A 90 años del fin de la Ley Seca: puritanos, mujeres con hachas, masacres en las calles y mafiosos luchando por el alcohol

Se la llamó la Ley Volstead, en honor al apellido del senador que la impulsó. El 17 de enero de 1920 comenzaba en los Estados Unidos la “Era de la Prohibición”. La restricción pretendió impartir un nuevo orden, pero ocurrió todo lo contrario: creó imperios de ilegalidad y fomentó el crimen. El nacimiento de Al Capone y el final de la normativa

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El 5 de diciembre de 1933 finalizó, en Estados Unidos, la Prohibición, el impedimento para hacer circular, comercializar y fabricar alcohol que estuvo vigente durante casi 14 años
El 5 de diciembre de 1933 finalizó, en Estados Unidos, la Prohibición, el impedimento para hacer circular, comercializar y fabricar alcohol que estuvo vigente durante casi 14 años

Esta historia tiene pastores protestantes, mafiosos, muchos mafiosos, enmiendas constitucionales, derogaciones de enmiendas constitucionales, alambiques, contrabandistas, saloons destrozados, mujeres con hachas en mano, varios speakeasy o bares clandestinos, policías y políticos corruptos, a Al Capone, matanzas -entre ellas la de San Valentín-, teorías económicas y ríos y ríos de alcohol, de vino, de cerveza, de whisky y otras bebidas destiladas.

Era el 17 de enero de 1920. El senador Andrew Volstead habló ante un grupo de gente y numerosos periodistas. Solemne, colocó su voz en un tono más grave que el habitual, para subrayar la importancia del momento. Estaba por realizar un gran anuncio: cerraría, para siempre, las puertas del infierno. Eso dijo: “Esta noche, apenas sean las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida morirá para siempre. Nace una nueva era de ideas claras y modales limpios modales. Las calles violentas serán cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, las mujeres van a sonreír y todos los chicos van a reír. Cerramos, para siempre, las puertas del infierno”.

Otros afirman que ese discurso fue dado un día antes y por un pastor protestante llamado Billy Sunday. Fue en un entierro populoso. Había más de 10.000 personas. Al que despedía el eufórico y enfático religioso era a John Barleycorn. Pero en ese entierro no había ataúd alguno. John Barleycorn era como se llamado en la jerga del momento al whisky.

Comenzaba una nueva era, la Era de la Prohibición. Con la aprobación de la XVIII Enmienda Constitucional, a partir del 17 de enero de 1920, el alcohol quedaba prohibido en Estados Unidos.

Hacía años que el senador luchaba por sacar adelante esta ley. Tanto hizo, que la norma aprobada llevó su nombre: Ley Volstead. Aunque todos, aun la posteridad, la conocieron con otro nombre: la Ley Seca.

Agentes de policía requisan botellas de whisky escondidas. la venta de alcohol era fuertemente perseguida por las autoridades (Original Caption)
Agentes de policía requisan botellas de whisky escondidas. la venta de alcohol era fuertemente perseguida por las autoridades (Original Caption)

La ley prohibía la manufacturación, comercialización y circulación del alcohol. Es decir, no vetaba específicamente el consumo, aunque sería difícil beberlo si nadie podía fabricar, vender o importar.

Algunos ciudadanos acataron dócilmente la medida. Pero no fueron la mayoría. Otros compraban un producto sobre el que no pesaba prohibición alguna: el jugo de uva concentrado, que se vendía en un rectángulo sólido, una especie de ladrillo (se lo conocía como “ladrillo de vino”), con el cual hacían vino casero (también había un cupo para el vino casero, una cantidad de litros anuales permitida). Pero muchos, muchísimos, consumían de manera clandestina.

Todo era culpa del alcohol. Conducía al mal. Provocaba la relajación de las costumbres, la inclinación al juego, a la prostitución y hasta una baja de productividad laboral.

En Estados Unidos, el fin de la Guerra de Secesión y la llegada masiva de inmigrantes de diversas partes del mundo, en especial de Europa, había provocado que las costumbres cotidianas se modificaran y que el clima social fuera menos previsible. Ante eso, apareció una reacción conservadora, puritana, nacida principalmente en los líderes religiosos protestantes que predicaban sobre la vida equilibrada y ascética. Pero no pretendían hablar sólo para sus feligreses, sino imponer sus creencias (y sus temores) en todo el territorio. Lo que empezó en el púlpito, siguió en las calles y especialmente en los despachos de funcionarios públicos y congresistas, y en los grandes diarios. La presión de los grupos religiosos se hizo cada vez más fuerte.

