Mitre y Sarmiento: el exilio los unió, y el poder los separó. Al final de sus vidas, la amistad pudo más, y se reencontraron
Mitre y Sarmiento: el exilio los unió, y el poder los separó. Al final de sus vidas, la amistad pudo más, y se reencontraron

Sarmiento y Mitre fueron como hermanos. Se conocieron una tarde de exilio de 1846 en Montevideo. Desde entonces no dejaron de discutir sobre política y literatura. Hacía tiempo que las puertas de Argentina estaban cerradas para ambos: Rosas gobernaba con despotismo. A la sombra de aquella tiranía, este par de expatriados forjaron una amistad sólida y duradera.

Se alistaron a las órdenes del general Urquiza y en 1852 vieron caer al Restaurador en Caseros. Pocos años más tarde, Mitre se hizo cargo de la Presidencia. Para entonces los familiares de ambos habían entablado fuertes lazos. Sus respectivos hijos, Dominguito y Bartolito, eran íntimos al punto de vivir uno en casa del otro por temporadas.

En noviembre de 1863, el asesinato del caudillo Chacho Peñaloza -acompañado por un festejo desmedido firmado por Sarmiento- trajo inconvenientes al presidente. Esto comenzó a enfriar la relación entre ambos. El "cuyano alborotador" fue apartado del gobierno de San Juan y enviado a Estados Unidos, donde se desempeñó como cónsul.

Tiempo más tarde, el maestro del aula regresó convertido en el nuevo primer mandatario. Contrarió los deseos de don Bartolo que deseaba imponer a su Canciller. El porteño enfureció y a partir de entonces las distancias fueron insalvables. Se convirtieron en enemigos feroces. Mitre fue el opositor más temible de Sarmiento, hostigándolo desde las páginas de su diario.

Debieron pasar más de veinte años para asentar tanto rencor. En 1887 coincidieron nuevamente. "Mitre ha vuelto a visitarme", escribió un anciano y sorprendido Sarmiento a su amigo José Posse. A la sombra de sus existencias el afecto pudo más.

Dos años más tarde, la muerte del sanjuanino los separó para siempre.

Roca y Pellegrini: el poder real, dos amigos, dos presidentes de la Argentina
Roca y Pellegrini: el poder real, dos amigos, dos presidentes de la Argentina

Roca y Pellegrini

Casi llegando al 900, el país estaba en nuevas manos. Carlos Pellegrini y Julio Argentino Roca formaron una alianza intrínseca que les permitió manejar la política nacional y jurar como presidentes.

En 1888, Miguel Juárez Celman alcanzó la Casa Rosada por su parentesco con Roca, eran concuñados. Pellegrini ejerció entonces como vice. Para sorpresa de ambos, el flamante mandatario buscó hacerse del poder en soledad. Ambos lo anularon inmediatamente. No les costó demasiado: Juarez Celman hundió la economía. Dos años después de asumir, su gobierno era insostenible, se vio forzado a dimitir y la Presidencia pasó a Pellegrini.

Don Carlos profesó gran lealtad a su par tucumano. Pero no fue correspondido. Hacia fines de 1898, comenzó el segundo mandato de Roca. El general encargó a Pellegrini un proyecto para reorganizar la deuda externa. La sociedad rechazó la solución propuesta por Carlos. Llegaron a apedrear los domicilios de ambos y hubo concentraciones permanentes en Plaza de Mayo.

Ante tanta presión Julio A. retiró el proyecto del Congreso donde esperaba para ser aprobado. No avisó a Pellegrini. Esto los distanció para siempre. Curiosamente, años atrás Roca creyó que Avellaneda lo traicionaría del

Perón-Balbín

En el siglo XX, hallamos a dos enemigos que hacia el final de sus vidas se acercaron. La relación entre Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín fue tirante desde un comienzo: el radical fue encarcelado durante las presidencias del peronista. Distancia que se tornó más amplia con los años.
Desde el exilio Perón no hizo más que alimentar la rivalidad entre ambos. En 1958 mandó a los justicialistas a votar por Arturo Frondizi, líder de una corriente radical contraria a Balbín.

Fue en 1970 cuando esta historia comenzó a cambiar: decidieron unirse para combatir a la dictadura y fortalecer la transición democrática.

Hacia 1972, tras 17 años de proscripción, el máximo líder justicialista retornó al país. Ambos sellaron su unión con un abrazo simbólico. Desde entonces forjaron una verdadera amistad.  Joseph Page, uno de los grandes biógrafos del General, se dedicó a analizarlos y escribió: "Tal vez, debido a que su desconfianza en quienes lo rodeaban se iba acentuando, el conductor, en adelante, iba a recurrir mucho más frecuentemente a Balbín en busca de consejo y un hombro amigo sobre el cual apoyarse". 

Perón falleció dos años más tarde. Para entonces ya eran íntimos y a un viejo adversario le tocó despedir a un amigo.

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