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Hace 50 años llevaba cuadros en colectivo, hoy Daniel Maman es un referente del arte argentino: “Lo que miro lo siento acá adentro... es algo en las tripas”

Vendía libros hasta que un cliente lo convenció de cambiar. Ahora tiene una importante galería en Buenos Aires y otra en Miami. “Si la Argentina empieza a despegar económicamente de una vez por todas, nuestro arte también va a despegar”, sostiene

Daniel Maman habla del día en que le cambió la vida

Si no fuera por la imponente galería de arte sobre la avenida Libertador, si no fuera por estas obras históricas que cuelgan de las paredes, si no fuera porque sabemos que está cumpliendo 50 años de trayectoria, si fuera solo por la manera en que Daniel Maman habla, uno podría pensar que todo fue casualidad, o dudar de que haya ocurrido. Porque este marchand explica todo todavía asombrado. Como si todavía no pudiera creer que ese chico que vendía libros y los iba a cobrar a las casas haya terminado llevando la obra de Benito Quinquela Martín, la de Emilio Pettoruti, de haber sido, incluso, uno de los encargados de comercializar los cuadros de Fernando Botero. Sabe que algo tiene, que una forma de mirar el arte “desde las tripas” lo trajo hasta acá. Pero cuando lo cuenta los ojos se le ponen chiquitos y brillosos y vuelve la emoción. Dice que no hay casualidades pero su camino lo cree y, a la vez, no lo puede creer.

Pero sí, la noticia dice que este año Daniel Maman celebra 50 años de trayectoria en el mundo del arte y, también, 25 años de la apertura de su galería, Maman Fine Art, fundada en el convulsionado 2001. No fue su primera galería pero sí la primera en que no tuvo socios -la hizo con su esposa, Patricia Pacino- y sí la primera que respondió a sus sueños. Desde ese recorrido, hoy habla de sus comienzos, de cómo fue todo pero, también, de qué tiene y que le falta al arte argentino y de sus grandes proyectos.

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—Porque no arrancaste como vendedor de arte...

—No, no. Yo trabajo desde muy chico, desde que tengo trece años. Trabajé en muchos lugares, hice muchas cosas. En ese momento —tenía 20 años— estaba vendiendo libros de colección. Iba a cobrar una cuota y cuando nos ponemos a conversar, esta persona me dice: “Vos tenés que vender cuadros”. Yo le digo: “Mirá, la verdad que de cuadros no sé nada”. Digo: “Lo único que me liga con el arte es que mi tía tiene un cuadro de Carlos Alonso, pero no sé nada de cuadros”. Y, en las dos horas y pico en que estuve en esa casa, la conversación giró sobre el tema de que yo tenía que vender cuadros.

Daniel Maman celebra cincuenta años de trayectoria comercial y veinticinco años desde la apertura de su galería Maman Fine Art.

—¿Por qué tenías que vender cuadros?

—Porque eso es lo que él me sugirió en ese momento y no dejó de planteármelo a tal punto que cuando salí de esta casa, yo sabía que era lo que iba a ser a partir de ahí el resto de mi vida. Al otro día le pedí a mi papá, que tenía relaciones con algunas galerías, que me presentara a alguien. Y bueno, ahí fue que me presentó Álvaro Castagnino. Que fue el hijo de Juan Carlos Castagnino.

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—¿Por qué trabajabas desde los trece?

—Nuestra generación fue una generación que quería siempre tener su platita y no estar pidiéndole ni a papá ni a mamá. Mi mamá era maestra, mi papá fue periodista, y mis padres se separaron cuando yo era muy chico, tenía 12 años. Entonces todo se puso más complicado, más difícil.

—¿Con quién vivías?

—Era una pelea: una vez con uno, otra vez con otro, hasta que a los 16 años decidí irme a vivir solo a una pensión. Por supuesto, me vinieron a buscar y preferí quedarme en esa pensión. Y bueno, a partir de eso, estudié. Cursé el industrial, entonces pasé a estudiar de noche y a trabajar de día. Estudié Electrónica... y acá estoy con el tema del arte.

—¿Con qué argumento te dijo ese hombre que vendieras cuadros? ¿Económico? ¿Vio algo en vos?

—Creo que él vio algo que después descubrí que tenía y que no sabía que estaba ahí. Ese día salí convencido de que eso era lo que iba a hacer. Mis amigos me decían: “Estás totalmente loco”. Tuve muchas tentaciones para hacer otros trabajos donde me ofrecían mucho dinero, pero las rechacé. Siempre cuento una historia: un cliente me convocó a su financiera y me dijo que quería que trabajara para él. Me ofreció un sueldo que era muchísima plata. En ese momento, vendiendo arte, ganaba alrededor de 1.500 dólares, pero me ofrecía 10.000 dólares. Entonces, le pregunté si me permitía seguir con el tema de las obras y, cuando tuviera que ver a algún cliente, salir y volver. Me dijo: “No, te necesito desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche”. Y le dije que no.

