La noche en la que los Aliados ejecutaron a los criminales nazis: el destino de los cuerpos y el jerarca que evitó la horca

Quince días después de las condenas, las sentencias de muerte se cumplieron en el gimnasio de una prisión bajo custodia estadounidense

juicio de Núremberg
En la madrugada del 16 de octubre de 1946, diez jerarcas nazis fueron ahorcados en el gimnasio de una prisión alemana de Núremberg (Grosby)
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Los veredictos ya estaban dictados. Las solicitudes de clemencia habían sido rechazadas y, después de meses de audiencias, testimonios y pruebas sobre los crímenes del Tercer Reich, la justicia aliada se preparaba para cumplir las sentencias. En la madrugada del 16 de octubre de 1946, diez jerarcas nazis fueron ahorcados en el gimnasio de una prisión alemana de Núremberg.

Sin embargo, el hombre que había ocupado el segundo lugar en la estructura de poder de Adolf Hitler no llegaría al patíbulo: Hermann Göring encontró la manera de quitarse la vida horas antes, en su celda, con una cápsula de cianuro cuyo origen nunca quedó establecido de manera definitiva.

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Los condenados murieron por ahorcamiento, pero las deficiencias denunciadas en la preparación de las ejecuciones convirtieron el procedimiento en un episodio controvertido.

La escena final comenzó mucho antes de aquella madrugada. El 1 de octubre de 1946, el Tribunal Militar Internacional dictó sus sentencias contra los principales dirigentes del nazismo. Quince días después, se concretaron las condenas a muerte. Entre ambos momentos hubo recursos de clemencia rechazados, una vigilancia reforzada sobre los prisioneros y un desenlace inesperado que obligó a modificar el orden de las ejecuciones.

En el centro de la imagen, con auriculares, Karl Brandt, criminal de guerra nazi y médico personal de Hitler, durante los juicios de Núremberg (20 de agosto de 1947) (Wikimedia Commons)
En el centro de la imagen, con auriculares, Karl Brandt, criminal de guerra nazi y médico personal de Hitler, durante los juicios de Núremberg (20 de agosto de 1947) (Wikimedia Commons)

El juicio que cambió la historia

El Tercer Reich se derrumbó, Adolf Hitler se había suicidado en Berlín y los ejércitos aliados descubrieron, a medida que avanzaban por los territorios ocupados, la dimensión de los crímenes cometidos por el régimen nazi. Los campos de concentración y exterminio, las deportaciones masivas, las ejecuciones de civiles y el asesinato sistemático de millones de personas dejaron al descubierto una maquinaria criminal que no podía explicarse únicamente como un conjunto de excesos aislados durante una guerra.

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Los vencedores se enfrentaron entonces a una pregunta decisiva: ¿cómo juzgar a los máximos responsables de un Estado que usó sus propias instituciones para perseguir, despojar y exterminar a poblaciones enteras?

La respuesta fue la creación del Tribunal Militar Internacional, integrado por representantes de Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia. La presidencia quedó en manos del juez británico Geoffrey Lawrence, mientras que el fiscal estadounidense Robert H. Jackson tuvo un papel central en la organización jurídica de los procedimientos.

El 20 de noviembre de 1945 empezaron las audiencias en Núremberg, ciudad que fue uno de los grandes escenarios ceremoniales del nazismo. Allí se celebraron multitudinarios congresos del Partido Nacionalsocialista y se promulgaron, en 1935, las leyes raciales que privaron a los judíos de derechos fundamentales. El escenario de la exaltación del poder de Hitler se convirtió en el espacio donde sus principales colaboradores debían responder por sus actos.

Durante casi un año, los acusados escucharon testimonios, observaron fotografías y películas, y se enfrentaron a documentos producidos por la propia burocracia alemana. Las pruebas permitieron reconstruir la planificación de la guerra de agresión, la persecución racial, el trabajo esclavo y los asesinatos masivos. Los fiscales no dependieron solamente de declaraciones de sobrevivientes: también presentaron registros, órdenes, informes y comunicaciones que mostraban cómo había funcionado el aparato del régimen.