El senador Andrew J Volstead fue el que le dio nombre a la ley que determinó la Prohibición, siendo uno de sus principales impulsores (Harris & Ewing/PhotoQuest/Getty Images)
El senador Andrew J Volstead fue el que le dio nombre a la ley que determinó la Prohibición, siendo uno de sus principales impulsores (Harris & Ewing/PhotoQuest/Getty Images)

En los años previos a la Ley Seca, hubo muchos impulsores de la prohibición. Algunos formaron el Movimiento por la Templanza. Esa agrupación, mostrando una templanza algo particularidad, tenía como símbolo un hacha. Sus integrantes solían atacar a hachazos los bares, destrozando sus instalaciones y cada una de las botellas. También, para que no les quedaran ganas de reincidir, incendiaban los locales. Los que tomaban alcohol eran perseguidos por las calles por estos epítomes de la templanza y llegaron hasta linchar a alguno. Aseguraban que ellos sólo defendían los hogares norteamericanos.

Una de las más famosas fue una señora mayor que aparecía en las imágenes con anteojos, vestidos largos y oscuros, cara agria, un hacha en la mano derecha y una Biblia en la izquierda. Se llamaba Carrie Amelia Nation. Y utilizaba su arma para destrozar toneles con vino, cerveza o whisky.

El fin de la Primera Guerra Mundial presentaba un marco acorde para instalar un nuevo orden.

Un inspector policial controla cómo unos operarios vacían un tonel de alcohol, desechando su contenido para que no puede ser bebido por nadie (Buyenlarge/Getty Images)
Un inspector policial controla cómo unos operarios vacían un tonel de alcohol, desechando su contenido para que no puede ser bebido por nadie (Buyenlarge/Getty Images)

Como suele suceder, a las creencias se las da una fachada de racionalidad, se busca algún argumento que parezca científico para respaldarlas. Fue Irving Fisher, un célebre economista, reconocido como uno de los mejores en su especialidad, un precursor pero al mismo tiempo un puritano que estaba en contra del cigarrillo, el alcohol, el consumo de carnes rojas y las relaciones extramatrimoniales. Su legado, innegable como pionero de las teorías económicas modernas, quedó algo desvirtuado por sus dos grandes desaciertos públicos de la década del veinte: apoyó la Ley Seca y nueve días antes del crack del ‘29 vaticinó que la Bolsa y su buena salud serían eternas. Fisher hizo un cálculo. La cifra era escalofriante. Afirmó que el alcohol que tomaban los obreros, operarios y empleados provocaba una pérdida de 6.000 millones de dólares anuales a la economía de Estados Unidos. Cuando uno se interna en el cálculo de este señor descubre que el razonamiento era, cuando menos, arbitrario. Suponía que cada empleado tomaba una copa de alguna bebida espirituosa antes de entrar a trabajar y alguna más durante el almuerzo y, por supuesto, muchísimo más, a la noche, ya en su hogar. Esa inclinación colectiva provocaba que la productividad disminuyera un diez por ciento.

Lo que no tuvo en cuenta fue que la del alcohol era la quinta industria que más facturaba en ese país. La caída inicial fue abrupta. Pero muy rápidamente se acomodó y, en la clandestinidad, se recuperó gran parte de la actividad.

Las estadísticas sobre la caída del consumo de alcohol varían. Algunos afirman que durante años la aplicación de la ley y la persecución estatal fueron eficaces y consiguieron que se tomara el 50% menos que antes. Otros aseguran que sólo bajó un 20%. Es decir que gran parte de la actividad se mantuvo pero a través de nuevos canales y jugadores. Se volvió en una enorme maquinaria clandestina.

Lo que eso generó fue un nuevo mapa, unos nuevos (des)equilibrios sociales.

