May y Fernando —él, surfer— construyeron hace poco una casa en Chapadmalal. Cada año pasan allí temporadas más largas. La idea es que, dentro de algunos años —hoy tienen 56 y 59—, puedan instalarse definitivamente.
“Tiene buenas olas, es tranquilo y agreste, pero, además, queda al lado de Mar del Plata. Así que durante todo el año hay cine, cafecitos, librerías y, sobre todo, acceso a buenos servicios de salud. Cuando pensamos cómo y dónde envejecer, la infraestructura sanitaria fue clave para decidir”.
Cuando empezaron a hablar de la mudanza, lo tomé como una fantasía escapista. De esas que aparecen cuando el estrés nos lleva puestos y soñamos con mandar todo al diablo. Pero la idea quedó ahí. Creció. Tomó forma. Se convirtió en proyecto.
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May y Fernando eligieron dónde envejecer como quien elige —si puede— un colegio para sus hijos o una prepaga. Con investigación. Con comparación. Con ilusión, sí. Pero también con bastante raciocinio.
Sin saberlo, se hicieron la misma pregunta que algunos gobiernos ya están intentando responder, con millones de dólares de por medio. Porque, en distintas etapas de la vida, elegimos una ciudad por trabajo, por amor, por estudio o, simplemente, porque allí nacimos. Pero algunos territorios ya entendieron que una ciudad también puede elegirse —y diseñarse— por otra razón: por cómo se envejece ahí.
El lugar donde envejecemos no es solamente un escenario: también puede ser una decisión de diseño.
A esas regiones se las empezó a llamar longevity hubs. En español, algo así como polos, nodos o ecosistemas de longevidad.
Un hub no es una ciudad llena de jubilados
Aclaremos primero qué no es. Un longevity hub no es una ciudad con muchas personas mayores. Tampoco es un country con pileta climatizada ni un barrio cerrado lleno de edificios de senior living para mayores de 65 años.
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El término fue desarrollado por investigadores del MIT AgeLab —el laboratorio multidisciplinario del Instituto Tecnológico de Massachusetts que conecta academia, gobierno y mercado alrededor del envejecimiento— para nombrar algo más ambicioso: una región donde se concentra una actividad económica e innovadora extraordinaria, orientada a las sociedades que envejecen.
Universidades. Empresas. Inversores. Diseñadores. Gobiernos. A veces coordinados. A veces sin saber que están jugando el mismo partido. La idea es convertir el envejecimiento poblacional en un motor de innovación, empleo, inversión y desarrollo escalable.
Que vivimos más años y nacen menos bebés ya lo sabemos. Que debemos rediseñar la salud, la educación, las jubilaciones, los cuidados, el transporte y las ciudades, también. Pasar del modo reactivo y alarmista —el envejecimiento poblacional narrado bajo una lente de declive y carga sistémica— a un modo proactivo y prospectivo, en el que el envejecimiento no sea un desafío por mitigar, sino una fuerza económica, me resulta un plan más interesante y próspero.
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¡Qué poderosa y prometedora resulta la idea de pensar la transición demográfica como motor de innovación y desarrollo, fuente de empleo, movimiento económico y bienestar en todas las etapas de la vida! Generar respuestas frente a la transición demográfica representa una estrategia más próspera que intentar sostener una estructura que ya no responde a la realidad actual.
El MIT AgeLab plantea que el envejecimiento global puede generar una “triple ganancia” —win-win-win—: las personas acceden a vidas más largas, con mayor autonomía y propósito; las economías ganan resiliencia al integrar su experiencia, talento y capacidad de consumo; y las empresas y las regiones desarrollan nuevos mercados mediante innovaciones locales que luego pueden escalar.
Pero, para que eso ocurra, no alcanzan las políticas aisladas. Hace falta un ecosistema. Hace falta un hub.
Gobierno, empresas, inversión, universidades y comunidad trabajando sobre una agenda compartida. Porque una institución sola puede impulsar un proyecto, pero no mueve el tablero.Y esto no es solamente una idea atractiva dentro de un artículo académico. Ya está ocurriendo.
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Dubái creó por ley una autoridad gubernamental dedicada a la longevidad. Louisville, en Estados Unidos, se presenta desde hace años como “la capital del cuidado del envejecimiento”, por la concentración de compañías de salud, tecnología y economía del cuidado. San Pablo reúne cientos de iniciativas surgidas, curiosamente, sin que el Estado haya liderado el proceso.
