Un muro de medio metro de ancho no garantiza una casa caliente durante todo el invierno. El arquitecto Juan Goñi, arquitecto y divulgador en TikTok (@juangoniarquitecto), explica que el grosor del muro solo retrasa la pérdida de calor, pero no la detiene.
Según detalla en uno de sus vídeos, el muro grueso funciona bien para absorber el frescor nocturno y mantenerlo durante el día, un efecto útil en climas con fuertes oscilaciones térmicas. Sin embargo, ese mismo mecanismo pierde eficacia cuando el frío se sostiene durante semanas.
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“Si el 1 de enero hace un frío que te mueres en tu casa, el muro gordo aguantará el calor, pero lo aguantará un día, dos, hará que se vaya más lento, pero al final se va”, explicó Goñi.
La solución está en pocos centímetros de aislante
El arquitecto señaló que las casas antiguas o los cortijos con muros de medio metro suelen depender de la calefacción constante para mantener una temperatura estable. “Es un estándar”, afirmó, en referencia a la necesidad de dejar la estufa encendida pese al grosor de las paredes.
Frente a ese escenario, Goñi propuso una alternativa concreta: un aislante de cinco centímetros permite retener el calor de una vivienda sin inconvenientes, incluso en zonas de clima templado como Málaga. La diferencia entre ambos sistemas radica en la capacidad de frenar el flujo térmico, una propiedad que depende del material aislante y no únicamente del espesor del muro.
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Por qué las civilizaciones antiguas construían con muros gruesos
La técnica que hoy genera dudas tiene miles de años de historia. Los egipcios ya apostaban por aumentar el grosor de sus paredes exteriores para enfrentar el calor del desierto, mientras que los romanos desarrollaron el muro de tres hojas como solución constructiva. Durante la Edad Media, la arquitectura europea volvió a apoyarse en la inercia térmica que ofrecía la piedra maciza, una propiedad que permite a un material absorber calor durante el día y liberarlo lentamente por la noche.
Civilizaciones instaladas en climas extremos, como las que habitaron ciudades fortificadas del norte de África, recurrieron a muros de más de medio metro de piedra o adobe para sobrevivir sin sistemas de climatización. El principio físico detrás de esa solución es el desfase térmico, el tiempo que tarda el calor exterior en atravesar un cerramiento hasta llegar al interior. En construcciones masivas, ese proceso puede demorar hasta doce horas, lo que explica por qué esas viviendas se mantenían frescas durante el día y templadas durante la noche sin necesidad de energía externa.
Ese modelo funcionó durante siglos porque no existía alternativa. El concepto de aislamiento térmico como tal no apareció hasta la llegada de la revolución industrial. Recién en 1898 se desarrolló el cavity wall, un sistema que separaba el muro exterior en dos hojas de ladrillo con una cámara de aire intermedia. De ahí a introducir un material aislante específico entre ambas hojas solo faltaba un paso, aunque esa innovación tardaría todavía varias décadas en popularizarse.
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La diferencia entre ambos enfoques no implica que uno sea mejor que otro en todos los contextos. La inercia térmica de los muros gruesos sigue siendo valorada en el diseño bioclimático actual, sobre todo quienes buscan estabilizar la temperatura interior sin depender de sistemas mecánicos. Sin embargo, los especialistas coinciden en que esa propiedad complementa al aislamiento, no lo sustituye, un matiz que resume el planteo central de Goñi en su video.
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