Roberto Jiménez
Valladolid, 3 abr (EFE).- El empeño de un obispo nacido casi, casi en el mismo Bilbao, Remigio Gandásegui, obró en 1922 el milagro que ni el mismo Napoleón logró años antes a través de sus lugartenientes: la unión definitiva de todas las cofradías de Semana Santa de Valladolid en torno a una misma procesión, la General de la Pasión.
Ha transcurrido más de un siglo y Valladolid renueva un año más, esta tarde de Viernes Santo, el prodigio singular de una procesión que desde entonces se ha convertido, además de religioso y espiritual, en un referente social, cultural, económico y turístico: todo un icono, el día más importante del año en la ciudad.
De ello han dejado constancia los millares de personas que se han agolpado en las calles, los denominados cofrades de acera, hasta trenzar un circuito de poco más de dos kilómetros a través de un laberinto de callejuelas de traza medieval, angosturas con mínimos aliviaderos en las espaciosas plazas Mayor y de Zorrilla.
Por ese perímetro, que curiosamente dibuja la figura de un cofrade de capirote suelto y las manos arriba en actitud de sostener una cruz, estandarte o guión, han desfilado sin temor a la lluvia, sin la incertidumbre de estos años atrás, más de 10.000 personas revestidas con el hábito de las veinte cofradías censadas en la capital.
La Procesión General es una dramaturgia itinerante, un museo efímero, una catequesis ambulante, un álbum de cromos, una historia de la escultura barroca española escrita con la gubia de los principales imagineros de los siglos XVI y XVII, la Escuela Castellana, representada, entre otros, en Juan de Juni, Gregorio Fernández, Francisco y Bernardo del Rincón.
Es el desfile más numeroso y el único en el que participan a un mismo tiempo todas las cofradías para representar, a través de los treinta y tres pasos que la integran, la Sagrada Pasión del Redentor: desde la Oración del Huerto hasta el Sepulcro vacío, con tallas fechadas entre los siglos XVI y XXI.
La inmensa mayoría ha sido esculpida en madera policromada, de la misma naturaleza y sustancia de que está hecha la cruz, árbol de la vida en la iconografía cristiana y protagonista de este día al que desde siempre se le conoció en Valladolid como Viernes de la Cruz, epicentro de la Semana Santa, símbolo de dolor y esperanza.
Después de los años de pandemia, de suspensiones e incertidumbre hasta última hora por el riesgo de la lluvia, Valladolid ha podido disfrutar de su procesión más emblemática, el sueño cumplido de Remigio Gandásegui, obispo de Valladolid entre 1920 y 1937, que encontró como aliados al periodista y escritor Francisco de Cossío y al arquitecto e historiador del arte Juan Agapito y Revilla.
Años antes lo intentó, en 1810 en plena invasión francesa, François Étienne Kellermann, entonces gobernador militar en Valladolid, Zamora, León y Toro, implacable y represor con la población sometida, a la que como medida de acercamiento o de distensión, obsequió con una procesión conjunta celebrada el 20 de abril de 1810 en la que participaron las cinco cofradías de la época y estuvo fuertemente vigilada por soldados franceses.
Durante todo el siglo XIX esta endeble reunión cofrade tuvo altibajos -cada una celebrada sus procesiones de regla y no se avenían con el resto- hasta la llegada a Valladolid del prelado Gandásegui, que no sólo unificó, sino que promovió la recuperación del patrimonio religioso disperso y apilado en almacenes fruto de las desamortizaciones decimonónicas.
Su reunión y restauración, con el apoyo de Cossío y Revilla, recuperó numerosas tallas como las que esta tarde han salido en Valladolid, y posibilitó la apertura de un Museo de Bellas Artes, germen del actual Museo de Escultura, hoy propietario de buena parte de ellas. EFE
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