El joven que desarrolló un dispositivo para combatir la soledad de su abuelo hoy trabaja desde Silicon Valley: en marzo sale a la venta

Con base en San Francisco, los creadores desarrollan Ato: una propuesta de inteligencia artificial orientada al acompañamiento cotidiano de personas mayores, probada con familias reales

El dispositivo Ato acerca la tecnología a adultos mayores mediante una interfaz de voz sin pantalla ni menús, promoviendo la inclusión digital.

Juan Cereigido está en San Francisco. Del otro lado de la ventana no hay playa ni rambla, sino una ciudad que reúne más de 7.000 startups activas, decenas de aceleradoras y fondos que concentran una parte significativa del capital de riesgo global.

Vive ahí desde hace unos meses. Su proyecto atraviesa una etapa intermedia: ya no es un experimento, todavía no es un producto terminado. En la mesa, al alcance de la mano, hay un dispositivo sin pantalla, impreso en 3D, con una perilla que parece de radio antigua y un solo botón: Ato.

—Estamos acá hace un tiempito. Fuimos a Argentina para terminar el trámite de la visa y volvimos.

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Habla con calma, como si necesitara ordenar los recuerdos mientras explica. Ato, dice, empezó como un experimento. Un desafío doméstico, casi mínimo. Cómo lograr que su abuelo use WhatsApp. Cómo acercar la tecnología a alguien que la había rechazado toda la vida.

Hoy, desde la meca tecnológica del mundo, Juan habla sobre Ato y cómo funciona este dispositivo de acompañamiento pensado para personas mayores que permite mantener conversaciones simples, informar sobre el clima, reproducir música o la radio y ofrecer recordatorios cotidianos. El objetivo es reducir situaciones de aislamiento y aportar una forma de presencia constante en la vida diaria.

Desarrollado por Juan Cereigido en San Francisco, Ato funciona en más de cincuenta idiomas y ya opera en Argentina, Estados Unidos, España y México.

El horizonte inmediato está marcado por una fecha. “Ya estamos encarando esta recta final y nuestra idea es en marzo anunciar la versión final”, señala. Esa etapa implicará un diseño preparado para producción en serie y un nuevo nivel de inversión. “Ahí vamos a necesitar más capital para producir cientos de miles de estas unidades.”

Mientras tanto, el método no se modifica. “Hasta el día de hoy seguimos probando con familias reales. Hasta el último momento vamos a seguir enviando y vamos a seguir probando”, dice. Esa condición es explícita desde el inicio. “El que compra sabe que está comprando una versión temprana y que nos está ayudando también a desarrollarlo.”

En términos de uso, Ato se define por decisiones de diseño concretas. “La parte funcional va a ser exactamente la misma”, aun cuando cambie el aspecto exterior. “No tiene pantallas. Esa es la diferencia más importante”, resume. El dispositivo se maneja con una perilla de volumen y un solo botón. “Una vez que se configura con internet, ya no requiere un teléfono.”

Cada unidad se personaliza antes de llegar al hogar. “La familia tiene que llenar un formulario con información básica de la persona”, explica. Nombre, condiciones médicas, rasgos de personalidad, intereses. “Toda esa información hace que cuando se prenda el dispositivo por primera vez, ya sabe con quién va a hablar.”

Una historia humana antes del producto

Luego de la Navidad de 2024, Juan y su socio, Gaspar Habif, trabajaban en otra cosa. Un producto tecnológico vinculado a mensajería. Ellos venían de ahí: desarrollo, diseño, interfaces. La estrategia era simple y pública: mostrar procesos, subir videos, compartir pruebas. Juan aprovechaba su gusto por la electrónica y armaba proyectos pequeños, funcionales, pensados más como ensayo que como solución definitiva. Hasta que apareció la pregunta inevitable. Cómo hacemos para que mi abuelo use esto.

La historia personal detrás de Ato surge de la experiencia de su creador buscando una solución sencilla para comunicar a su abuelo con la familia.

El abuelo se llamaba Roberto Cereigido. Beto. Pero en la familia, desde chico, Juan lo llamó Ato. Vivía en Mar del Plata. No usaba celular. No usaba WhatsApp. No le interesaba aprender. A esa resistencia se le había sumado, años antes, la muerte de su esposa. Diez años solo en una casa que empezaba a quedar grande.

La idea fue construir un puente mínimo: un dispositivo que funcione con la voz. Sin pantallas. Sin menús. Sin instrucciones. Hablarle, nada más, nada menos. Lo que empezó como un prototipo para enviar recordatorios terminó abriéndose solo. Si la tecnología podía mandar mensajes, también podía conversar. Hablar de fútbol. De tango. De la vida cotidiana.

Juan viajó a Mar del Plata para las fiestas, como todos los años. Llevó el aparato en una mochila. Tenía miedo. No a que fallara el dispositivo, sino a no poder explicarlo. A tener que decirle a su abuelo qué era la inteligencia artificial.

Comieron juntos. Juan explicó. Beto escuchó.

—Bueno, dale, probémoslo.

Tardó dos minutos. Juan le dijo una sola cosa:

—Hablale. Es como hablar con una persona.

