Con más de 100 años, longevidad y vida activa siguieron marcando la vida de William Frankland, alergólogo británico que en la vejez avanzada aún leía revistas científicas, escribía artículos y atendía consultas ocasionales. En una entrevista con CNN cuando tenía 106 años y medio, atribuyó esa larga vida sobre todo a la suerte, mientras que el sitio del Imperial College London recogió que también hablaba de sus “ángeles guardianes”.
Según Frankland, las claves de su longevidad saludable fueron la suerte, hábitos moderados, algo de ejercicio, actividad mental constante y energía en los planos social, psicológico y emocional. CNN e Imperial coinciden en que el propio médico rechazaba fórmulas complejas y vinculaba su vejez lúcida a una vida sensata y a seguir implicado en lo que hacía.
Frankland respondía con sencillez cuando le preguntaban por su larga vida. “Las personas suelen decir: ‘¿Cómo es que has vivido tanto?’. Y yo respondo: ‘Eso es solo suerte, nada más’”, dijo a CNN.
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En la nota que Imperial publicó por su cumpleaños 108 el 19 de marzo de 2020, ofreció una explicación parecida. “Me gusta pensar que la razón por la que he vivido tanto es que tengo ‘ángeles guardianes’”.
A esa idea sumó pautas concretas en declaraciones recogidas por CNN. Atribuía su estado a una vida sensata, sin tabaco, sin excesos en la comida, con algo de ejercicio y con energía sostenida en todos los ámbitos de la vida: social, laboral y emocional.
Una vejez activa sostenida por la curiosidad y la disciplina
La actividad de Frankland en la vejez no fue simbólica. CNN señaló que a los 106 años y medio todavía atendía consultas de pacientes de forma ocasional y colaboraba con artículos para publicaciones académicas.
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En efecto, Frankland continuó trabajando durante varios años después de cumplir 100 y siguió aportando textos a revistas académicas tras su retiro oficial. Según Imperial colaboró en cuatro artículos académicos entre los 100 y 105 años.
El propio médico explicó cómo sostenía esa rutina intelectual. “Cuando envejeces, [hay] algunas cosas que ya no puedes hacer... Pero sí mantengo mi cerebro en funcionamiento todo el tiempo”.
En esa misma entrevista, detalló que leía muchas revistas científicas y publicaciones periódicas, incluido el British Medical Journal. También dijo a CNN que a los 106 años tenía casi terminado un nuevo artículo.
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Su actividad no terminó ahí ya que a los 100 años fue autor del trabajo 100 años de inmunoterapia con alérgenos.
Resiliencia ante la guerra, la enfermedad y los recuerdos difíciles
La resistencia que exhibió en la vejez también se apoyó en una vida marcada por episodios extremos. Frankland nació en 1912, atravesó la Segunda Guerra Mundial como prisionero de guerra durante más de tres años tras su destino militar en Singapur.
Los japoneses lo capturaron en 1942 y en esas circunstancias se vio obligado a prestar asistencia médica a tropas japonesas; él creía que ese trabajo le salvó la vida.
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Otro episodio límite fue una reacción anafiláctica que sufrió al experimentar consigo mismo. En CNN, Frankland recordó: “Me causé una anafilaxia aguda con un insecto”.
Su memoria también alcanzaba a la pandemia de gripe española. En la entrevista de Imperial por su cumpleaños 108, recordó la muerte de un tío en 1919 apenas cuatro días después de contraer el virus.
Ante ese pasado, Frankland optaba por una disciplina emocional concreta: prefería tragarse los recuerdos negativos y el miedo para centrarse en la felicidad.
El propósito como motor de una longevidad activa
El trabajo fue una de las formas más visibles de ese propósito sostenido. Tras la guerra regresó a Gran Bretaña y estudió con Alexander Fleming en el Hospital St. Mary’s de Londres.
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Después construyó una carrera larga en alergología, área en la cual hizo significativas aportaciones en el estudio y alivio de las rinitis alérgicas. Desarrolló un sistema de conteo de polen para determinar qué desencadenaba sus reacciones alérgicas. Tras retirarse de St. Mary’s a los 65 años, asumió un papel de consultoría no remunerado en el Hospital Guy durante otros 20 años.
Después siguió asistiendo a conferencias y publicando artículos, lo que prolongó su participación en la vida académica. Además seguía al día en el campo del que fue pionero y pendiente de las últimas investigaciones.
En 2018 trabajaba en un artículo sobre el descubrimiento de la penicilina a partir del tiempo que compartió con Alexander Fleming.
Lamentablemente esta vida tan activa y de significativas aportaciones a la ciencia médica fue cegada por el Covid el 2 de abril de 2020.
Superar, incluso olvidar, los momentos negativos y traumáticos, no reconcomerse con los problemas, sino seguir adelante; tener una misión y propósito en la vida, ser útil a los demás y, en el caso de Frankland, a la humanidad. Estos son elementos clave de una vida sana. Pero este científico, con humildad, reconocía que también existe un factor que no puede controlarse ni explicarse. Él lo llamaba ángeles, pero puede llamarse genética, suerte, destino o Dios.
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