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Fray Augusto Ramírez Monasterio se convierte en el primer beato de Guatemala

La eucaristía celebrada en Santa Lucía Milpas Altas reunió a más de 15.000 personas y coincidió con el 43 aniversario del asesinato del franciscano en 1983, presidida por el delegado mexicano José Francisco Robles Ortega

Una ceremonia religiosa al aire libre presenta la imagen de un beato de la orden franciscana en un estandarte de gran formato montado sobre una estructura metálica. El montaje incluye un cortinaje rojo, una escultura religiosa procesional y la presencia de camarógrafos documentando el desarrollo del acto litúrgico. Crédito Radio Maria

La Iglesia católica proclamó beato este sábado 7 de noviembre a fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio, sacerdote franciscano asesinado en 1983 tras proteger el secreto de confesión, durante una ceremonia en la Finca Municipal Florencia, en Santa Lucía Milpas Altas, Sacatepéquez. La celebración coincidió con los 43 años de su muerte y convirtió al religioso en el primer sacerdote guatemalteco elevado a los altares.

La causa había comenzado tres décadas antes, cuando la Conferencia Episcopal de Guatemala presentó por primera vez el nombre de Ramírez Monasterio ante el papa Juan Pablo II en 1996. La solicitud fue reiterada durante la segunda visita papal al país, en 2000.

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Más de 15.000 fieles de distintos puntos de Guatemala asistieron a la eucaristía, presidida por el cardenal mexicano José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara y delegado del papa León XIV. También participaron el arzobispo metropolitano de Santiago de Guatemala, Gonzalo de Villa y Vásquez, 27 obispos, dos cardenales, el nuncio apostólico y unos 300 sacerdotes.

Robles Ortega, de 77 años, fue designado representante pontificio el 4 de octubre y encabezó su primera misión de este tipo. La ceremonia comenzó a las 10:00 en la finca municipal.

Fray Augusto Ramírez Monasterio se convirtió en el primer sacerdote de Guatemala proclamado beato por la Iglesia católica. (Vicaría Episcopal de Sacatepéquez)

El reconocimiento del martirio sin un milagro acreditado

El Vaticano formalizó el reconocimiento del martirio el 22 de enero de 2026, después de una audiencia de León XIV con el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos. Esa condición permitió continuar el proceso sin acreditar un milagro, que suele ser un requisito para las causas que no corresponden a mártires.

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El vicepostulador de la causa, fray Edwin Alvarado, leyó el decreto pontificio firmado en Roma el 14 de septiembre, fecha de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. El documento definió al franciscano como “presbítero, profeso de la Orden de Frailes Menores y mártir, valiente defensor de los más desfavorecidos y firme defensor de la dignidad humana, promotor de la luz del Evangelio y ministro de la reconciliación sacramental”.

Tras la lectura del texto, Alvarado anunció: “Fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio ha sido inscrito en el número de los beatos”. Luego se develó la imagen oficial destinada a la veneración del nuevo beato.

Fray Augusto Ramírez Monasterio se convirtió en el primer sacerdote de Guatemala proclamado beato por la Iglesia católica. (Vicaría Episcopal de Sacatepéquez)

El secreto de confesión y las torturas antes del asesinato

El cardenal Robles Ortega situó la defensa del secreto de confesión en el centro de su homilía. “Se llegó el día en el que la Iglesia se pronuncia y lo eleva a los altares por su defensa heroica del secreto de confesión”, afirmó ante los asistentes.

La imagen oficial muestra las manos de Ramírez Monasterio cubiertas por las mangas de su hábito. El prelado explicó que el religioso había sido secuestrado y torturado días antes de su muerte: sus captores lo colgaron del techo con esposas de hierro, lo que dejó sus manos moradas y quemadas, y el sacerdote decidió ocultarlas cuando le solicitaron una fotografía.

El pretexto para el crimen surgió en junio de 1983, cuando el franciscano confesó a un campesino vinculado con la guerrilla. A partir de aquel episodio fue acusado de simpatizar con los sublevados, aunque Robles Ortega sostuvo que “siempre había permanecido ajeno a la política”.

El 7 de noviembre de 1983, Ramírez Monasterio fue secuestrado por segunda vez y asesinado a tiros en las afueras de la ciudad de Guatemala. Las autoridades de entonces presentaron el homicidio como un supuesto intento de fuga del vehículo que lo trasladaba.

Fray Augusto Ramírez Monasterio se convirtió en el primer sacerdote de Guatemala proclamado beato por la Iglesia católica. (Vicaría Episcopal de Sacatepéquez)

Los compromisos planteados para el clero actual

La homilía definió al confesionario como un “sagrario de la misericordia” y vinculó el martirio del nuevo beato con la inviolabilidad de la conciencia. Robles Ortega afirmó que el secreto de confesión “no es un simple privilegio eclesiástico ni una forma jurídica que pueda negociarse bajo amenazas o presiones políticas”.

El cardenal sostuvo que esa reserva nace de la santidad del sacramento, en el que el sacerdote actúa en nombre de Cristo. A partir de esa idea, propuso para los sacerdotes dos compromisos: la confidencialidad absoluta ante las conciencias de los fieles y la cercanía con el sufrimiento de los pueblos.

Guatemala fue definida por Robles Ortega como “una hermosa y dolorosa tierra de mártires”, cuyo suelo “ha sido regado generosamente con la sangre de hombres y mujeres” que antepusieron la fidelidad al Evangelio durante los años de violencia. El cardenal relacionó esa cercanía pastoral con la expresión del papa Francisco sobre sacerdotes “con olor a oveja”.

Al final de su intervención, Robles Ortega citó un fragmento de una homilía pronunciada por Ramírez Monasterio en 1982, uno de los pocos textos conservados del sacerdote. Ese pasaje será incorporado al oficio de lectura de la liturgia de las horas.

La ceremonia concluyó con la invocación: “Beato Augusto, ruega por nosotros y protégenos siempre”. Después del rito, la reliquia fue trasladada en una procesión a pie desde el puente del Matasano hasta el templo de San Francisco El Grande, en Antigua Guatemala, donde una pantalla gigante permitió seguir la transmisión.

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