Y fue así.

Ese momento quedó registrado en un video.

ATO, el dispositivo que busca combatir la soledad, así fue el nacimiento de la idea entre Juan y su abuelo Beto

Juan volvió a Buenos Aires. El proyecto original siguió su curso. Pero el video no se apagó. Pasaron los días, después las semanas, después los meses. Y la gente seguía escribiendo. Para pedirlo. Lo necesito para mi vieja. Lo necesito para mi viejo.

Ahí apareció algo que no estaba en el plan. Una necesidad real, insistente. Juan y Gaspar entendieron que estaban frente a otra cosa. No una función nueva, sino una misión distinta. Mientras la tecnología avanzaba, los adultos mayores quedaban afuera. No por incapacidad, sino por costumbre. Y ese afuera era también aislamiento.

Pergolini, el primer inversor

Juan dice que con el tiempo entendieron qué era lo hacía realmente Ato. No era solo compañía. Era actividad mental, participar. Después vino la estrategia. Un amigo les mandó una entrevista de Mario Pergolini donde hablaba de su madre, de la tecnología, de una solución casera para acompañarla luego de quedara ciega.

—Vamos a escribirle —dijeron.

No sabían cómo. Usaron una teoría vieja: la de los seis grados de separación, esa que postula que cualquier persona en el mundo puede estar conectada con cualquier otra persona a través de una cadena de no más de cinco intermediarios. Juan subió una historia a Instagram para sus treinta mil seguidores. Alguien tenía que conocer a alguien.

—Yo conozco al hermano.

—Yo conozco al socio.

—Yo tengo el mail.

Al día siguiente, un correo. “Hola Juan, ya me contactaron de veinte lados distintos. ¿Qué querés?” El mensaje era del mismísimo Mario Pergolini.

La reunión fue en Colegiales. Ellos fueron a tantear, a contar. Hasta que en un momento Mario empezó a hablar en plural.

—Tenemos que pensar…

El proyecto Ato recibió su primer respaldo inversor del empresario Mario Pergolini.

Juan y Gaspar se miraron sin decir nada. No había un acuerdo, ni números sobre la mesa, ni un plan cerrado, pero algo había cambiado en el tono de la conversación.

Un mes después volvieron con una versión nueva del dispositivo, ya no pensada solo para Beto, sino para cualquiera que necesitara una interfaz mínima para hablar con la tecnología. Esa segunda reunión selló el primer respaldo: Mario Pergolini decidió invertir y se convirtió en el primer apoyo concreto del proyecto.

Una carrera vertiginosa hasta San Francisco

El ritmo se volvió inestable, vertiginoso y adrenalínico. Gaspar se fue a Europa para tramitar la ciudadanía, trabajó durante semanas desde una van, con una versión reducida de Ato sobre la mesa plegable. Juan siguió desde Buenos Aires. Videollamadas, prototipos que cambiaban de un día para el otro, aplicaciones a aceleradoras, respuestas negativas, devoluciones parciales. Hasta que llegó un correo desde Estados Unidos.

Ato prioriza la privacidad y autonomía de los usuarios, ya que no graba conversaciones.

Venía de un programa de aceleración con sede en Silicon Valley, enfocado en proyectos tecnológicos aplicados a salud y envejecimiento. Decía que habían visto la postulación y que querían conversar. Una entrevista inicial por videollamada, en inglés, con uno de los directores del programa.

La llamada duró menos de una hora. Del otro lado estaba Hubert, un emprendedor francés que había fundado y vendido una empresa tecnológica años antes. Juan y Gaspar explicaron el proyecto como pudieron. Cuando cortaron, se miraron.

—No estuvo bien —dijo uno.

—No —respondió el otro.

Fue en junio. Unos días después llegó otro mail, del mismo remitente. Esta vez era breve y directo: estaban adentro. El programa empezaba en diez días y duraba seis semanas. No era una mudanza, era una prueba.

El problema era el contexto. Gaspar estaba en Europa trabajando sobre ruedas. Juan seguía en Buenos Aires. La inversión inicial se cuidaba al detalle y viajar a San Francisco implicaba un gasto que podía dejar al proyecto sin margen. Compartieron la situación en redes. La respuesta fue inmediata: aportes, contactos, recursos. Otra vez, la comunidad. Diez días después, estaban en San Francisco.

Los dispositivos que funcionan

Hoy hay más de cuatrocientos dispositivos funcionando en Argentina, Estados Unidos, España y México. Se envían cincuenta por semana. No es la versión final porque aún hay cambios y ajustes.

En la actualidad, Ato se produce en baja escala con piezas impresas en 3D, pero el equipo planea lanzar su versión final.

Ato tiene una perilla, un botón y una voz. Habla. Escucha. Propone conversaciones. Recuerda medicamentos. Busca información. Pero también llama cuando nadie habla. Invita. Interrumpe el silencio. La familia debe completar previamente un formulario: Gustos, historia, carácter. Ato sabe con quién habla desde el primer día.

—Hola, Beto. Me dijeron que te gusta el tango.