Un joven Daniel Mamán con los artistas Pablo Suárez y Josefina Robirosa.

—¿Cómo te fuiste a dormir con eso?

—Me fui a dormir totalmente tranquilo. Y mirá cómo será la historia que mucho tiempo después terminé viviendo en el mismo edificio donde él vivía, que queda a dos cuadras y media de la galería. Le dije que no totalmente seguro, porque tenía claro que mi rumbo estaba ligado con el arte, que no era algo momentáneo ni un tema de plata. Soy una persona que genera proyectos constantemente y la realidad es que no pienso en la plata. Con mi mujer, Patricia, que me acompaña de toda la vida, que viene del campo de la filosofía y la poesía y que hoy se transformó en historiadora del arte y curadora, nunca pensamos en el dinero. Por eso tenemos tanto arte. Hemos cumplido el sueño que siempre tuve de abrir una galería en Miami. Y eso me permitió, después de que Teresa Anchorena me presentara a Fernando Botero, ser una de las doce personas que manejara su obra a nivel mundial.

—Te enorgullecen los artistas a los que te vinculaste.

—He tenido la suerte y la posibilidad de poder estar en contacto y manejar la obra de artistas muy grandes y de aprender mucho de ellos. Como Rómulo Macció, Luis Benedit, Pablo Suárez, Norberto Gómez, Nicolás García Uriburu.

—Dejame volver un paso atrás. ¿Cómo moviste las primeras obras? ¿Quiénes eran los clientes?

—Álvaro Castagnino me empieza a dar obra en consignación. Había trabajado dos años antes en una cooperativa que se llamaba Cooperativa Villa Ortúzar, que después se transformó en Credicoop. Ahí conocí a personas que se convirtieron en mis clientes para los cuadros. Pero como estaba pasando un muy mal momento y realmente no tenía dinero, al principio llevaba los cuadros en colectivo.

Luis Felipe Noé, Pierre Restany, Nicolás García Uriburu y Daniel Maman.

—¡Qué coraje!

—Bueno, era lo único que podía hacer. Yo me ponía, subía con dos cuadros en una mano, un cuadro en la otra y me ponía detrás del asiento del colectivero para cuidarlos. Y a veces tenía que tomar dos colectivos para llegar a la empresa donde iba a mostrar los cuadros o a la casa donde iba a mostrar los cuadros. Después Álvaro me termina prestando una camioneta...

—¿Eran cuadros del padre?

—No solamente. También me daba cuadros de Enrique Policastro, por ejemplo. Bueno, ahí hice una relación muy grande con Enio Iommi. Yo le vendí mucha obra a Iommi cuando yo era muy chico y en ese momento me miraban y me preguntaban cómo yo hacía para vender esos alambres. Y siempre tuve una atracción especial por la obra de Enio.

—También tuviste vínculo con otro histórico, Raúl Soldi...

—Lo conocí cuando yo era chico. En ese momento, él estaba haciendo la Fundación de Glew y nos hicimos muy amigos. Yo iba tres o cuatro veces por semana al taller y a su casa y nos quedábamos charlando, tomando mate cocido. Él me pintó varias veces y yo lo ayudé mucho con la Fundación de Glew, a tal punto que casi él no tuvo que poner plata porque yo le conseguí fondos a través de canjes por obra. Y el día en que se inauguró la Fundación de Glew, en determinado momento me dice: “Vení conmigo”, y me lleva a la góndola, ese carruaje que él pintaba siempre en sus cuadros. Y estaba todo el pueblo de Glew en la calle y yo iba con él en el carruaje hasta que llegamos a la Fundación y él me hizo subir al escenario. Y para mí era toda una cosa increíble, ¿no?

El retrato de Daniel Mamán que hizo Raúl Soldi.

—¿Hay un tipo de arte que te haya atraído más?

—No, yo soy muy ecléctico. A mí me gusta todo tipo de arte mientras tenga calidad. Una vez me pasó algo en el Museo de Orsay. Iba caminando y entramos con Patricia a la sala de Van Gogh. Cuando entré a esa sala y empecé a ver la pintura, era tal la energía que me golpeaba, que me tuve que sentar. Me quedé sentado como media hora. Eso no me volvió a pasar nunca más.

—Tenés algo ligado a la emoción...

