La reaparición de la princesa María Cristina de Bélgica ha revolucionado la casa real tras casi dos décadas de absoluto silencio. Alejada durante años de la vida pública y de su propia familia, la hermana de Balduino de Bélgica ha enviado una carta manuscrita a la revista Point de Vue en la que confirma que sigue viva, pero también que no tiene intención de cambiar su estilo de vida.
“Cuanto más pasa el tiempo, más me retiro de la vida social”, afirma de forma tajante, dejando claro que su desaparición no fue circunstancial, sino una decisión firme y prolongada en el tiempo. La publicación francesa, que llevaba años intentando localizarla, ha logrado así una respuesta breve pero significativa que reafirma su voluntad de permanecer en un segundo plano.
La misiva, redactada a mano y enviada desde Estados Unidos, no entra en detalles sobre su día a día, pero sí ofrece algunas pinceladas reveladoras. Entre ellas, un elemento simbólico que no ha pasado desapercibido: el sobre llevaba el membrete con corona y el tratamiento de “Su Alteza Real”. Un gesto que evidencia que, pese a su retirada, no ha renunciado completamente a su identidad como princesa.
Hija del rey Leopoldo III de Bélgica y de Lilian de Réthy, María Cristina creció en un entorno marcado por tensiones familiares y controversias políticas. Hermana también del fallecido Balduino de Bélgica, su vida dentro de la familia real nunca fue sencilla. De hecho, ella misma relató años después una infancia difícil, especialmente por su relación con su madre. “Ya de niña me sentía poco querida, incluso odiada. Nunca era lo bastante buena para ella”, escribió en sus memorias publicadas en 2004, un libro que supuso la ruptura definitiva con su entorno familiar.
En ese mismo testimonio, la princesa reveló uno de los episodios más duros de su vida: la agresión sexual que sufrió en su juventud por parte de un primo, cuya identidad nunca hizo pública. Según su relato, lo más doloroso no fue solo el abuso, sino el silencio posterior obligado por su madre. Décadas después, en su reciente carta, conecta esa experiencia con la actualidad: “Con el caso Epstein y el movimiento #MeToo, me siento concernida. Las víctimas son tratadas como culpables”.
El fin de su vida en palacio
Su distanciamiento de la familia real comenzó a principios de los años ochenta, cuando fue enviada a Canadá. Lo que para sus padres era una medida correctiva, para ella se convirtió en una oportunidad de escapar. A miles de kilómetros de Bélgica, encontró la libertad que llevaba tiempo buscando. “Se sentía prisionera en Bélgica. Incluso desde lejos, temía que la policía la obligara a regresar”, explica su amigo Franck Verhaeghe al medio francés. Y, para evitar esa vuelta, formalizó su nueva vida en el país americano casándose con un pianista.
Desde entonces, su vínculo con Bélgica ha sido prácticamente inexistente. Solo regresó una vez, en 1983, tras la muerte de su padre. Fue una visita breve, casi simbólica, ya que ni siquiera permaneció para el funeral. Y, desde entonces, sus apariciones públicas han sido escasas y siempre marcadas por la necesidad. En 2001, por ejemplo, concedió una entrevista en la que admitía dificultades económicas y un miedo constante: no poder afrontar gastos médicos en caso de enfermedad. Una situación paradójica para alguien con sangre real.
No obstante, y a pesar de las distancias con su familia y su propio país, sus hermanos intervinieron en momentos clave. El rey Balduino financió su divorcio, mientras que Alberto II facilitó que recibiera una asignación económica tras mediar con su madre. Ayudas puntuales que nunca lograron recomponer los lazos personales.
La estabilidad llegó años más tarde, especialmente tras la muerte de Lilian de Réthy en 2002. “Por fin estaba tranquila”, llegó a reconocer la propia María Cristina, dejando entrever hasta qué punto su relación materna había marcado su vida.
Su actual vida en EE.UU.
Instalada definitivamente en Estados Unidos, tras pasar por ciudades como Toronto, Las Vegas o San Diego, la princesa reside actualmente en un pequeño municipio del estado de Washington. Allí lleva una existencia discreta junto a su actual marido, el francés Jean-Paul Gourgues, alejada del protocolo, los focos y cualquier obligación institucional.
Quienes la conocen describen una vida sencilla, sin lujos excesivos pero acorde a su situación económica. “Mi vida es muy sencilla”, ha resumido ella misma, en una frase que define bien su presente: tranquilidad, anonimato y distancia.