucedido… —dijo la muchacha suavemente a su joven ama.

Deseaba despertarla sin sobresaltarla. Llevaba un candelabro en la mano, pues lo que ocurría era demasiado importante como para perder el tiempo prendiendo las lámparas de aceite del cuarto. Antes de realizar cualquier actividad trivial debía ponerla al tanto.

Apia se movió entre las sábanas de lino claro de su cama, su larga cabellera enrulada y castaña se enredó en los flecos del cojín; la voz que la llamaba parecía provenir de otro mundo. Abrazó un almohadón de frisa color verde y trató de pensar con claridad. La noche anterior, sola, sentada en la cocina de la casa, con la intención de apagar las preocupaciones, había bebido varias copas de vino que ahora eran las culpables de que no entendiera lo que estaba sucediendo.

Confundida, se sentó en la cama, miró hacia la ventana y no halló los rayos de luz que anunciaban que el día comenzaba, sino que vio las cortinas de terciopelo que tapaban la enorme abertura de su cuarto. Parecía que aún no habían sido corridas porque el día todavía no empezaba. Miró mejor y entonces tuvo la certeza que puso en palabras:

—Es de noche…

Cada mañana, Furnilla, su esclava, la despertaba deslizando el cortinaje dejando que penetrara la cantidad exacta de luz que su señora quería a esa hora a través del lapis specularis transparente que hacía de vidrio. Pero esta vez parecía no haber hecho su trabajo, pues la noche de verano aún mantenía su densa os curidad bajo el canto de los grillos.

Furnilla por un momento se preocupó. Su ama no acertaba a comprender lo que estaba sucediendo y parecía estar a punto de enojarse porque la había despertado. Era urgente que cayera en la cuenta de la situación.

—Mi señora, ha sucedido. Usted me dijo que le avisara de inmediato sin importar la hora. El amo Salvio…

Las palabras penetraron en el cerebro de Apia y creyó entender. Recordó que esperaba esa noticia desde hacía semanas. —¿Él…?

—Sí, señora, su marido ha muerto.

Apia cerró con fuerza los ojos y lanzó un largo suspiro. A sus veinticuatro años, después de casi una década de matrimonio, su vida estaba a punto de cambiar. Aunque no sabía si para mejor o para peor.

Bajó los pies de la cama, pisó la gruesa alfombra colorida traída de Oriente y, recobrando la compostura, dio a Furnilla las órdenes pertinentes.

—Que los criados avisen de inmediato a Senecio y a las personas de las pompas fúnebres —dijo refiriéndose al hijo que tenía su marido de un anterior matrimonio del que había enviudado. Su hijastro Senecio Sextus era un hombre casado, con bastantes más años que ella, que había estado muy atento al devenir de la enfermedad de su padre. Sabía que tras la muerte de Salvio, él quedaría como el nuevo pater familias y, por lo tanto, con el poder total. Eso desencadenaría una serie de cambios en la existencia diaria de todos, incluida la vida económica de Apia.

—Bien, señora, mandaré a uno de los criados a la residencia de Senecio. Y quédese tranquila, que ya le pedí a Liam que vaya a la funeraria —dijo refiriéndose al liberto que trabajaba para la casa.

Apia la miró agradecida, aunque enseguida se arrepintió. Desde niña conocía la regla de oro: nunca agradecer a un esclavo, ni siquiera con la mirada. Pero Furnilla le era demasiado útil y fiel; además, la situación la había pillado dormida, por lo que no habría podido reprimir esa mirada, aunque hubiera querido.

La chica siempre parecía entender qué necesitaba antes de que se lo pidiera. Tal vez, porque tenía su misma edad o porque era de Britania. Se decía que eran los mejores y más útiles esclavos. O, simplemente, la plegaria que le formuló a la diosa Orbona el día de su matrimonio había sido atendida. Le había pedido que le enviara a alguien en quien confiar y la deidad se la había mandado. Desde que se había desatado la guerra con Senecio, un par de años atrás, su compañía le venía muy bien. Porque el hijo de su marido, al ver que ella no quedaba embarazada, había buscado por todos los medios quitarla de la casa y de la vida de su padre. Y si no lo consiguió fue gracias a Furnilla, quien se había transformado en un escudo de ojos y oídos a la hora de cuidar a su señora.

Pero el destino había actuado de forma caprichosa: ahora, el que ya no estaría en la casa sería su esposo porque después de una larga convalecencia acababa de morir.

—Prepara el vestido que usaré hoy —pidió Apia a la muchacha mientras se ponía de pie. La ropa de dormir de seda liviana, blanca y con finos breteles y tres lazos en el frente le llegaba a los pies.

—Sí, señora —respondió inclinándose Furnilla.

Apia caminó descalza hasta la puerta del cuarto y de allí salió al pequeño patio cubierto ubicado en el centro de la casa al que llamaban «atrio». A este, daban varias habitaciones de la residencia, incluida la que ella dormía. Avanzó por este hasta llegar a las cortinas del tablinum, la sala principal donde se recibían las visitas, las corrió y cruzó por la galería al peristilo, el gran patio verde lleno de árboles que se encontraba al final de la casa. Las paredes se hallaban pintadas de color azul muy vivo y a este daba el gran cuarto matrimonial.

Ella, en otra época, había dormido allí con su marido, pero hacía tiempo que se había mudado a una de las alcobas que daban al atrio que, aunque era más pequeña, tenía una puerta que conducía al exterior de la casa. Esto le había gustado desde el principio porque le había otorgado más libertad de movimiento y podía salir a la calle sin necesidad de que todos en la casa se enteraran. Desde que había quedado postrado, instalaron a su marido en el dormitorio principal.

Apia llegó al aposento donde él había permanecido acostado desde que empezó a sentirse mal. Apoyada sobre el marco de la abertura, lo observó: el cuerpo de Salvio permanecía inerte, tapado de la cintura para abajo con una sábana color celeste. Su ubicación le permitía ver la cabeza calva por completo, pero no el rostro. «Mejor», pensó, no deseaba hacerlo.

De pie, al lado del difunto, se hallaba uno de los sirvientes que lo había cuidado durante el último mes. El muchacho la miró esperando instrucciones, pero ella no le dio ninguna. Sólo se quedó observando de lejos mientras los pensamientos le bullían. Estaba segura de que a partir de ese momento todo cambiaría para ella. No odiaba a ese hombre, pero tampoco lo quería. Simplemente había sido una compañía; por momentos hasta un maestro, pero nada más. En los peores años había llegado a pensar que lo odiaba, pero hacía mucho tiempo que había dejado atrás esa clase de sentimientos. Él ni siquiera la había convertido en madre. Si lo hubiera logrado, hoy sería una matrona romana respetada y no tendría que estar temiendo por su porvenir.

Quién es Viviana Rivero

♦ Nació en Córdoba, Argentina, en 1966.

♦ Es escritora especializada en novelas históricas y románticas.

♦ Escribió libros como El alma de las flores, Zafiros en mi piel, Secreto bien guardado y Los espaguetis de Gonzalo.

♦ Entre otros galardones, en el año 2016 fue ganadora del Premio del Lector por su libro Los colores de la felicidad en el marco de la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

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