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Tras 40 campañas antárticas como técnico científico, el nuevo viaje a Roma de Carlos Bellisio luego de su retiro

A sus 68 años, la adaptación es desafío y oportunidad. Entre ejercicios de memoria, risas compartidas y fideos de sémola, un hombre vive su segunda juventud

Carlos Bellisio, con más de 40 expediciones a la Antártida, enfrenta su mayor desafío: aprender italiano en Roma junto a estudiantes adultos.

A las nueve de la mañana, en un aula de Via del Teatro Valle, a pocas cuadras del Panteón de Roma, un hombre de 68 años, con barba blanca, anteojos y más de 40 expediciones realizadas a la Antártida, levanta la mano y pronuncia una frase en italiano frente al resto del grupo.

Che cosa prendi?

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Del otro lado del aula, otro estudiante responde:

Voglio una pizza.

El ejercicio parece simple. Dos sillas enfrentadas. Una mesa. Un diálogo cotidiano que emula un restaurante romano. Pero para Carlos Enrique Bellisio la escena tiene algo más profundo que una práctica de idiomas. Durante años evitó situaciones así. “Me daba mucha vergüenza”, dirá después. El profesor, Giorgio, camina entre los alumnos. La dinámica consiste en escuchar, memorizar y repetir. Giorgio se toca la frente con ambas manos y dice una sola palabra:

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Memoria.

La repite. “Memoria”. Bellisio sigue la secuencia completa del diálogo. La primera frase sale bien. Después llegan las dudas. Un verbo se le escapa. Una conjugación se mezcla con español. Algunos compañeros se ríen. Él también. Hasta que la frase sale completa. Lo más importante no es la perfección lingüística sino que esta vez no se siente fuera de lugar.

El miedo a equivocarse y la vergüenza de aprender idiomas fueron obstáculos superados por Carlos al integrarse a clases de italiano en Roma.

—¿Qué te trajo hasta Roma?

—Vivo en Saavedra, Núñez, en el piso dieciocho. Un día me cruzo con una mujer en el ascensor y me pregunta si fui a la Antártida. Le digo que sí y me cuenta que se llama Isabel, vive en el piso diecisiete y tiene un blog de viajes. Me pregunta si me puede hacer una nota. Nos fuimos a mitad de cuadra, a un bolichito, a tomar un café y ahí me hizo la nota. Después nos quedamos charlando y me contó que con su marido, que falleció hace un año, viajaron por todo el mundo. Viajaron mucho. Le digo que a mí me cuesta viajar porque tengo problemas con el idioma, no sé inglés y en todo el mundo se habla inglés.

—¿Cómo surgió la posibilidad de viajar y estudiar un idioma afuera?

—Me dice que va a ir a Malta y le deseo que disfrute. Me cuenta que va a estudiar allá, que estudian un idioma y viajan. Después me comenta que se va a Vancouver y le digo que soy malísimo en inglés. Me responde que en marzo hay otro viaje, pero a Roma, que el italiano es más fácil. Le digo que voy a pensarlo porque estudiar no es lo mío, siempre fui malísimo. Todo lo contrario a mi viejo, que era un genio.

La elección de estudiar italiano en Roma surgió tras el impulso de una vecina y las experiencias compartidas.

—¿Qué te llevó a decidirte por esta experiencia en Roma?

—Fuimos a una reunión de EF (Education First), eran todas mujeres menos dos hombres y yo. Uno de esos hombres era Pablo, que se iba a Vancouver. Empezaron a contar experiencias de viajes y pensé que la pasaban bárbaro. Me costó un montón ir a estudiar porque me da miedo que se rían de mí cuando pronuncio mal, siempre me pasó con el inglés.

Después fui a otra reunión de gente que viajaba a Nueva York y veía la alegría de los que ya habían viajado. Miré a Isabel y le dije: “dale, probemos”. Fui a una reunión de los que íbamos a Roma, éramos cinco o seis, y me encantó. Todos contaban sus experiencias en distintos lugares y todas eran buenas. Me decían que no tenía que tener vergüenza porque todos iban a aprender, que hablar el idioma es porque no sabés y vas a aprender.

Afuera, Roma se mueve con el ruido constante de las motos, el murmullo de los turistas y el eco de las campanas de las iglesias. Bellisio mira la ciudad con una mezcla de sorpresa y alegría constante. Durante casi medio siglo trabajó en otro paisaje extremo: la Antártida. Pasó cuarenta y ocho años ligado al Instituto Antártico Argentino y al Conicet como ayudante científico.

El Instituto Antártico Argentino y el Conicet fueron el hogar profesional de Bellisio durante 48 años en campañas científicas bajo condiciones extremas.

En las campañas oceanográficas era uno de esos hombres que saben resolver problemas prácticos en silencio: salir en bote con mar complicado, levantar redes, manipular peces, tomar muestras bajo temperaturas hostiles. En el ambiente científico muchos lo conocen como “El Mono”. En Roma nadie sabe demasiado de eso. Todavía.

—Contame un poco sobre tus viajes a la Antártida. ¿Por qué tantas veces?