 Carrie Nation, la Dama de la Templanza por antonomasia. Iba con un hacha y una biblia (y su gesto amargo) persiguiendo el alcohol y  asus consumidores. con el hacha solía romper saloons (Photo by American Stock/Getty Images)
Carrie Nation, la Dama de la Templanza por antonomasia. Iba con un hacha y una biblia (y su gesto amargo) persiguiendo el alcohol y asus consumidores. con el hacha solía romper saloons (Photo by American Stock/Getty Images)

A la par de la Prohibición (como se la conoció en Estados Unidos) creció la influencia de las mafias. Aprovecharon que el negocio era ilegal y que existía una demanda enorme para controlarlo y hacerlo su principal fuente de ingresos.

La consecuencia no fue sólo que pasaron a manejar fortunas. El botín era enorme y eso provocó que la codicia trajera muchas muertes. Las calles de las grandes ciudades comenzaron a alfombrarse de cadáveres. Cuentas pendientes e intentos por apropiarse de la plaza de otros provocaban matanzas frecuentes.

Había otra causal de numerosos decesos: la calidad del alcohol muchas veces era pésima y su salubridad nula, un espanto bromatológico. Así, en especial en los primeros años de la década del veinte, fueron muchos los que murieron intoxicados.

Las mafias además ampliaban negocios. Sabían que el alcohol no era un negocio eterno, que iba a legalizarse en algún momento. Así que extendieron su influencia a todos los ámbitos imaginables.

Al principio contrabandeaban de Canadá, por eso Chicago tomó tanta importancia. Pero de inmediato se dedicaron a fabricar alcohol, a distribuirlo y hasta a crear bares clandestinos, que todo el mundo terminó conociendo pero a los que se entraba con contraseña, a los que se conoció como Speakeasy. Cada arista del negocio (y de muchos otros) era manejada por la mafia.

Si la intención había sido moralizar a la sociedad, convertir a todos los habitantes en castos y virtuosos, la consecuencia más inmediata de la Ley Seca fue exactamente la contraria. Creó imperios de ilegalidad, fomentó el crimen, multiplicó gángsters, les dio un enorme poder a los delincuentes, prohijó un sistema de corrupción entre policías, autoridades y funcionarios y, por supuesto, afianzó a la Mafia como institución.

La Masacre de San Valentín ordenada por Al Capone marcó un punto de quiebre en la relación entre el mafioso y la sociedad (Peter Newark American Pictures)
La Masacre de San Valentín ordenada por Al Capone marcó un punto de quiebre en la relación entre el mafioso y la sociedad (Peter Newark American Pictures)

El economista Bruce Yandle elaboró una teoría que llamó “De la Elección Pública” o también conocida como Contrabandistas y Bautistas. Lo que, en grandes líneas, afirma es que las regulaciones fuertes, las prohibiciones, suelen ser apoyadas por una alianza inesperada entre extremos, entre moralistas magnánimos y cínicos, delincuentes, con ánimos de lucro, gente que jamás pensó en el altruismo como una posibilidad. Los que creen que algo es malo (y que debe ser prohibido a toda costa) se unen con aquellos que descubren que la restricción les permite lucrar y satisfacer un deseo, una demanda, una necesidad; en el medio ganan mucho dinero y poder.

Chicago, una gran metrópolis, cercana a la frontera, se convirtió en uno de los grandes epicentros del negocio clandestino del alcohol y de la mafia en general. Porque el contrabando además les daba la posibilidad de llegar a distintas regiones de Estados Unidos.

En Chicago ya con la Ley Seca vigente, luego de una pequeña tregua, se desató una feroz lucha de bandas que se robaban unas a otras los cargamentos ilegales. Cada etnia parecía tener una organización mafiosa que quería imponerse. Los judíos, los polacos, los italianos y los irlandeses querían su parte.

Johnny Torrio, el líder mafioso de los italianos, tenía un joven lugarteniente que se destacaba por su capacidad de trabajo y su falta de escrúpulos -condiciones indispensables para triunfar en la mafia-: Al Capone. En algún momento Torrio impulsó una tregua entre las bandas. Se asignaron territorios y se buscó un poco de paz.

El negocio era grande y había para todos. La banda del North Side, integrada por irlandeses, era su principal rival. El líder Dion O’Banion, como gesto de buena voluntad, le vendió su principal negocio, una cervecería enorme, a Tarrio en medio millón de dólares. Dos días después de la venta, la policía clausuró el lugar, decomisó todas las mercaderías y detuvo al mafioso italiano. O’ Banion, sin disparar un solo tiro, se había vengado de Tarrio.

