Octubre de 2026 llegó con una primavera que se parece poco a sí misma. En Buenos Aires y el Área Metropolitana, un bloqueo atmosférico —un centro de alta presión estacionado sobre el Atlántico— mantuvo el cielo cubierto y las lluvias intermitentes durante casi toda la primera quincena: entre el 7 y el 15, el Observatorio Central registró 9 días consecutivos con precipitaciones, una de las rachas más largas desde 1991. De los primeros 18 días del mes, en 12 hubo lluvia. Cuando el bloqueo por fin cedió, el alivio no vino con sol sino con frío: el fin de semana del Día de la Madre las mínimas cayeron a 7 °C, valores más propios de julio que de octubre.
Hoy, martes 20, el cielo se despejó y el termómetro trepó hasta los 20 °C, pero el respiro durará poco: a partir del jueves las nubes vuelven, con probabilidad de tormentas que el viernes podría superar el 70%. La semana siguiente promete algo más de estabilidad recién hacia el final, con máximas de 20 °C a 22 °C y cielos parcialmente nublados.
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Neruda y la lluvia del sur
Neruda sabía de lluvias largas. Creció en Temuco, en el sur de Chile, una de las regiones más lluviosas del mundo, y en sus memorias escribió que su “único personaje inolvidable fue la lluvia, la gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo”. Esa lluvia atraviesa toda su obra. En el poema dedicado a su mamadre —Trinidad Candia Marverde, la mujer que lo crió después de que su madre muriera al mes de nacer él—, los versos terminan “bajo la dura lluvia de Temuco”. Y en los poemas sobre su padre, el ferroviario José del Carmen Reyes, aparece siempre el pito de la locomotora “perforando la lluvia con un aullido errante”.
La “Oda al sol” forma parte de Nuevas odas elementales, publicado por la editorial Losada en 1956. Neruda la habría escrito alrededor de 1955, un año bisagra en su vida: se separó de Delia del Carril, se instaló con Matilde Urrutia en La Chascona —la casa que había construido para ella en Santiago— y viajó por la Unión Soviética, China, Italia y Francia. Tal vez no sea casual que un poeta nacido bajo la lluvia del sur, en pleno tránsito hacia una nueva vida, haya querido escribirle al sol con esa intensidad: el poema arranca desde la oscuridad y el agua —“No conocía el sol. / Viví en invierno”— y avanza hasta que la luz revienta sobre el trigo, la uva y la madera. El niño de Temuco, que creció con las goteras como único piano, pedía por fin lo que siempre le había faltado.
Oda al sol
No conocía el sol. Viví en invierno. Era en los montes australes. Las aguas invasoras sostenían la tierra, el firmamento era un pálido paraguas desbordado, una medusa oceánica de cabellera verde.
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Llovía sobre el techo, sobre las hojas negras de la noche, bajaba agua celeste desde los desdentados ventisqueros.
Después crucé los climas. Y en el desierto, redondo, arriba, solo, el sol de fuego con sus deslumbradoras crines rojas, el león en su círculo de espadas, la flor central del cielo.
Oh sol, cristal paterno, horario y poderío, progenitor planeta, gigante rosa rubia siempre hirviendo de fuego, siempre consumiéndote encendido, cocina cenital, párpado puro, colérico y tranquilo, fogón y fogonero, sol, yo quiero mirarte con los viejos ojos de América: guanaco huracanado, cabeza de maíz, corazón amarillo, lunar de oro, cuerpo quemante, zanahoria ardiente, hermosa es tu mirada, apenas tocas la rama nace la primavera, apenas, cola de ámbar, tocas los trigales y se derrama el trigo repitiendo tu forma, pan, pan del cielo, horno sagrado, tú no fuiste estrella blanca, hielo, diamante congelado en la mirada de la noche: fuiste energía, diurno, fuerte fecundador, potro celeste seminal semillero y bajo tu palpitante pulso la semilla creció, la tierra desnudó su forma verde y nosotros levantamos las uvas y la tierra en una copa ardiendo: te heredamos: somos hijos del sol y de la tierra.
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Los hombres de América así fuimos creados, en nuestra sangre tierra y sol circulan como imanes nutricios, y te reverenciamos esfera tutelar, rosa de fósforo, volador volcán del cielo, padre de cordilleras, tigre germinador, patriarca de oro, anillo crepitante, germen total, incubador profundo, gallo del universo.
Obras escogidas (Ed. Andrés Bello, Santiago, 1972), p. 138.
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