Seguramente, la década que está transcurriendo la humanidad será recordada por varias razones de gran notoriedad, como son los conflictos y las guerras interminables, el avance imparable del conocimiento y las nuevas tecnologías. También ocupará un capítulo relevante el desarrollo de la inteligencia artificial, y es muy probable que haya alguna otra sorpresa en los años por venir con posibilidad de cambiar la matriz de todo lo conocido.
Lo que no estará, casi con seguridad, es el indicador siempre creciente de la demografía mundial. Esta es la década donde comenzó el declive del crecimiento, donde la fecundidad cayó por debajo de los niveles necesarios para mantener la población constante en el largo plazo.
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Esta desaceleración es un fenómeno nuevo, multicausal y contrapuesto a las preocupaciones que durante siglos han tenido intelectuales, científicos y divulgadores sobre las dificultades demográficas de la humanidad. El nuevo fenómeno ha captado la atención de una nueva camada de investigadores y economistas ocupados por los efectos imprevistos de esa desaceleración, cuyas proyecciones indican problemas impensados y previsiones inmediatas para una realidad de consecuencias inesperadas y de múltiples dimensiones.
La visión histórica: de Malthus al temor a la sobrepoblación
Veamos de dónde parte la temática. Los intelectuales que se abocaron a la demografía durante siglos, con diferentes matices, trabajaron teorías de un crecimiento exponencial de la población, mientras alimentos y otras necesidades básicas lo hacían en forma aritmética. Las conclusiones, unas más alarmantes que otras, rondaban siempre el peligro, con posibilidades de catástrofes ambientales, hambrunas y guerras, vinculando la imposibilidad del planeta de sostener el crecimiento indiscriminado frente al agotamiento de recursos y al deterioro ambiental.
Quizás el representante más conocido de esa corriente fue el británico Thomas Malthus (1766-1834), pero también los estadounidenses Paul Ehrlich, Donella Meadows y Julian Simon, y el indio Amartya Sen, quienes durante el transcurso del siglo XX buscaron generar conciencia sobre los límites y las amenazas de un desarrollo sostenible sin pensar en una planificación seria del crecimiento demográfico ni abordar un debate que incluyera las necesidades del medioambiente para lograr un equilibrio que estuviera a la par de los recursos del planeta.
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Las grandes etapas de la expansión demográfica
Con seguridad, el crecimiento de la población mundial ha sido uno de los fenómenos más importantes de la humanidad. Esto ya permite deducir que cambiar la tendencia creciente por una decreciente tendrá consecuencias serias que deben analizarse y prevenirse con mucha antelación. Muy sucintamente, la historia del crecimiento poblacional podría dividirse en períodos de esta manera:
- La Prehistoria, aproximadamente en el año 10.000 a. C., en la cual la población rondaba los 5 a 10 millones de personas, y con alta tasa de mortalidad infantil.
- La revolución agrícola, que provocó el primer aumento demográfico y los primeros asentamientos firmes, con la llamada “domesticación de plantas y animales”. Comienza el excedente de alimentos y la estructuración de sociedades complejas. Estimativamente, en el año 1 d. C., la población mundial rondaba los 300 millones.
- La Antigüedad, una época de gran expansión territorial, donde los imperios romano, persa y chino jugaron un papel fundamental, con innovaciones tecnológicas en salud y medicina. Luego, la Edad Media fue una etapa de gran inestabilidad, guerras, invasiones y destrucción de cultivos que, sumados a la epidemia de la peste negra, dejó graves secuelas en el crecimiento poblacional.
- La Revolución Industrial, la fuente base de la explosión demográfica. Las maquinarias, el carbón, las mejoras del transporte, más la salud pública y las migraciones masivas del campo al trabajo en fábricas llevó al explosivo número de 1000 millones de personas hacia finales del siglo XIX.
- El cambio de paradigma, en el siglo XX, un cambio radical en la población, debido a la estabilidad económica de posguerra, el aumento de la tasa de natalidad, el desarrollo de muchos países postergados y el avance extraordinario de la tecnología médica, que llevó a iniciar el siglo XXI con 6000 millones de personas distribuidas en todo el planeta.
El quiebre del siglo XXI: la caída por debajo del nivel de reemplazo
Sin embargo, a partir del año 2000, se ha producido un continuo y casi general descenso de la tasa de crecimiento, que sugiere que, en pocas décadas, cuando pase la inercia del aumento, podría estabilizarse y disminuir de manera importante. Ya una gran cantidad de países registran esta tendencia de la caída de la tasa de fecundidad, y colocan a la mayoría por debajo del nivel de reemplazo.