Núremberg contribuyó a consolidar la idea de que los dirigentes de un Estado podían ser responsabilizados penalmente por crímenes internacionales y que la obediencia a órdenes superiores no constituía, por sí sola, una justificación suficiente. La autoridad política, el uniforme militar y la pertenencia a una estructura de poder ya no debían servir como escudos absolutos frente a la justicia.

juicio de Núremberg
El fiscal estadounidense Robert H. Jackson tuvo un papel central en la organización jurídica de los procedimientos (Grosby)

Doce condenas a muerte y un destino inevitable

El 1 de octubre de 1946 se conocieron las sentencias. Doce acusados fueron condenados a muerte por ahorcamiento; tres recibieron prisión perpetua, cuatro fueron sentenciados a penas de cárcel de entre diez y veinte años y otros tres resultaron absueltos.

Entre los condenados a ser ejecutados estaban Hermann Göring, antiguo comandante en jefe de la Luftwaffe –fuerza aérea de la Alemania nazi- y figura central del régimen; Joachim von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores; Wilhelm Keitel, jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas; Alfred Rosenberg, ideólogo del nazismo; y Ernst Kaltenbrunner, uno de los máximos responsables del aparato de seguridad dela organización paramilitar SS.

También fueron sentenciados Hans Frank, gobernador general de la Polonia ocupada; Wilhelm Frick, ministro del Interior durante buena parte del régimen; Fritz Sauckel, responsable de la movilización de trabajadores forzados; Alfred Jodl, jefe de operaciones del Alto Mando; Arthur Seyss-Inquart, dirigente nazi que intervino en la ocupación de Austria y los Países Bajos; y Julius Streicher, propagandista antisemita y editor del periódico Der Stürmer.

El duodécimo condenado era Martin Bormann, uno de los hombres más poderosos del entorno de Hitler, juzgado y sentenciado en ausencia porque se desconocía su paradero. Su muerte en Berlín, durante los últimos días de la guerra, sería confirmada años después.

Las sentencias no tuvieron una aceptación unánime entre los propios condenados. Göring, por ejemplo, pidió que se le permitiera morir ante un pelotón de fusilamiento, como un militar, en lugar de ser ahorcado. Su solicitud fue rechazada. Para él, la diferencia no era menor: pretendía preservar hasta el final una imagen de honor castrense, pese a que el tribunal lo declaró responsable de delitos incompatibles con cualquier reivindicación de honor.

El 13 de octubre, el Consejo de Control Aliado rechazó las solicitudes de clemencia. No habría conmutaciones de pena. La ejecución quedaba confirmada y la fecha se acercaba. Los condenados conocían el desenlace, pero no todos los detalles del procedimiento.

En la prisión se reforzaron los controles y los guardias vigilaron las celdas con especial atención. El personal militar debía impedir que alguno de los sentenciados se quitara la vida antes de que pudiera cumplirse la pena. La ironía era evidente: los hombres que habían dispuesto de ejércitos, ministerios y servicios secretos se encontraban ahora sometidos a una rutina de inspecciones, horarios y puertas cerradas.

Pero el principal desafío para las autoridades no era impedir una fuga, sino garantizar que las sentencias se cumplieran en una prisión sometida a la mirada de representantes de las cuatro potencias y de periodistas llegados desde distintos países.

Hermann Göring
Göring murió después de ingerir cianuro de potasio

La última jugada de Hermann Göring

La noche del 15 de octubre, mientras los preparativos para las ejecuciones llegaban a su fin, Hermann Göring permanecía en su celda. Tenía 53 años y había sido uno de los hombres más poderosos de Alemania. Fundó la Gestapo –policía secreta-, dirigido la fuerza aérea alemana y acumulado cargos, privilegios y riquezas bajo el régimen de Hitler. Tras la derrota se entregó a los estadounidenses, y durante el juicio, intentó defender su actuación negando responsabilidades.

Su suicidio se convirtió en el acontecimiento inesperado que alteró el desenlace de Núremberg. Göring murió después de ingerir cianuro de potasio. Cuando los guardias advirtieron que algo sucedía en su celda, llamaron al médico, pero ya era demasiado tarde. Junto a su cuerpo se encontraron fragmentos de vidrio y rastros compatibles con el veneno. La noticia se extendió rápidamente por la prisión y obligó a reorganizar la secuencia prevista para las ejecuciones.