—Empecé a ir a los diecinueve años porque le dije a mi viejo que quería trabajar de algo. Mi viejo, biólogo, doctor en Ciencias Naturales, me llevó al Instituto Antártico Argentino y me dijo que aprendiera algunas cosas. Me pusieron cinco meses a prueba, me hicieron un contrato y nos mandaron tres meses a la Antártida.

En 1976 fue su primera vez. Lo vivió como una aventura de película: todos los días salían en bote, trabajaban sobre el agua y podían ver orcas, ballenas, pingüinos, elefantes marinos y leopardos. Sentía que estaba dentro de un documental de National Geographic, pero en la vida real.

Los viajes a la Antártida marcaron la vida de Carlos desde los 19 años, una experiencia que compara con vivir dentro de un documental.

—¿Y cómo siguió esa experiencia?

—El primer verano me encantó, el segundo ya quería ir de nuevo y después no pude parar más. Cada vez que venía agosto, que es la época de la revisión médica para poder ir a la Antártida, no podía dejarlo. Estuve cuarenta y ocho años en el instituto. Hasta los sesenta y cinco años no podía dejar de ir, me encantaba.

Siempre era igual: las invitaciones llegaban una tras otra y él nunca dudaba en responder.

—¿Vamos?

—Vamos.

—¿Querés ir?

—Sí.

—¿Vamos en una campaña de barco setenta y siete días?

—Sí, vamos.

—¿Vamos a la Antártida, que te tenés que quedar cuatro meses?

—Sí.

Y así fueron 40 viajes. “No lo podía evitar, era como una droga. Cada vez que iba me sentía tan bien, porque encima soy muy sociable, me llevo bien con todo el mundo. Fui a la Antártida y me encontré con gente que no conocía, pero ellos sí me conocían”, recuerda.

—¿Cuál era tu rol específicamente? ¿Cómo fue cambiando a lo largo del tiempo?

—Fui técnico, ayudante científico. Al principio, las primeras campañas, era como un comodín. Trabajé con pozas marinas, plancton, anillaba cormoranes de ojos azules, trabajaba con peces. Después de las primeras tres o cuatro campañas, me dediqué exclusivamente a peces. Mi fuerte siempre fueron los peces, que era a lo que se dedicaba mi viejo. Él era ictiólogo, especialista en peces del mar argentino y de la Antártida, porque tenía quince campañas allá.

Después de casi cinco décadas de campañas antárticas, Bellisio cambió los botes semirrígidos por las aulas del centro histórico romano.

Acá es simplemente Carlos. Sigue siendo tan sociable como en la Antártida Argentina, ese extenso territorio de hielos y bases científicas donde las temperaturas pueden bajar de los -60 °C y la vida transcurre en condiciones extremas, entre campañas científicas, convivencia y una presencia nacional continua desde hace más de un siglo. Es un estudiante más entre adultos que llegaron desde distintos países para aprender italiano.

El hielo está lejos. Aquí hay verbos irregulares, conversaciones rápidas, clases de cocina con fideos de sémola, tiramisú que marida con el spritz y ejercicios de memoria frente a desconocidos. Lo que más le costó a Carlos fue aceptar la posibilidad de equivocarse en público. “Siempre sentí que atrasaba la clase”, dice.

Con 68 años y nunca antes en Europa, Carlos explora Roma y su cultura, valorando la historia y la similitud del idioma con el español.

“Nunca había venido a Europa”, cuenta. “De joven solo quería playas. Ahora quiero conocer”.

—Te hago una pregunta para unir esos tres universos: la Antártida, Roma y tu departamento en Núñez. Decís que sos muy sociable, ¿sentís que buscás otras lenguas para conectar otros mundos?

—Totalmente. Siempre dije que si hubiera aprendido inglés, hoy tendría diez mil contactos en Facebook, porque me encantan los extranjeros, me llevo bien con ellos, hablo con alemanes, con americanos, sin saber inglés. Me hago entender, ellos un poco de español, yo un poco de inglés.

—¿Te gustaría aprender más idiomas?

—Me encantaría aprender otro idioma. Sé que soy grande, sé que los verbos no son lo mío, pero me encanta. El italiano me encantó, me encantó Roma, me encantaron las romanas. Es una ciudad con tanta historia, vine veintiún días y creo que me tendría que quedar dos o tres meses para poder convivir y aprender el idioma bien, porque es hermoso, parecido al español.

Carlos Bellisio destaca la importancia de sociabilizar y aprender nuevos idiomas para conectar con diversos mundos y culturas.

Carlos está divorciado y tiene una hija de treinta y cuatro años: Camila. Habla de ella con orgullo y cariño, dice que es “una excelente persona”. Camila trabaja transportando mascotas por todo el mundo para una empresa norteamericana, una tarea que él valora mucho y en la que la ve muy bien posicionada.

Carlos vive solo. Y, sin embargo, en Roma parece haber encontrado una comunidad provisoria: compañeros de curso, profesores, otros viajeros adultos que todavía deciden empezar algo nuevo. El viaje continúa.

Bellisio llegó a Roma después de una vida marcada por expediciones científicas, océanos australes y décadas de trabajo en la Antártida.

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