—Es que necesariamente tengo que estar conectado con, con la obra, porque si no tengo un grave problema. Yo no puedo vender algo que a mí no me guste, no me atrape, no me genere pasión. O sea, queda en la trastienda y, salvo que alguien venga y me diga: “Quiero esta pieza”, yo no la ofrezco. Cada vez tengo menos de esas obras, por supuesto.

—¿Cómo fue abrir una primera galería?

—Cuando abrí la primera galería también era muy chico, se llamó Esmeralda Galería de Arte y la abrí en sociedad con Gerardo Sofovich, con el abogado de Gerardo Sofovich y con el contador de Gerardo. Yo conocí a Gerardo a través del abogado, a quien yo le vendía obra, y un día me dijo: “Tenemos que ir a Mar del Plata, te voy a hacer una cita, vamos a hablar con Gerardo”. Fui, hablamos y a partir de eso surgió la posibilidad de, de hacer esta galería. Pero por diferentes circunstancias, mi relación con el abogado de él se puso muy tensa en determinado momento. Y bueno, me fui con mis cuadros y seguí vendiendo desde mi casa. Hasta que en el 88 volví a abrir otra, que se llamó Man&Man.

Daniel Maman y el mercado del arte

—¿Quién era el otro Man?

—Jorge Andelman, que en ese momento tenía mucha obra de Pettoruti y de otros artistas, pero fundamentalmente de Pettoruti. Esa sociedad también duró poco. Aparte había nacido mi hijo Federico, y después Lucía... quería trabajar en casa, pasar mucho más tiempo con ellos.

—Pero acá estamos, en una galería impactante.

—Estuve mucho tiempo trabajando desde mi casa. Hasta que un día dije: “No, quiero abrir una galería”. Empecé a buscar el espacio. Yo quería un espacio grande, con techos altos. Y un día vengo caminando -era un día lluvioso como ahora- y este local, que antes era un local donde vendían autos de Mercedes Benz. Estaba en alquiler. Le pregunto al portero si me deja pasar. Paso, veo el local, me pareció una locura, y dije: “Esto es lo que yo quiero”. Y al otro día estaba sentado con la dueña del local en mi casa firmando el contrato y ya este año se cumplen veinticinco años de que abrimos esta galería en el 2001, que fue el peor momento para abrir una galería y haber hecho lo que hicimos, pero lo hicimos con toda la pasión y la verdad que eso nos permitió pilotear todos los momentos tremendos que tuvo la Argentina.

—De aquellos cuadros que llevabas en colectivo hasta hoy, ¿cómo cambió el mercado del arte argentino?

—El mercado cambió porque se han incorporado muchísimos artistas. De cualquier manera, la palabra “mercado” le queda muy grande a la Argentina, porque en realidad en la Argentina no tenemos mercado de nada. Hay compradores, que es muy diferente a tener un mercado. Ojalá que en algún momento volvamos a tener, como en algún momento pudimos haber tenido, un mercado.

—¿Cuándo?

—En la década del 60 y 70 hay un mercado donde parte de la clase media, media-alta, los profesionales, gente de la colectividad judía, compraba arte y los artistas te vendían en cuotas. Las galerías también. Y había muy buenas galerías.

Operarios y una grúa instalan una escultura de Fernando Botero presentada por la galería Daniel Maman durante el montaje de la feria arteBA 2016.

—¿Qué tiene que saber un galerista?

—No, lo que creo es que un galerista lo que tiene que tener es un gran compromiso con la profesión, gran compromiso con el arte, compromiso con los artistas.

—¿Cómo es tratar con los artistas? Digo, vos no tratás solo con las obras, tratás con los artistas.

—Yo trato con los artistas y, de hecho, a lo largo de estos veinticinco años, he hecho cosas que nunca se habían hecho en la Argentina, como firmar contrato con la mayoría de los artistas y comprarles las obras. Pero, bueno, las relaciones humanas a veces tienen cosas buenas, cosas malas, cosas que uno va aprendiendo. En la relación con los artistas me ha ido muy bien, me ha ido más o menos y me ha ido mal. Como pasa con el tema del fútbol, algunos se olvidan de lo que uno generó cuando tomó a un artista que no valía nada y después vale diez veces más. Pero las relaciones que he tenido son mucho más buenas que malas con la mayoría de los artistas, de los cuales he aprendido muchísimo. Y cada vez intento hacer más cosas, no sólo con las artes plásticas.

—¿Tenés proyectos en otros campos de la cultura?

