
Fue el 19 de junio del año 2014 cuando Felipe VI fue proclamado rey de España. En esta fecha la ciudadanía volvió a convertirse en una observadora privilegiada de tradiciones y acontecimientos de carácter histórico.
Los actos de proclamación, que comenzaron a las 9:30 de la mañana en la Sala de Audiencias del Palacio de La Zarzuela, lograron atraer la atención del público nacional e internacional. Gestos, ausencias, e invitados se convirtieron en el centro de todas las miradas. Aquel 19 de junio todo era objeto de análisis. Así, hubo dos objetos que se convirtieron en grandes protagonistas: la corona de plata y el barón de mando. Se trata de dos insignias reales que acompañaron tanto a Felipe VI como a Juan Carlos I en su proclamación como monarcas de España.
Pocas veces se puede observar de cerca la corona y el cetro de la Corona, que habitualmente se conservan en la cámara acorazada del Palacio Real de Madrid. Estos objetos se guardan junto con manuscritos, relicarios y joyas de gran valor, como las de la Virgen de Atocha. Además de su significativo valor histórico, requieren condiciones específicas de humedad y temperatura para su adecuada conservación. Estas piezas no están almacenadas en sus estuches originales, sino en otros construidos en el siglo XVIII. Estos estuches, elaborados en madera y forrados en piel, presentan tafiletes dorados que recuerdan la encuadernación de un libro.

La enorme carga histórica de la corona y el bastón
La corona, que data de la época de Carlos III, fue concebida inicialmente para los funerales reales. Antes de la coronación de Felipe VI, su última exhibición pública ocurrió en 1980, durante el traslado a España de los restos de Alfonso XIII para su sepultura en El Escorial. Fabricada en Madrid en 1775 por el platero Fernando Velasco, la corona lleva la marca de su creador, visible junto al oso y el madroño, emblemas de la Villa y Corte de Madrid. Desde la Edad Media, el Rey de España es proclamado, no coronado. La corona, diseñada exclusivamente con un propósito ceremonial, no está destinada a ser ceñida. Su tamaño, considerablemente mayor de lo habitual, refuerza esta función simbólica y se utiliza únicamente para exhibirla durante la proclamación del monarca.
En contraste con la sobriedad de la corona, el cetro, datado en la segunda mitad del siglo XVII, es una elaborada pieza de 68 centímetros de largo. Consta de tres cañones de plata sobredorada adornados con filigrana vegetal, aun conservando restos de esmaltes verdes y azules. Originalmente, un bastón de mando, símbolo del Capitán General de los Ejércitos, su uso como cetro se documenta en la Testamentaría de Carlos II. Por esta razón, no figura en ninguno de los retratos oficiales de los monarcas hasta el siglo XIX. Fue la reina Isabel II quien la sostuvo en varias pinturas que se conservan hasta hoy.
El día de la proclamación de Felipe VI, la corona y el cetro se colocaron en el Congreso de los Diputados de manera similar a como fueron expuestos en 1975 durante la proclamación de Juan Carlos I.
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