Miles de fieles se congregan cada año en Esquipulas, el municipio oriental de Guatemala conocido como la “capital centroamericana de la fe”, para rendir homenaje al Cristo Negro.
La devoción hacia esta imagen ha trascendido siglos y fronteras, consolidando a Esquipulas como un punto de referencia religiosa para el sur de México, Honduras y El Salvador.
Las celebraciones en torno al Cristo Negro no solo movilizan multitudes, sino que también generan un movimiento económico regional significativo y perpetúan tradiciones arraigadas en la cultura mesoamericana.
Las festividades principales se concentran en la novena que inicia el 7 de enero y culmina este 15 de enero, con misas, serenatas y recorridos procesionales en la Basílica de Esquipulas, situada a 175 kilómetros de la ciudad capital.
Según el investigador y promotor turístico Pepe Guzmán Velásquez, más de 500 mil personas acuden al municipio durante esta época. El flujo de visitantes satura los 132 hoteles disponibles y beneficia también a los departamentos vecinos, dada la alta demanda de hospedaje y servicios gastronómicos en la zona.
El último tramo de la fiesta incluye la procesión del Cristo Negro, que recorre las calles sobre alfombras elaboradas minuciosamente por familias y comercios locales.
La culminación de los festejos está marcada por la iluminación de castillos y fuegos artificiales, tras lo cual los fieles expresan su agradecimiento por milagros recibidos o por peticiones concedidas.
Guzmán Velásquez destaca que “la fe en el Cristo Negro une a personas de diferentes orígenes y estratos sociales en un ambiente de esperanza y devoción”.
La travesía del Cristo Negro
La historia de esta imagen es fundamental para comprender la dimensión de la festividad. El Cristo Negro fue esculpido en 1594 por el portugués Quirio Cataño y entregado el 4 de octubre del mismo año.
Dificultades en los caminos y las numerosas solicitudes para que la imagen pernoctase en los pueblos por donde pasaba retrasaron su llegada a Esquipulas hasta marzo del año siguiente, según detalla Guzmán Velásquez.
Inicialmente, la escultura se alojó en la parroquia Santiago, que muy pronto se vio desbordada por el número de peregrinos.
El auge del culto motivó, en 1740, un encargo del obispo fray Pedro Pardo de Figueroa al arquitecto Felipe José de Porres para levantar un nuevo templo más amplio, capaz de acoger a los miles de visitantes.
Finalmente, el Cristo Negro fue trasladado a la Basílica el 6 de enero de 1759, avanzando entre altares y alfombras hasta llegar a su destino final el 18 de enero.
Una tradición regional
El impacto de esta tradición no se limita a Guatemala. La peregrinación se mantiene viva en el sur de México y se replica en comunidades de Honduras y El Salvador, prueba del arraigo y la transmisión generacional de la fe hacia el Señor de Esquipulas.
“La peregrinación ha sido heredada de los abuelos, el Señor de Esquipulas es visitado por personas del sur de México, Guatemala, Honduras y El Salvador”, precisa Guzmán Velásquez.
El calendario devocional de Esquipulas suma además actos multitudinarios como la Caravana del Zorro, considerada la mayor peregrinación de motoristas del mundo, que desemboca en la Basílica cada febrero.
Decenas de miles de participantes, algunos ataviados con disfraces y cascos ornamentados, completan juntos el trayecto con un objetivo común: venerar la imagen y realizar plegarias.
La permanencia de estas manifestaciones religiosas, la magnitud de las romerías y el entrecruce de creencias convierten a Esquipulas en uno de los destinos espirituales más visitados de la región, donde el Cristo Negro sigue bendiciendo a quienes acuden movidos por la fe y el anhelo de milagros.