La posibilidad de vivir 120, 150 o incluso 200 años podría parecer una fantasía igualmente atractiva —o inquietante— para hombres y mujeres. Sin embargo, cuando se pregunta qué estaríamos dispuestos a hacer para prolongar la vida, las respuestas empiezan a separarse según el género.
Una encuesta nacional sobre longevidad, rejuvenecimiento e inteligencia artificial, realizada por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA, sobre 1.851 casos, muestra una brecha de género persistente: los varones aparecen considerablemente más abiertos que las mujeres a extender la vida, rejuvenecer el cuerpo y utilizar tecnologías que desafíen algunos de los límites biológicos actuales.
PUBLICIDAD
La diferencia queda resumida en el Índice de Apertura a la Longevidad, construido por el estudio para reunir distintas actitudes frente al rejuvenecimiento, la extensión de la vida y la posibilidad de vivir indefinidamente. Sobre una escala de 0 a 100, los varones alcanzan 48,8 puntos y las mujeres 39,3. Casi diez puntos de distancia.
La pregunta más interesante no es solamente cuánto más quieren vivir unos y otras, sino de qué manera consideran la prolongación de la propia existencia.
Una primera diferencia aparece cuando se pregunta hasta qué edad les gustaría vivir. El promedio general es de 88,6 años. Pero los hombres eligen 90,6 años y las mujeres, 86,8. Casi cuatro años de diferencia.
PUBLICIDAD
La distancia se agranda cuando la ciencia entra en escena.
Ante la posibilidad hipotética de un tratamiento seguro capaz de devolver o conservar la condición física de los 30 años, el 56% de los varones responde que lo aceptaría, frente al 48% de las mujeres. Curiosamente, el rechazo absoluto es idéntico —13%—: la diferencia aparece sobre todo en qué condiciones se dice que sí.
Cuando se acepta dicho rejuvenecimiento, los hombres parecen también más decididos a sostenerlo. Entre quienes considerarían realizar el tratamiento, el 36% de los varones afirma que lo repetiría “todas las veces que hiciera falta”, frente al 23% de las mujeres.
PUBLICIDAD
No parece tratarse, sin embargo, de una obsesión por la apariencia. Cuando se pregunta qué se querría conservar joven, tanto hombres como mujeres colocan en primer lugar la mente y la capacidad física, mientras que la apariencia ocupa un lugar muy secundario. En el conjunto de la muestra, apenas el 9% la menciona. La juventud deseada parece ser fundamentalmente funcional: memoria, lucidez, movilidad y energía.
La brecha se vuelve mucho mayor cuando la pregunta deja de ser rejuvenecer y pasa a ser no envejecer nunca.
Ante una terapia completamente segura que detuviera el envejecimiento y permitiera vivir indefinidamente, el 35% de los varones la aceptaría mientras que, entre las mujeres, solo el 18%. Con una distancia casi duplicada.
PUBLICIDAD
Cuando la pregunta lleva a imaginar un futuro en el que las personas puedan vivir 150 años o más, el 47% de los varones expresa una valoración positiva y el 23% una negativa. Entre ellas sucede casi lo contrario: solo el 27% de las mujeres se ubica en el sector positivo y el 35% en el negativo.
Tal vez uno de los datos más reveladores aparezca cuando el costo de la longevidad deja de ser biológico y pasa a ser social. ¿Aceptaría vivir 200 años si eso implicara trabajar hasta los 150? Solo el 26% de la población acepta semejante propuesta. Pero nuevamente la diferencia por género es enorme: responde afirmativamente el 35% de los varones y apenas el 17% de las mujeres.
Es difícil no leer este dato a la luz de las distintas experiencias que hombres y mujeres han tenido históricamente con el trabajo, el cuidado y el envejecimiento. Pero la encuesta por sí sola no permite establecer esa explicación. Lo que sí puede afirmarse es que la promesa de más años pierde mucho más atractivo entre las mujeres cuando esos años implican prolongar también las obligaciones.
PUBLICIDAD
La inteligencia artificial reproduce el mismo patrón.
Cuando se pregunta cuánto podría contribuir la IA al descubrimiento de tratamientos contra el envejecimiento, los hombres le asignan en promedio 6,7 puntos sobre 10; las mujeres, 5,9.
La diferencia resulta todavía más sorprendente ante la llamada “inmortalidad digital”: permitir que una inteligencia artificial conserve nuestros recuerdos y nuestra manera de pensar para que nuestros seres queridos puedan seguir conversando con nosotros después de nuestra muerte.
PUBLICIDAD
La propuesta es rechazada por la mayoría, pero mucho más entre las mujeres: 67% frente a 57% de los hombres. Si se suman el “sí” y el “tal vez”, la apertura masculina llega al 43% y la femenina al 33%. Los varones parecen, entonces, más dispuestos no solo a prolongar el cuerpo, sino incluso a experimentar con formas tecnológicas de continuidad del yo.
Hay otra diferencia menos espectacular pero quizás más sugerente. Cuando se pregunta si la mejor etapa de la vida ya pasó, se está viviendo o todavía está por venir, las mujeres muestran una mayor inclinación a elegir el presente: el 47% dice estar viviendo ahora su mejor etapa, frente al 38% de los varones. Ellos, en cambio, proyectan más esa satisfacción hacia adelante: el 26% cree que su mejor etapa todavía está por venir, contra el 17% de las mujeres.
Quizás allí aparezca una clave posible para leer todo el conjunto. La apertura masculina a la longevidad podría estar vinculada no solamente con el deseo de conservar la vida, sino con una mayor orientación hacia lo que todavía falta: más años, más futuro, más posibilidades.
PUBLICIDAD
La posición femenina que surge de la encuesta parece algo distinta: mayor valoración del presente y mayor cautela ante la promesa de que más tiempo sea necesariamente mejor tiempo.
Sería un error convertir estas diferencias en supuestas características esenciales de hombres y mujeres. Las características de esta encuesta no permiten explicar causas, pero si describir asociaciones, y los números permiten un planteo interesante:
Las mujeres viven, en promedio, más años que los hombres. Sin embargo, en esta encuesta son los hombres quienes expresan mayor deseo de agregar años, rejuvenecer, detener el envejecimiento e incluso extender tecnológicamente alguna forma de existencia después de la muerte. Quizás la verdadera diferencia no esté simplemente entre querer o no vivir más tiempo. Podría estar entre dos maneras de imaginar el futuro: una más dispuesta a expandirlo y otra más preocupada por las condiciones bajo las cuales vale la pena hacerlo.
PUBLICIDAD