El compromiso de J. R. R. Tolkien con la escritura del universo del El Señor de los Anillos no fue solo literario. Emocionalmente, construir la Tierra Media resultó ser un proceso tan intenso como prolongado, tanto por la magnitud de la obra como la profunda carga sentimental oculta tras muchos momentos de su historia. Así lo revelan tanto su biografía como su correspondencia privada, hoy reunida en un único libro.
En sus cartas con sus seres queridos, Tolkien confesó que el libro de El Señor de los Anillos solo alcanzó “aproximadamente el 75 % de lo que él pretendía lograr”. Este reconocimiento de límites fue acompañado por una reflexión constante sobre el dolor, la belleza y la redención, temas que impregnaron tanto su vida diaria como su universo literario. El autor admitía la dificultad de narrar ciertos pasajes, especialmente aquellos ligados a sentimientos como la compasión y el sacrificio.
Dos de los instantes que más conmocionaban a Tolkien
En una de sus cartas más reveladoras a su hijo Christopher, Tolkien relató cuáles fueron los momentos que más lo conmovieron al escribir El Señor de los Anillos, algunos de los cuales no muestran toda su complejidad en las películas. El escritor identificaba dos vertientes emocionales en su obra: la emoción más “ordinaria” del triunfo y la tragedia de los personajes (la muerte de Gandalf en el primer libro podría ser el ejemplo paradigmático de esta categoría) y, por otro lado, la desgarradora e invisible presencia de un pasado perdido.
Sobre esta última, el escritor señalaba también como ejemplo un pasaje en el que Gandalf habla con Pippin sobre un objeto mítico, el Palatír, donde se expresa mejor que en ninguna parte esa melancolía por “el tiempo que no puede medirse en años”: “Los artilugios creados por un arte superior al que nosotros poseemos son siempre peligrosos”, reflexiona el mago. “Ya nadie recordaba entre los elfos y los hombres que alguna vez existieron esas maravillas”.
Otro de los momentos más emotivos de El Señor de los Anillos es una reflexión de Sam en un momento dado del viaje. “Asomando entre las nubes por encima de un peñasco sombrío en lo alto de los montes, Sam vio de pronto una estrella blanca que titilaba. Tanta belleza, contemplada desde aquella tierra desolada e inhóspita, le llegó al corazón, y la esperanza renació en él. Porque frío y nítido como una saeta lo traspasó el pensamiento de que la Sombra era al fin y al cabo una cosa pequeña y transitoria, y que había algo que ella nunca alcanzaría: la luz, y una belleza muy alta”.
El verdadero significado del momento en el que Sam contempla la estrella
Para Tolkien, el pasaje de Sam y la estrella (y la reflexión que media entre ambos, la cual se pierde en la escena de la película) era uno que “no podía leer sin llorar”. Así lo explica el intelectual y teólogo Peter Kreeft, quien, en su libro recientemente publicado, The Two Greatest Novels Ever Written, analiza en profundidad tanto El señor de los anillos como Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoyevski.
Kreeft, que se declara un profundo admirador de la obra de Tolkien examina el contraste entre la esperanza ordinaria y la esperanza profunda. Por eso, distingue que la esperanza común se apoya en probabilidades, mientras que la esperanza profunda surge “tras la muerte de la esperanza ordinaria. Esperanza contra toda esperanza”. Pero, ¿cómo expresar todo ello a través de la escritura? Tolkien lo describe en sus cartas como “el dilema literario fundamental”: “Una historia debe contarse o, de lo contrario, no habrá historia; sin embargo, son las historias no contadas las más conmovedoras”.
Para Kreeft, la resolución a este dilema se manifiesta de forma palpable cuando Sam mira la estrella. “Las lágrimas que nos brotan al leer pasajes como el de arriba (la estrella de Sam) surgen de un corazón humano (o de hobbit) que no puede contener el tamaño y el peso sobrenatural de su esperanza, como una nube que no puede contener su lluvia”. No es lo que se ve lo que nos emociona, sino lo inefable, genialmente capturado por Peter Jackson en algunas de sus adaptaciones, pero en otras ocasiones secretamente guardado en la obra escrita de Tolkien.