Viva Frida, la gran muestra que el Malba inaugura este sábado —con horario extendido hasta la medianoche— en el marco de los festejos por sus 25 años, reúne por primera vez en América del Sur más de 300 objetos y piezas originales de Frida Kahlo —trajes de tehuana, accesorios, corsés ortopédicos, fotografías, cartas y documentos de archivo— en una exposición que permanecerá abierta hasta marzo de 2027 y que ya figura entre los grandes acontecimientos culturales del año en Buenos Aires.
La muestra llega a Buenos Aires tras pasar por el Victoria & Albert de Londres y el Museo de Bellas Artes de Houston
La exposición, que la noche del sábado inaugural extenderá el horario del museo hasta las 0.30 con DJ sets en la Plaza Perú, fue presentada por la Semana de la Alta Costura Argentina y el Museo Frida Kahlo Casa Azul de México, bajo la dirección general de Elina Costantini. Comisariada por la Dra. Circe Henestrosa con la colaboración de Gannit Ankori, la muestra integra además dos colecciones privadas a la Colección Malba–Costantini, lo que le da un carácter inédito incluso para quienes ya la vieron en otras sedes internacionales.
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Los objetos personales de Kahlo, redescubiertos en 2004, son el núcleo de la muestra
Cuando en 2004 se abrió una habitación sellada en la Casa Azul, en la Ciudad de México, el hallazgo transformó la forma de comprender a la artista. Allí estaban sus trajes tehuanos con sus bordados intactos, su joyería, sus corsés pintados, sus cosméticos. Esas piezas —que pertenecieron a Kahlo hasta su muerte en 1954 y permanecieron guardadas durante décadas— son el corazón de Viva Frida. Al verlas en conjunto, el visitante no accede solo a la obra de una pintora: accede a la construcción deliberada de una identidad.
El vestido como armadura política e identitaria
La curadora Henestrosa sitúa la vestimenta y la auto-representación en el centro de la práctica artística y vital de Kahlo. Su adopción de la indumentaria tehuana, arraigada en la cultura matriarcal de Oaxaca, fue al mismo tiempo una declaración política y un medio de construcción identitaria en la que convergían raza, género, clase y herencia indígena. Al mismo tiempo, la ropa le permitió negociar con su cuerpo: ocultó el impacto físico de sus condiciones médicas y transformó el vestido en un lenguaje que hablaba donde las palabras no alcanzaban.
La selección pictórica es acotada pero contundente. Autorretrato con chango y loro (1942), joya de la Colección Malba–Costantini, convive con Diego y yo (1949) —el último autorretrato de Kahlo antes de morir, que en 2021 batió un récord en subasta para el arte latinoamericano— y la litografía Sin título (El aborto) (1932). A estas piezas se suma un importante conjunto documental que perteneció a la crítica de arte y amiga de la pintora Raquel Tibol, con fotografías, cartas y objetos personales. La decisión curatorial de privilegiar los objetos sobre las pinturas es en sí misma una afirmación: la vida de Kahlo fue, en sí misma, una obra de arte.
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Viva Frida incorpora además material fotográfico, audiovisual y objetos que sitúan a Kahlo dentro de redes artísticas más amplias, su vínculo con la herencia mexicana y su lugar en la modernidad global. El resultado es un retrato con matices de una artista que comprendió profundamente el poder de construirse a sí misma: como mujer, como mexicana, como militante, como enferma crónica que transformó el dolor en imagen. La muestra permanece abierta en el Malba hasta marzo de 2027.
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