De las torres del Golfo a las veredas paulistas
No todos los longevity hubs nacen de la misma manera. Algunos se proyectan desde arriba, con leyes, inversión y una hoja de ruta diseñada en oficinas de gobierno. Otros aparecen desde abajo, cuando la realidad demográfica golpea la puerta y una universidad, una startup o una organización barrial decide reaccionar.
Son los dos extremos del espectro: top-down —de arriba hacia abajo— y grassroots —desde las bases—. Suena técnico. No lo es tanto. Uno diseña primero la estructura y después la llena de soluciones. El otro acumula soluciones y, recién entonces, descubre que, juntas, pueden formar una estructura. Uno ordena. El otro irrumpe.
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Dubái eligió la primera vía. Allí, la longevidad forma parte de una política de diversificación económica, atracción de talento, innovación y posicionamiento internacional. Este año se creó la Dubai Longevity Authority, una autoridad pública destinada a coordinar investigación, biotecnología, ensayos clínicos, servicios médicos e inversión, con una ambición poco disimulada: convertir la ciudad en un polo global de longevidad avanzada. Estado. Estrategia. Y un músculo económico difícil de igualar.
En San Pablo ocurrió casi lo contrario. Sin una autoridad central ni presupuestos soberanos, cientos de emprendedores, universidades, organizaciones sociales y comunidades comenzaron a construir respuestas para los cuidados, la inclusión financiera, el empleo y la vida urbana. No porque alguien hubiera redactado el gran plan, sino porque la necesidad ya estaba en la vereda.
Dubái decidió fabricar el futuro. San Pablo respondió para que el presente no se volviera invivible. Ninguno es el modelo perfecto. El primero puede producir tecnología deslumbrante, pero elitista, con impacto para pocos y alejada de la vida cotidiana. El segundo puede generar innovación genuina, aunque frágil, fragmentada y sostenida a pulmón.
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Argentina no tiene los recursos de los Emiratos. No hace falta aclararlo. Pero tampoco parte de cero. Tenemos universidades, ciencia, profesionales, emprendimientos, organizaciones sociales y una enorme capacidad para inventar respuestas cuando las estructuras llegan tarde. Lo que nos falta no son ideas. Nos falta tejido conectivo.
Unir lo que ya existe. Darle escala. Evitar que cada iniciativa vuelva a arrancar desde el casillero uno. Transformar proyectos dispersos en un nodo. Un ecosistema. Un hub.
Porque ningún longevity hub nace de la nada. Siempre hay algo que ya late en el territorio: un sistema de salud potente, una universidad que convoca, una industria tecnológica, una tradición de cuidados, un ecosistema turístico o una ciudad que sabe diseñar y prestar servicios.
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Tener piezas sueltas no alcanza
Puede haber hospitales, startups, investigadores y programas públicos funcionando al mismo tiempo y, aun así, no existir un hub. Lo que convierte las piezas sueltas en un ecosistema es la articulación: conocimiento que circula, proyectos compartidos, financiamiento, talento, capacidad para probar soluciones y una narrativa que explique hacia dónde quiere ir la región.
Y hay otra clave: empezar por algo concreto. La longevidad es demasiado amplia para intentar abarcarla toda de una vez. Algunos territorios entran por los cuidados. Otros, por la vivienda, la salud, las finanzas o la tecnología. La estrategia no consiste en inventar una identidad nueva. Consiste en mirar lo que una ciudad ya sabe hacer y preguntarse: ¿cómo puede ayudarnos a vivir más y mejor?
¿El longevity hub argentino? Mar del Plata tiene con qué
Mar del Plata no tiene que inventar un longevity hub. Tiene que reconocer que muchas de sus piezas ya existen. Están la demografía, la salud, la rehabilitación, el turismo silver, el conocimiento, la tecnología y hasta el congreso anual de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría, que se realiza cada agosto. También está la posibilidad de convertir la ciudad en un laboratorio real.