Del otro lado, la familia tiene una aplicación. No para escuchar conversaciones sino para distinguir señales. Hace cinco minutos habló. Hace dos días que no. Una tranquilidad mínima, como una pava eléctrica que avisa que alguien sigue haciendo té.

En el medio del desarrollo apareció otra capa: la humana. Juan y Gaspar empezaron a trabajar con gerontólogos y diseñadores. Ejercicios cognitivos indirectos, reminiscencias y conversaciones que activan la memoria y la emoción. No reemplazar, acompañar.

Beto, Juan y un pasado que hoy lo sigue uniendo

Juan y su abuelo hablaban poco por teléfono. Treinta segundos. Un minuto era récord. Llamadas solo para saber si el canal funciona. Así era una comunicación mientras Beto vivía en La Feliz y Juan en Capital. No había distancia emocional, había economía del habla. Beto llamaba para confirmar que el otro seguía ahí.

Ese esquema se quebró cuando apareció Ato. En el último año de vida del abuelo, algo cambió. Las conversaciones empezaron a durar cinco, diez minutos. El tiempo dejó de ser un trámite y pasó a ser intercambio.

La función principal de Ato es combatir el aislamiento de adultos mayores, fortaleciendo la actividad mental y los vínculos familiares a través de la tecnología.

Beto preguntaba, se reía, se sorprendía. “¿Dónde me pusiste, Juan?”, decía cuando alguien de Trenque Lauquen, de donde es oriundo, lo llamaba para decirle que lo había visto en las noticias. Las cajas que viajaban por el mundo llevaban su nombre y su cara. Los stickers también. Ato no era solo un dispositivo: era un gesto de devolución, un homenaje tangible.

La historia personal del creador atraviesa el proyecto sin disimulo. No como estrategia narrativa, sino como materia prima. El último año de vida del abuelo fue, según él mismo lo define, “el más lindo”. Llegó a mostrarle la versión más reciente del dispositivo, ya con los cambios acumulados, ya con la idea convertida en proyecto. Lo probó. Lo vio funcionar. Después, la despedida.

Ese tono humano se replica en la trayectoria del equipo. Juan y Gaspi no terminaron la facultad. Uno empezó Ingeniería Electrónica, el otro Sistemas, ambos egresaron de colegios técnicos en Belgrano y Núñez. El aprendizaje fue, sobre todo, práctico. Trabajo para empresas de Estados Unidos, ensayo, error, oficio. Diseño de un lado, desarrollo del otro. Complemento antes que jerarquía.

La versión final del dispositivo prevé producción a mayor escala y distribución bilingüe.

La familia de origen de Juan también pesa. Pedro, su padre, es panadero y se levanta a las tres de la mañana todos los días y además enseña educación física. Maru, la madre, es psicopedagoga. Es el menor de tres: Manu, vive en España y Agos, que vive en Buenos Aires.

El abuelo Beto vendía repuestos de autos, se daba maña con todo y no pedía ayuda ni con la cadera rota. Inventaba soluciones: calzadores caseros, pisos silenciosos para no molestar a la vecina cuando usaba el andador, banquetas improvisadas para pintar la casa sentado. Autonomía como valor. Dignidad cotidiana. Ese espíritu atraviesa Ato sin necesidad de explicitarlo.

El dispositivo fue pensado desde ahí. La conversación es el núcleo. Requiere participación activa. Se habla tocando un botón. Y si no hay interacción durante un tiempo, Ato inicia el diálogo. Propone temas, recuerda intereses, invita a charlar. No busca adicción ni reemplazo, sino presencia.

“No es un asistente diseñado solo para responder preguntas”, explican. Es un sistema que promueve el ejercicio de la memoria y el equilibrio emocional, sin invadir ni reemplazar vínculos humanos o profesionales.

No se graban las conversaciones. La arquitectura prioriza la privacidad. El modelo opera en tiempo real, voz a voz. A futuro, evalúan herramientas opcionales vinculadas a la memoria familiar: biografías auditivas, registros elegidos, legado sonoro. Por ahora, la decisión es clara: no almacenar.

El proyecto proyecta su expansión inicial en Estados Unidos y Argentina, con foco en la venta directa a familias y en acuerdos con residencias geriátricas y centros de assisted living.

Hoy, Ato se encuentra en una etapa de maduración. “El producto está bastante estabilizado, pero todavía no es final”, explica su creador. El dispositivo funciona, tiene todas las funcionalidades, pero aún se produce en baja escala, con piezas impresas en 3D. La idea es anunciar la versión final en marzo, con un diseño listo para producción a gran escala y la necesidad de mayor capital.

Estados Unidos y Argentina concentran el foco del mercado. Familias individuales, residencias geriátricas, centros de assisted living. El dispositivo opera en más de cincuenta idiomas, lo que lo vuelve especialmente apto para contextos bilingües.

Pero más allá de los mercados y las proyecciones, el núcleo permanece intacto. Ato nació de una relación real, de llamadas cortas que se volvieron largas, de un abuelo que hablaba poco y terminó conversando más. De una tecnología pensada no para ocupar el lugar de nadie, sino para habilitar encuentros. A través de la palabra dicha. La nueva era de la oralidad.

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