—Estuve con Franco Macri en el 2005 en China. Él vio las posibilidades de desarrollar negocios con China treinta años antes y me abrió todas las puertas. Pero lo más importante fue que terminamos comiendo en el Palacio del Pueblo con el vicepresidente de China. Algo impensado, como muchas cosas que me suceden a mí que son impensadas. Yo había averiguado que China hacía años culturales con otros países y que nunca había hecho un año cultural con ningún país de América Latina. Entonces, le dije: “Nosotros tenemos que hacer el año cultural argentino en China y chino en Argentina por las relaciones que tenemos”. Después, Néstor Kirchner me nombró para hacer el año cultural argentino en China. Eso no se pudo llevar a cabo. Cuando asumió Macri me nombró nuevamente y logramos, con la ayuda de Hernán Lombardi y de Fulvio Pompeo, lograr firmar con Xi Jinping, cuando fue el G20, un acuerdo para hacer el año cultural argentino en China y chino en Argentina. Eso significaría miles de millones de dólares y miles de puestos de trabajo. Eso en este momento está parado, pero pienso que después del año que viene, después de las elecciones, vamos a tener posibilidades de poder hacer algo.

Daniel Maman y la relación del crecimiento del país con las artes plásticas

—Todo el tiempo me da la impresión cuando hablás que sos ese chico del colectivo que no lo puede creer.

—Una de las cosas de las cuales yo me siento orgulloso es de que sigo siendo el mismo pibe de cuando era chico. Por supuesto que crecí en muchos sentidos, pero tengo la necesidad de creer en el otro, tengo la necesidad de pensar en mi país. Abrí en Miami, pero también para que el país se conociera mucho más. Creo que desde la cultura se pueden hacer muchísimas cosas, si uno desarrolla realmente las industrias culturales, como se desarrollan en países como Brasil, España o Estados Unidos. Porque tenemos un país maravilloso, increíble, único, con gente única también.

—¿Hay algo que el Estado pueda hacer para que haya mercado de arte?

—Sí, el Estado puede promover no solo las artes plásticas, sino todo lo que tenga que ver con la cultura. Sin ninguna duda, la Ley de Mecenazgo a nivel nacional ayudaría muchísimo a que las artes plásticas vayan para adelante. De cualquier manera, las artes plásticas suben cuando el país crece, eso es absolutamente inevitable. Cuando México creció, Frida Kahlo valió lo que valió. Cuando se hizo el primer remate de arte latinoamericano en el año 89, el récord fue un cuadro de Pettoruti que se llama El quinteto, que fue la obra más importante que hizo Pettoruti y la más grande de tamaño. el cuadro Diego y yo, de Frida Kahlo, que Eduardo Costantini pagó 35 millones de dólares el año pasado, ese cuadro se vendió en 30.600 dólares. Seis años después, Marian Martin, que era la encargada del departamento latinoamericano de Sotheby’s, se va de Sotheby’s y abre una galería en Nueva York. Al año sale de vuelta el cuadro Diego y yo a la venta. Y fue el primer cuadro latinoamericano que decía “Precio a consultar”, estaba de base a un millón de dólares. Lo compraron Nanda Bonino con Marian Martin y lo pagaron 1,7 millones de dólares. Un cuadro que seis años antes se había vendido en 30.600 dólares. Y a los seis meses lo vendieron 2,9 millones de dólares. A partir de ahí, le perdí el rastro hasta que ahora Eduardo Costantini lo pagó 35 millones de dólares.

—Me decías que el precio del arte un poco depende del desarrollo del país.

—Si la Argentina empieza a despegar económicamente de una vez por todas, nuestro arte también va a despegar, porque si uno toma el arte argentino como un activo financiero, es lo más barato que Argentina tiene para exportar al mundo, con el agregado y el valor de que estás exportando marca país. Y eso, de una vez por todas, nuestros dirigentes lo tienen que entender, porque es fundamental que lo entiendan. Es fundamental para el desarrollo de la Argentina.

—¿Tenés algún sueño por cumplir todavía?

—Tengo un montón de sueños y algunos se están cumpliendo. Empecé el año pasado, con un grupo de inversores, a comprar pintura internacional. Compré un (Lucio) Fontana, compré un Carmen Herrera impresionante, compré Picasso. Ahora cerrando un nuevo acuerdo para que eso se intensifique mucho más. Compramos en el 2019, toda la obra de Martha Botto y Gregorio Vardánega, que son mil obras y los derechos, y tenemos pendiente de realizar una gran muestra que va a empezar en el Pompidou y va a dar vuelta por todos los museos del mundo, y eso va a llevar alrededor de cinco años más, para ponerlos en el lugar que corresponde y también poner a Argentina en el lugar que corresponde a partir de todo eso.

—¿Qué hay que mirar cuando se mira un cuadro?

—Es que cuando yo miro, lo que miro lo siento acá adentro. Entonces, yo podría versearte y hablar dos horas de tal cuadro, pero es algo en las tripas.

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