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El desafío es articular esas capacidades para que dejen de funcionar como iniciativas aisladas y comiencen a generar innovación, desarrollo económico y mejores maneras de vivir más años. La Universidad Atlántida está catalizando ese encuentro entre conocimiento, territorio e inversión. Desde hace más de un año impulsa el proyecto Mar del Plata Longevity Hub, que releva cómo vive, cuida, trabaja y proyecta su futuro la población local mayor de 50 años, para sumar textura a los datos del Censo, las encuestas de hogares y los estudios sobre el uso del tiempo.
“La academia tiene un rol irremplazable en este proceso: generar conocimiento, pero también convocar, conectar y acelerar proyectos. La transición demográfica no es solo un desafío sanitario y social; es una oportunidad para impulsar innovación, desarrollo económico y nuevas formas de bienestar. Mar del Plata reúne condiciones excepcionales para convertirse en un laboratorio vivo donde las soluciones puedan diseñarse, probarse y luego escalarse a otras ciudades”, explica Jorgelina Ricchezza, directora de la iniciativa.
El lanzamiento reúne por primera vez a sanatorios, universidades, empresas, emprendedores, estudiantes, organizaciones e instituciones públicas para mapear las fortalezas, capacidades y oportunidades de la ciudad frente a la transición demográfica.
En ese marco, la Universidad Atlántida también colabora con Parsons School of Design, una prestigiosa escuela de diseño de Nueva York. La alianza permitió proyectar internacionalmente el Mar del Plata Longevity Hub, desarrollar propuestas junto a estudiantes y docentes y consolidar vínculos orientados a posicionar la ciudad como referente en innovación para la longevidad.
“Cuando logramos conectar pares improbables, las conversaciones se transforman en soluciones, inversiones y nuevas oportunidades. Mar del Plata tiene todas las condiciones para convertirse en ese punto de encuentro”, señala Verónica Uman, cofundadora de Latamadvise, organización que crea plataformas para impulsar la innovación en América Latina.
Como antecedente, Uman menciona la aceleración internacional de Smart Longevity, desarrollada recientemente en México, en el Distrito Tlalpan del Tecnológico de Monterrey, universidad mexicana líder regional en tecnología e innovación. La iniciativa se llevó adelante junto con Draper, referente global en innovación, emprendimiento e inversión tecnológica, y reunió a startups, inversores, corporaciones, universidades y representantes del sector público de América Latina, Estados Unidos, España e Israel.
Mar del Plata tiene los activos, la experiencia y la oportunidad. Ahora empieza a ponerlos en movimiento como sistema. Porque un hub no se declara. Se activa. Y eso ya empezó a suceder.
La pregunta que May y Fernando ya se hicieron
Volvamos a Chapadmalal. Ellos no leyeron ningún paper del MIT ni piensan demasiado en la economía de la longevidad. Pero intuyeron algo que estos hubs empiezan a demostrar: el lugar donde envejecemos no es un detalle. Es, cada vez más, una decisión de diseño.
Cuando se trata de cómo vamos a vivir nuestros próximos años, el código postal puede importar más que el código genético. Durante años nos dijeron que la longevidad dependía, sobre todo, de decisiones individuales: alimentación, ejercicio, prevención, vínculos, descanso. La responsabilidad estaba puesta sobre la persona. Pero el entorno también decide. No es lo mismo envejecer en una ciudad que invierte en salud preventiva, transporte accesible y comunidad que hacerlo en una que jamás se hizo esas preguntas. No es lo mismo vivir cerca de servicios, espacios verdes y vínculos que quedar aislados de todos ellos.
El territorio habilita o limita. Potencia o disminuye.
Pocas veces nos preguntamos, con la misma seriedad con la que May y Fernando compararon Almagro con Mar del Plata, si el lugar donde pasaremos nuestras próximas décadas está pensado para que esos años sean buenos.
Tal vez no haga falta mudarse. Tal vez alcance con mirar nuestra propia ciudad y hacernos esa pregunta incómoda que seguimos postergando: si tuviera que envejecer exactamente acá, tal como está hoy, ¿elegiría quedarme?
La pregunta no es para dentro de treinta años. Es para ahora. ¿Estamos viviendo en el lugar donde también queremos envejecer? Y, si no, ¿qué debería cambiar para que podamos elegirlo? ¿Quién tiene el poder para hacerlo? Como primer paso, cada uno de nosotros, como persona envejeciente, ya está impactando ese futuro al pensar en esto, conversar sobre el tema con su entorno y animarse a imaginarlo.