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El verdadero poder de la vilica: mujeres al mando de la industria agrícola en el Imperio Romano

El análisis combinado de fuentes literarias latinas y excavaciones arqueológicas desmonta el mito de la mujer que solo hace labores en el hogar

Escena de pisado de uva en el interior de un edificio con una galería superior, mosaico con calendario del siglo III d. C. de Saint-Romain-en-Gal, Museo Nacional de Arqueología, Saint-Germain-en-Laye. (Carole Raddato)

El papel de las vilicas ha pasado un tanto desapercibido a lo largo de la historia. Hasta ahora se concebía que las funciones de estas mujeres se enmarcaban dentro del hogar como esclavas o amas de casa. De hecho, académicos influyentes como Jasper Carlsen definieron en los años noventa como “esencialmente una ama de llaves [...] responsable del trabajo doméstico”.

Pero lejos de esta imagen, el papel real de estas figuras era la gestión de la producción comercial de vino y aceite en villas romanas, además de la supervisión de trabajadores masculinos y la dirección de rituales para garantizar la rentabilidad económica de los predios.

Esta faceta desconocida en las mujeres trabajadoras del Imperio Romano la ha desvelado un nuevo estudio de la Cambridge University Press. La investigación, llevada a cabo por la historiadora Tamara Lewit, de la Escuela de Estudios Históricos y Filosóficos de la Universidad de Melbourne, Australia, demuestra que eran supervisoras o capataces de las grandes fincas agrícolas de la antigua Roma y no se limitaban a las tareas domésticas internas.

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El hombre debe trabajar fuera y la mujer dentro

En las últimas tres décadas se ha promovido la imagen de que estas mujeres estaban completamente apartadas de las actividades de cultivo y producción a gran escala, limitándose a vigilar las raciones de comida y el orden de la vivienda señorial. Sin embargo, el análisis combinado de fuentes literarias latinas, restos arqueológicos e imágenes iconográficas realizado por la investigadora australiana desmonta por completo este estereotipo.

Escena en la que una figura femenina y otra masculina ofrecen guirnaldas a Júpiter para pedir una buena cosecha, mosaico del siglo III d. C. de Saint-Romain-en-Gal, Museo Nacional de Arqueología, Saint-Germain-en-Laye. (Carole Raddato)

Una de las claves de esta investigación radica en la reinterpretación del manual agrícola del escritor romano Columela del siglo I d.C., titulado De re rustica. Aunque Columela inicia el libro 12 de su obra con reflexiones filosóficas tomadas de Jenofonte que defienden teóricamente que el hombre debe trabajar fuera y la mujer dentro de casa, las secciones prácticas de su tratado revelan una realidad muy distinta.

Columela detalla que la vilica debía encargarse de tareas profundamente complejas y estratégicas fuera de la vivienda principal. Entre sus responsabilidades se encontraba la supervisión de establos de bueyes, corrales de ovejas, la esquila de la lana y la organización de los trabajadores agrícolas masculinos. Un hecho que la arqueología de las villas romanas distribuidas por el Mediterráneo occidental respalda con solidez.

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Y es que los yacimientos arqueológicos, como la villa de Varignano en Liguria, Milreu en la antigua Hispania, o Vareilles en el sur de la Galia, muestran una clara separación arquitectónica entre la residencia de los propietarios (pars urbana) y las áreas de producción industrial (pars rustica). El estudio de Lewit destaca que los espacios de trabajo de la vilica no estaban en la vivienda de los señores, sino en los complejos de prensado y almacenamiento. Además, la ausencia frecuente de los terratenientes en las villas delegaba un peso organizativo masivo sobre la figura de esta gestora agraria.

De hecho, la vilica estaba al mando de los dos negocios comerciales más rentables de las villas imperiales: la elaboración de vino y de aceite de oliva. Ella supervisaba la limpieza, preparación y protección del torcularium (la sala de prensas) y de la bodega o cella vinaria. Como indica explícitamente Columela en un fragmento rescatado por los autores del estudio: “La cosecha de aceitunas, al igual que la vendimia, exige de nuevo la gestión de la vilica”.

Altar hallado en la cella vinaria de la villa de Las Musas, Hispania Tarraconensis (Y. Peña Cervantes)

Era ella quien vigilaba a los operarios (cellarii) mientras pesaban y aplicaban la resina líquida para sellar las enormes tinajas de barro o dolia, que almacenaban miles de litros de vino para su posterior venta comercial. Estos complejos industriales superaban con creces el autoconsumo doméstico; por ejemplo, la villa de Vareilles llegó a albergar hasta 650.000 litros de vino.

Además de mostrar habilidades matemáticas para el recuento de los vellones de lana y las ovejas, la vilica desempeñaba un papel líder en el plano espiritual de la granja. El estudio destaca cómo autores antiguos como Catón el Viejo en el siglo II a.C. ya le encomendaban la vital tarea de mantener sagrado el altar de sacrificio (focus) y rezar a los dioses familiares (Lares) por la “abundancia” (pro copia) de las cosechas.

Lejos de ser un detalle menor, en el pensamiento romano los ritos religiosos se consideraban tan determinantes para el éxito financiero de la explotación como las propias técnicas agrarias de cultivo. Si la vilica controlaba el procesado y la fermentación del vino, sería lógico que ella misma realizara los sacrificios rituales a deidades vinícolas como Líber y Líbera.

Este hallazgo reconfigura de forma drástica la comprensión del papel de las mujeres en la economía antigua, demostrando que no fueron participantes silenciosas o invisibles en la historia, sino gestoras eficaces en el sector productivo dominante del Imperio Romano. Aunque ninguna de estas capataces nos dejó un registro escrito propio, la combinación de arqueología y análisis de textos clásicos permite hoy rescatar y escuchar con claridad el eco de sus voces.