Un tímido “miau” entre los arbustos y un coro de ronroneos impacientes. Es el sonido que las recibe cada tarde cuando el cuerpo solo pediría volver a casa tras una dura jornada laboral. En lugar de descansar, cargan garrafas de agua, sacos de pienso y latitas húmedas para rellenar los comederos antes de que caiga la noche. Para cualquier vecino ajeno a esta realidad, la escena encaja de inmediato en el viejo cliché de “la loca de los gatos”. Para ellas, es el inicio de su segundo turno: un trabajo silencioso, autofinanciado y no remunerado que sostiene la salud de las colonias felinas frente a la inacción de los ayuntamientos.
A sus 80 años, Carmen, una vecina de Leganés, lleva 14 años bajando a diario a cuidar de una colonia que ahora está compuesta por apenas tres gatos. A su edad, el cuerpo empieza a pasar factura, pero el sentido del deber —y el profundo cariño que los tiene— la mantiene en pie frente al abandono institucional. Ha llegado a gastarse 3.800 euros de sus ahorros en una sola gata. “He querido aguantar hasta el final, mientras la gata pudiera vivir”, relata a Infobae.
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A pocos kilómetros, el escenario es otro. En Getafe, Rocío (39 años) sostiene junto a dos compañeras la Asociación de Amigos de los Animales de Getafe (A3G), una entidad que coordina 44 colonias en el municipio, de las cuales ella asume 10 con unos 70 felinos a su cargo. Más al sur, en Ontígola, en el límite con Toledo, Sandra (29 años) cuenta a Infobae que empezó a rescatar con apenas 14 y hoy actúa a demanda: utiliza su propia casa y su coche para atender cualquier aviso, alimentar comederos y auxiliar a animales abandonados.
Barrenderas, jardineras y enfermeras
En la calle impera la idea errónea de que su labor empieza y termina en vaciar una bolsa de pienso o arrojar restos de la cena sobre el suelo. “Pero eso es la punta del iceberg”, explica la voluntaria de Getafe. “Hago de basurera, retirando residuos ilegales en solares para que no vivan en un basurero; de jardinera, podando para que puedan moverse porque el Ayuntamiento no lo hace; y de enfermera, medicando en la propia colonia”, señala Rocío.
Lejos de cualquier descuido, su día a día exige un estricto protocolo de higiene. Cada tarde implica recoger cuencos sucios, barrer el terreno y retirar de inmediato cualquier resto para evitar problemas de salubridad. “Los restos de comida son basura y atraen cucarachas y moscas, y las culpas van para las alimentadoras, que no hacemos eso bajo ningún concepto”, subraya Sandra. Por eso, mantener los puntos de alimentación limpios y camuflados es su única defensa frente al rechazo.
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El problema surge cuando las sobras caseras boicotean los protocolos de rescate. Sandra lo resume con crudeza desde Ontígola: “Muchas veces retiramos la comida para hacer una captura y aparece el iluminado de turno a echarles la paella que le ha sobrado del mediodía y ya me has fastidiado la captura”. Una interferencia que retrasa las cirugías y perpetúa el descontrol que ellas intentan frenar.
“Para alimentar, nadie tiene ayuda”
El esfuerzo físico no es el único peaje. La factura mensual de las colonias recae de forma íntegra en los bolsillos de las voluntarias, ya que las ayudas de los ayuntamientos, cuando existen, se centran en convenios puntuales de esterilización y dejan de lado la nutrición básica y los imprevistos clínicos. “Solo en alimentación de colonias mías, en pienso, gasto más de 300 euros. Y en latas, otro tanto”, desglosa Rocío.
Carmen conoce bien esa desprotección desde su modesta pensión: “Para alimentar, nadie tiene ayuda. Las asociaciones están algo subvencionadas, pero con tres gatos enfermos que haya, ya se les ha ido”. La veterana de Leganés asume unos 150 euros mensuales de su bolsillo solo para mantener su punto de alimentación, al margen del golpe que supuso costear los 3.800 euros en tratamientos veterinarios para una sola gata enferma.
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En el caso de Sandra, la factura no tiene tope porque absorbe la totalidad de sus ingresos: “Yo trabajo solamente para atenderlos a ellos. Vivo con mis padres y mi sueldo es solamente para atenderlos a ellos”, confiesa. Con 29 años, su economía personal se funde por completo con la emergencia diaria: “Esto te lleva la vida entera. Utilizo mi casa, mi coche y mi sueldo para todo esto”.
Bajar de noche a un descampado o a un parque con cuencos de comida no suele despertar simpatías. A menudo, las voluntarias deben encarar miradas de desconfianza y amenazas directas de vecinos que las acusan de ensuciar el barrio o de atraer plagas. Con el tiempo y la colonia saneada, la vecina de Leganés ha logrado esquivar los conflictos: “Ahora que no ven ningún gato enfermo y tienen sus refugios, hace años que no me dicen nada”.
En otros barrios, el choque es continuo y el carné municipal actúa como escudo legal. “[La gente] se piensa que, como estás haciendo algo ilegal, te van a asustar. En el momento que dices: ‘Estoy autorizada y, si quieres llamar a la policía, llamo yo’; ven que no te asustas y sirve”, explica Rocío. Para frenar los ataques, apela a la lógica: “Les dices que somos las primeras interesadas en que no haya gatos en la calle, solo queremos hacerlo de forma ética: castrar para que no nazcan más y que cuando fallezcan las colonias desaparezcan”.
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La factura de la que no se habla
El desgaste más profundo rara vez se menciona: el agotamiento mental, la soledad y la carga de gestionar a diario el dolor de las pérdidas o el deterioro de los animales. “La salud mental es imposible gestionarla, yo ahora estoy hasta medicada”, reconoce Sandra sobre una presión que arrastra desde la adolescencia. “El que te cuente que esto es precioso y superfeliz es porque no lo está haciendo bien. Cuando implicas tu vida entera en esto, terminas mal”, añade la joven.
A la falta de tiempo se suma el impacto frontal de la crueldad. “Un atropello te duele, lo lloras y tiras para adelante”, confiesa Rocío, quien añade: “Pero cuando vemos maltratos adrede o abandonos en cajas en una colonia... eso es muy difícilmente gestionable, porque pierdes la esperanza en el ser humano y dices: ‘Estamos rodeados de monstruos’”.
Por su parte, la cuidadora de Leganés ya no teme a los reproches vecinales, sino al momento en que el cuerpo le impida bajar a la calle: “Cada día me cuesta más hacer las cosas. A veces pienso: ‘Madre mía, si me pasa algo, ¿qué pasa con mis gatos?’. Si algún día tengo que pagar a alguien para ir con los gatos, lo haré. Aunque no son míos, ya son míos”. El peso compartido de tres generaciones que siguen llenando cuencos a costa de su dinero, su tiempo y su propia salud.
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