¿Cómo consiguió la cápsula? Una de las versiones más difundidas señala al teniente estadounidense Jack G. Wheelis, quien tuvo contacto con él durante su encarcelamiento. Según esa hipótesis, el oficial le habría entregado un objeto con el veneno. Sin embargo, las circunstancias exactas nunca quedaron probadas de manera concluyente.

En 2005 apareció otra versión. Herbert Lee Stivers, un antiguo soldado estadounidense que fue parte de la guardia de honor, afirmó que llevó a Göring una pluma estilográfica en la que una mujer alemana ocultó una supuesta medicina. Según su relato, él ignoraba que el objeto contenía una sustancia que podía servir para suicidarse. Su testimonio fue recibido con cautela y no resolvió definitivamente el misterio.

El propio Göring dejó una explicación escrita en la que sostenía que logró conservar cápsulas de cianuro desde su captura, ocultándolas pese a las inspecciones. La investigación militar aceptó esa posibilidad, aunque las dudas sobre la procedencia del veneno persistieron.

La apertura del gran juicio que sentó en el banquillo de los acusados del Tribunal Militar aliado a 24 responsables del régimen nazi, entre ellos Hermann Göring y Rudolf Hess (EFE)
La apertura del gran juicio que sentó en el banquillo de los acusados del Tribunal Militar aliado a 24 responsables del régimen nazi, entre ellos Hermann Göring y Rudolf Hess (EFE)

La madrugada del 16 de octubre: 10 hombres a la horca

Poco después de la medianoche, los prisioneros fueron despertados. La operación estaba bajo responsabilidad estadounidense y el verdugo designado era el sargento mayor John C. Woods, asistido por el policía militar Joseph Malta. Las ejecuciones comenzaron alrededor de la una de la madrugada.

El primero en subir al patíbulo fue Joachim von Ribbentrop, el diplomático que representó a Alemania en el pacto de no agresión con la Unión Soviética de 1939. Después de él fue el turno de Wilhelm Keitel, Ernst Kaltenbrunner, Alfred Rosenberg, Hans Frank, Wilhelm Frick, Julius Streicher, Fritz Sauckel, Alfred Jodl y Arthur Seyss-Inquart.

Uno a uno, los hombres atravesaron el mismo procedimiento: identificación, oportunidad de pronunciar unas últimas palabras, colocación de la capucha y la soga y, finalmente, la ejecución.

No todos reaccionaron del mismo modo. Algunos conservaron una actitud desafiante; otros expresaron su fe religiosa, proclamaron su inocencia o pronunciaron frases de despedida a Alemania. Streicher, conocido por su antisemitismo feroz, llegó al patíbulo después de varios de sus antiguos compañeros. Su figura representaba la dimensión propagandística de un régimen que convirtió el odio racial en una herramienta política permanente.

El procedimiento, sin embargo, no transcurrió sin controversias. Las reconstrucciones históricas recogen relatos de agonías prolongadas, en ocasiones de entre quince y veinte minutos. No obstante, la duración exacta de cada muerte y las circunstancias fisiológicas de todas las ejecuciones no pueden establecerse con idéntica certeza. Las autoridades militares rechazaron las acusaciones de que el procedimiento se hubiera ejecutado incorrectamente.

juicio de Núremberg
Hans Heinrich Lammers, uno de las personas más cercanas a Hitler durante el juicio (Grosby)

El destino de los cuerpos y el fin de una era

Después de las ejecuciones, los cadáveres fueron fotografiados y sometidos a los procedimientos de identificación correspondientes. Las autoridades querían dejar constancia de que las sentencias fueron cumplidas, pero también evitar que los restos de los jerarcas se transformaran en objetos de culto para sus seguidores.

Los cuerpos se trasladaron a Múnich al crematorio del cementerio de Ostfriedhof. Las cenizas se arrojaron en un afluente del río Isar, con el propósito de impedir que existiera una tumba identificable que se convirtiera en lugar de peregrinación para los simpatizantes del nazismo.

Pero la dispersión de las cenizas no significó el fin del problema que Núremberg intentó resolver. La derrota militar del nazismo no eliminó automáticamente el antisemitismo, las ideas racistas ni las redes de adhesión que sostuvieron al régimen. La reconstrucción de Alemania, la persecución de otros responsables y la investigación de los crímenes continuaron durante décadas.

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