
El físico italiano Carlo Rovelli propone en Sobre la igualdad de todas las cosas que la mecánica cuántica relacional permite pensar el universo como una trama de procesos, perspectivas y vínculos, sin propiedades fijas ni un punto de referencia absoluto. El investigador, que dirige un grupo de investigación sobre gravedad cuántica en Marsella, extiende principios de la física hacia una visión en la que “electrones y mentes, piedras y leyes, juicios y galaxias no difieren esencialmente en su naturaleza”.
El libro desarrolla esa idea en seis capítulos, presentados como lecciones, y reúne referencias que van desde Francis Bacon, los murciélagos y el conductismo hasta Henri Bergson y el big bang. Su índice refleja el alcance de una obra que combina física, filosofía, tradiciones antiguas y preguntas sobre la experiencia humana.
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Rovelli, autor del éxito internacional Siete breves lecciones de física, sostiene que los sistemas físicos adquieren propiedades solo en relación con otros sistemas físicos. Nada permanece inmóvil y no existe un centro fijo alrededor del cual todo lo demás se desplace.
La primera lección parte de la teoría de la gravedad cuántica relacional para cuestionar la noción de un mundo formado por objetos con rasgos permanentes. La realidad estaría compuesta por relaciones entre sistemas, y esas relaciones cambiarían de acuerdo con la perspectiva desde la que se las observe.

La linealidad es otro de los supuestos que el físico pone en discusión. En lugar de buscar un fundamento final de las cosas, plantea aceptar una circularidad sin término último: cada explicación remite a otra, sin alcanzar una base definitiva.
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El mundo tampoco estaría hecho de cosas aisladas, sino de procesos. “Incluso una piedra es un proceso”, afirma Rovelli, quien incluye a los seres humanos dentro de esa condición cambiante.
El tiempo forma parte de esa transformación. No transcurre a la misma velocidad en todos los lugares y el conocimiento de cualquier fenómeno solo puede ser parcial, porque depende de la posición desde la que se observa.
La consecuencia puede resultar inquietante. “La imagen resultante de la realidad es perturbadora. Todo hecho es solo un hecho relativo a otra cosa, e incluso el hecho de que un hecho sea relativo a otra cosa es, a su vez, relativo. No existe un nivel de base”, escribe el autor.
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Sin embargo, esa falta de certeza no invalida la experiencia humana. “Nada de esto nos impide describir el mundo desde una perspectiva. La nuestra”, señala Rovelli, aunque la física obliga a reconocer que existen otras miradas posibles.
La propuesta se inscribe en una corriente que concibe el mundo como un conjunto de relaciones interconectadas. El enfoque dialoga con trabajos del micólogo Merlin Sheldrake, la botánica Robin Wall Kimmerer, el fisiólogo Denis Noble y el escritor de naturaleza Robert Macfarlane.
La importancia otorgada a la perspectiva y a las relaciones en la física coincide con cambios intelectuales en la antropología social, la ecología y la biología. Esas disciplinas cuestionan la idea de que los seres humanos observan la naturaleza desde afuera y proponen comprenderlos como parte de ella.
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Rovelli se distancia de aspectos de la Ilustración asociados con la certeza, la linealidad y una confianza excesiva en la razón. Frente a esos principios, propone asumir “la ágil ligereza de la circularidad, la complejidad, la ambigüedad, las metáforas, las emociones, la aceptación de la incertidumbre y el cambio”.

El físico tampoco considera que la cultura humana sea inferior o incompatible con las ciencias exactas. Observa que el término “conciencia” reemplazó a “alma” por parecer más científico, aunque ambos conceptos conservan una dimensión imprecisa.
Mientras se reconozca que los procesos físicos sostienen todo lo existente, Rovelli no ve impedimentos para “hablar tranquilamente del alma y las emociones, como hablamos de las mesas, incluso si las mesas son conjuntos de átomos”.
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La explicación de conceptos como la gravedad cuántica de bucles y la granularidad del espacio-tiempo exige una base previa de física. Aun así, el libro presenta una reflexión coherente sobre la realidad y concluye que los seres humanos son sistemas físicos que danzan entre otros sistemas físicos: el mundo “es nuestro hermano de sangre”.
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