¿A qué nos referimos con esto? A un concepto demográfico que establece el número de hijos que una mujer debe tener para que la población permanezca estable. La tasa aceptada por los países desarrollados es 2,1. O sea, un promedio de un poquito más de dos hijos por pareja, considerando la muerte o la infertilidad de aquellos que lleguen a la edad reproductiva. Esto, que ya está ocurriendo –y de manera notable–, crea efectos complejos en la sociedad, en la economía y en las estructuras familiares que deberían ser guía de las políticas públicas. La desaceleración se puede diagnosticar a partir de múltiples dimensiones, como la baja pronunciada de la tasa de fertilidad familiar, el acceso a la educación de la mujer, los nuevos conceptos sobre la salud y la planificación familiar, los cambios de estilo de vida y la permanente tendencia a la urbanización, sumado a la búsqueda de una estabilidad económica en constante demanda.
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Proyecciones alarmantes: la contracción global en cifras
Este tema, complejo y árido, alejado de los primeros planos y de la política en general, invita a muchas reflexiones, algunas de las cuales están relacionadas con temáticas ajenas y que las vuelven impredecibles. Pero si usted, estimado lector, ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, a estas ideas introductorias, permítame darle algunos ejemplos prácticos que probablemente lo asombrarán: El Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud, dependiente de la Universidad de Washington, asegura que el proceso de contracción irreversible se iniciará en 2064 con la caída sistemática de las tasas de fecundidad, lo que provocará en la humanidad a fin de siglo una reducción de 1000 millones de habitantes. Llevemos esto a ejemplos más prácticos que favorecen la comprensión del fenómeno:
- China (tasa de fecundidad de 1,6) perderá 600 millones de habitantes de los 1400 millones actuales.
- Alemania (tasa de fecundidad de 1,5) perderá 13 millones de habitantes. Actualmente, posee 83 millones.
- Rusia (tasa de fecundidad de 1,5) perderá 21 millones de habitantes de sus actuales 146 millones.
- Japón (tasa de fecundidad de 1,14) tendrá una contracción de 60 millones de habitantes sobre sus actuales 128 millones.
- Importantes regiones de la propia África, más Tailandia, Corea del Sur, EE. UU. y Brasil ya son golpeados por la escasez de crecimiento.
Riesgos y desafíos: un mercado laboral y social en crisis
Quizás lo más impactante es observar que en 2100 el número de niños descenderá casi 300 millones de los actuales 681 millones existentes, y en contrapartida, los mayores de 80 años crecerán a casi 1000 millones de los actuales 680 millones. ¿Se entiende así más fácilmente cuál es problema?
Podríamos preguntarnos qué complicación le acarreará al mundo la impensable –hasta hace pocas décadas– disminución general de la natalidad. En ese mundo de cambios constantes, puede vislumbrarse que, sin duda, se alterarán profundamente las dinámicas sociales, culturales y económicas, lo que incluirá el envejecimiento de la población, la insostenibilidad de los sistemas de pensiones y una transformación brutal del mercado laboral.
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Oportunidades inesperadas: el lado B de la desaceleración
Si no se lleva a cabo un análisis acertado del fenómeno y no se implementan cambios de fondo que impacten en el mediano plazo, las generaciones futuras podrán heredar una carga desproporcionada, incluso, se podría incrementar de manera geométrica la vulnerabilidad de los ancianos y multiplicar la desigualdad social, ya existente en el pasado conocido. La economía podría contraerse seriamente con una fuerza laboral cada vez más reducida, lo que llevaría a crear vacíos imposibles de llenar, incluyendo la transmisión de tradiciones y conocimientos.
Podríamos preguntarnos acá si hay un lado B, que, en este caso, serían aspectos positivos. Pues como en toda acción, siempre hay posibilidades de generar cambios que resulten buenos y oportunos para la sociedad: reducir la presión sobre el medioambiente, acelerar los cambios tecnológicos, que nos “amiguen” con los reemplazos provenientes de la inteligencia artificial, y nos obliguen a innovaciones que transforman profundamente las sociedades volviéndolas más resilientes y adaptativas.
La verdad es que las respuestas posibles son múltiples y pueden deparar sorpresas insospechadas hoy, por la capacidad de cambio de la ciencia y la tecnología de estos tiempos. Pero, algo es seguro: tomar este tema como poco relevante y no dedicarle tiempo, estudio y recursos adecuados solo pueden conducir a un callejón oscuro y sin salida.
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