El verano funciona como un espacio de intercambio cultural donde los hábitos se mezclan sin planificación previa. En destinos atravesados por el turismo regional, algunas expresiones dejaron de ser pasajeras y comenzaron a integrarse al pulso cotidiano.
En el sur de Brasil, esa dinámica se volvió cada vez más visible con el paso de las temporadas. Se trata de una región que históricamente ha sido elegida por los argentinos por su cercanía y amplia variedad de opciones para llegar, tanto por tierra como por aire.
Dentro de la mezcla de culturas que se percibe en Florianópolis, el destino más popular de esta zona, la música nacional encontró un terreno especialmente receptivo. Canciones conocidas circulan con naturalidad en distintos espacios de la ciudad.
Así, el desembarco del Cosquín Rock en Brasil no apareció como un hecho aislado. El festival, nacido en Córdoba, trasladó su identidad sin alterar su esencia. La propuesta mantuvo su perfil y dialogó con una audiencia que ya comprendía sus códigos culturales.
Una primera edición exitosa en el país vecino
De la mano de Fernet Branca, la iniciativa tuvo su debut el 13 de enero en el Stage Music Park de Jurerê Internacional. La ciudad, que ya estaba atravesada por costumbres argentinas que se expresan durante el verano, facilitó una integración fluida del evento.
Durante la realización del festival, la experiencia superó lo estrictamente musical. La circulación constante, los encuentros espontáneos y el clima general replicaron escenas habituales del verano argentino. El público se movió con familiaridad dentro del predio.
Por su parte, Fernet Branca ocupó un lugar visible dentro de ese escenario. El trago apareció como gesto cotidiano, asociado a la charla y al encuentro colectivo. Su presencia acompañó la jornada sin necesidad de contextualización.
Lejos de funcionar como un elemento exótico, la marca se integró al ritual compartido. Vasos en mano, el consumo se dio de manera orgánica entre recitales y pausas. La bebida reforzó una identidad que ya circulaba en Florianópolis.
Desde Branca afirman que en la Argentina se consumen más de 50 millones de litros de fernet por año y el país concentra más del 80% del consumo mundial. Que esa costumbre haya encontrado lugar en Brasil no solo responde a una moda pasajera, sino también a una lógica más profunda: las tradiciones viajan con las personas.
Artistas destacados y convivencia de públicos
La convivencia entre públicos de diferentes nacionalidades marcó uno de los rasgos centrales del festival. Las diferencias idiomáticas no condicionaron la experiencia. Las canciones coreadas funcionaron como un lenguaje común.
En cuanto a la grilla, Cosquín Rock sostuvo su lógica histórica. Bandas del rock nacional compartieron escenario con artistas regionales y propuestas locales. Entre los artistas más destacados que participaron del festival figuraron Maneva, Los Pericos, Ratones Paranoicos, La Vela Puerca, Dillom, Fiesta Bresh, Perotá Chingó, Karandaya, João Coité, Samo y Roberto Cox. Esa combinación amplió el alcance sin diluir el perfil del evento.
Como en Cosquín, pero en Floripa
La organización también respetó los formatos característicos del festival. Los espacios abiertos, los recorridos fluidos y la multiplicidad de escenarios replicaron el espíritu original, tal como se observa cada año en Córdoba.
A partir de esa estructura, el evento logró consolidarse dentro de la escena local. Más que una experiencia aislada, se trató de un acontecimiento en diálogo con una cultura ya existente.
El entorno del festival reforzó esa sensación de pertenencia. Los encuentros antes y después de los recitales replicaron gestos habituales del verano argentino. La experiencia se extendió más allá del escenario.
Un festival que traspasa fronteras
Desde su aparición en Córdoba allá por 2001, el evento ha ido ganando popularidad cada año entre los fanáticos del rock nacional. Ese crecimiento luego derivó en su exportación a lugares como Uruguay, Paraguay y España.
La llegada a Brasil no se explicó solo por el arribo de un evento musical. Se entendió como la consolidación de una expansión cultural sostenida, donde Fernet Branca operó como símbolo compartido. Cosquín Rock desembarcó en territorio ajeno y rápidamente se integró al ecosistema local.
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