Al Capone tomó el lugar de su jefe, mientras éste estuvo en la cárcel y dijo en público: Pobre O’Banion. Su cabeza se escapó de su sombrero”. Pocas semanas después, el irlandés era acribillado en las escalinatas de la Catedral de la ciudad cuando salía de misa.

A partir de ese momento la violencia se multiplicó. Los irlandeses fueron por la revancha y balearon a Tarrio, quien sobrevivió de milagro pero abandonó la ciudad para siempre y el negocio quedó en manos de Al Capone. Los ajustes de cuenta eran moneda corriente y se hacían a la luz del día. Los tiroteos se habían convertido en un espectáculo habitual en las esquinas céntricas de Chicago. En una visita a la ciudad, Lucky Luciano, el célebre mafioso de Nueva York, sentenció: “Chicago es una ciudad de locos. Nadie está seguro en la calle”. Algunos periodistas pedían al gobierno federal el envío de marines para dominar las calles.

Al Capone aprovechó la Ley Seca para hacer crecer su imperio mafioso. Fue el rey del crimen durante gran parte de la década del veinte y del treinta
Al Capone aprovechó la Ley Seca para hacer crecer su imperio mafioso. Fue el rey del crimen durante gran parte de la década del veinte y del treinta

Entre 1926 y 1929, alrededor de 200 mafiosos fueron asesinados en la vía pública. Los muertos se multiplicaban pero nadie iba preso. El jefe de policía de la ciudad llegó a declarar: “No deseo alentar el negocio pero si alguien tiene que morir es bueno que los gángsters se maten entre ellos”. En las pocas causas que llegaban a juicio, fiscales, jueces y jurados eran comprados. Se empezó a hablar de una epidemia que afectaba a los testigos de estos casos: la amnesia de Chicago. Puestos en el estrado para inculpar a algún gángster, los testigos olvidaban hasta las más nimias circunstancias.

Capone se defendía desde los medios: “Algunos lo llaman contrabando, otros crimen organizado. Es todo cuestión de puntos de vista. Yo lo llamo negocios. Dicen que violo la Ley Seca. ¿Quién no lo hace? Sólo vendo whisky y cerveza a las mejores personas. Abastezco una demanda muy popular. Nada más. Algunos de los principales jueces son mis principales clientes. Dicen que vivo en la ilegalidad. Pero nadie vive en la legalidad”.

Sus negocios eran mucho más vastos que la venta del alcohol para violar la Ley Seca. Si bien así consolidó su imperio, también se ocupaba de los demás rubros con los que los mafiosos recaudaban: juego clandestino, protección y prostitución. El ABC del crimen organizado. Capone era bueno para los negocios. Y podía prever algunas situaciones. Avisaba en cada entrevista que la Bolsa se caería, instaba a sus cercanos a vender las acciones. Y también sabía que la Ley Volstead tenía poca vida y comenzó a diversificar sus intereses e inversiones.

Al Capone se definía como un benefactor público que brindaba pequeños placeres a los habitantes de su ciudad: alcohol, juego, prostitutas. Y que, además, suplía deficiencias del estado a través de grandilocuentes gestos de solidaridad: ollas públicas, regalos navideños y otras donaciones con las que se pretendía ganar el cariño de la gente.

Le gustaban los medios, la fama y aparecía en los diarios cada vez que podía. Una conducta no demasiado aconsejable para alguien que vive en la ilegalidad. Esa vanidad fue una de las causales de su caída. La Masacre de San Valentín, el 14 de febrero de 1929, fue el punto de quiebre. Las fotos de ese festival de muerte y sangre en las portadas de los diarios y la convicción de toda la sociedad de quien había sido el autor intelectual, sepultó la imagen del hampón grandilocuente.

Después del crack del ‘29 y de la crisis social, tanto los ciudadanos como los políticos se convencieron de que la prohibición debía terminar. Roosevelt prometió la abolición de la Ley Volstead en su campaña presidencial del ‘32. El 5 de diciembre de 1933, el nuevo presidente cumplió con la ratificación de la Enmienda XXI que derogó la Ley Seca. La Enmienda XXVIII tiene el honor de ser la única enmienda en ser derogada en la historia constitucional de Estados Unidos. La Ley Seca después de casi 14 años había llegado a su fin.