El texto sobre La Odisea que Infobae Cultura publica a continuación pertenece a la cuenta de la plataforma online de newsletters Substack de Slavoj Žižek, el filósofo y crítico cultural esloveno, una de las voces más provocadoras del pensamiento crítico contemporáneo. La cuenta, bautizada como ŽIŽEK INCITA Y PROVOCA, arrancó en diciembre de 2023 con un mensaje tan breve como elocuente: “Libre de todas las formas de censura que impregnan nuestros medios, Žižek evoca y provoca la filosofía, la política, la cultura, y así sucesivamente”. En su primera entrada, el propio Žižek explicó el gesto: “Estoy cansado de la censura y de los editores puritanos (…) Editan todos mis matices y chistes subidos de tono”, y convocó a sus lectores a ese espacio bajo la fórmula que lo identifica: “Bienvenidos al desierto de lo real”.
Lo que sigue es su lectura de La Odisea, la película de Christopher Nolan.
Finalmente, un buen drama de cámara
Cuando, hace un par de décadas, Simon Rattle interpretó Gurrelieder de Arnold Schönberg en Berlín, le preguntaron cómo podía conciliar Gurrelieder (cuya interpretación exige una orquesta gigantesca con 400 miembros adicionales en el coro) con el célebre y mordaz comentario de Schönberg de que, en la Europa civilizada, todo lo que se necesita para lograr el efecto deseado en una interpretación musical son seis, como máximo siete músicos: solo necesitamos orquestas para los americanos primitivos… Rattle dio una respuesta precisa: Gurrelieder es simplemente una pieza de música de cámara que necesita 600 intérpretes para ser interpretada adecuadamente… Creo que esta paradoja refleja perfectamente la grandeza de La Odisea de Christopher Nolan.
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Mi primera reacción ante La Odisea fue de gran sorpresa: después de leer numerosas críticas fascinadas por escenas espectaculares y gigantescas y la cruda autenticidad de las batallas, la película en sí me pareció casi lo opuesto a estas descripciones: un drama bastante modesto, casi de cámara, que por momentos me recordaba a producciones de serie B. Nunca vemos la playa frente a Troya con miles de soldados griegos y cientos de barcos en el agua detrás de ellos; no hay una batalla campal con cientos de soldados luchando. Los griegos en la playa son en su mayoría un pequeño grupo de unas pocas docenas de individuos perdidos en medio del mal tiempo sobre la desolada arena. Troya tampoco aparece como una megaciudad, sino más bien como un conjunto de edificios con calles angostas y retorcidas entre ellos. Además, Nolan evitó mostrar directamente una crueldad excesiva—basta recordar el pasaje de la nave de Ulises entre Escila y Caribdis. Caribdis no es un remolino gigantesco (fácil de representar con efectos especiales), sino un círculo de agua muy modesto que no implica ninguna amenaza aterradora… Estas observaciones no son una crítica: señalan aquello que hace grandiosa a la película.
Algunos comentaristas ya habían señalado hace tiempo que, mientras la Ilíada se centra en las hazañas masculinas y reduce la presencia de las mujeres a meros elementos de fondo, la Odisea también da protagonismo a la vida interior de las mujeres. La Ilíada comienza con la rabia de Aquiles: está furioso porque Agamenón le quitó a la esclava Briseida—sin embargo, Aquiles no está afectado por un apego emocional a Briseida; lo que importa es simplemente que su orgullo fue herido. La Odisea cambia por completo la perspectiva, y Nolan da un paso aún más crucial e ingenioso: las conocidas y bellas estrellas que interpretan a las mujeres (Anne Hathaway, Charlize Theron…) no son idealizadas en su belleza—la manera en que están filmadas, a veces de forma casi embarazosa, muestra plenamente su edad. En su mayoría están desexualizadas (aunque Calipso retuvo a Ulises como amante durante años, no hay tensión erótica en su relación). Esta desexualización alcanza su punto máximo en la figura de Circe, excelentemente interpretada por Samantha Morton. En el poema, Circe es una seductora: convierte en cerdos a los hombres que rechazan su cortejo y retiene a Ulises como amante durante un año; en la película, en cambio, simplemente siente asco por la glotonería masculina y los convierte en cerdos cuando no pueden dejar de comer. Es la más alta figura masculina, Agamenón, quien en realidad no está personalizada: en su mayoría no vemos su rostro, que está oculto tras un gigantesco casco, y esto mismo ocurre con los soldados troyanos, que son anónimos y despersonalizados, de modo que, aunque la película muestra los crímenes y trampas de los griegos, no lo hace oponiéndolos a troyanos más honestos y simpáticos.
Nolan no solo lamenta el declive de la Edad de Bronce heroica—lo hace exponiendo la sucia y ordinaria realidad de los actos heroicos ignorados por los relatos poéticos. Ejemplo de ello es el propio caballo de Troya. (Dado que el punto de partida de La Odisea [la película] es el caballo de Troya, no puede pasarse por alto la ironía de que el caballo de Troya no es mencionado en la Ilíada, el poema sobre la guerra de Troya, y solo aparece brevemente en la Odisea; su descripción detallada solo se halla en la Eneida de Virgilio, que relata la caída de Troya). Olvida a los griegos ocultos saltando cuando el caballo es introducido en Troya—Nolan muestra, con un detalle repugnante y claustrofóbico, la vida de estos héroes mientras esperan durante días dentro del caballo, orinando y defecando unos sobre otros, es decir, “lleva al público al interior del caballo de Troya en una escena extensa y visceral que muestra las horribles y estrechas condiciones de quienes se ocultaban dentro, subrayando su maníaco y animalístico deseo de prevalecer en la batalla”. ¿No es este procedimiento, desde el punto de vista actual, casi un caso de distanciamiento brechtiano (Verfremdung)?
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Ulises menciona en la película que se encuentran al final de la Edad de Bronce—una autodenominación absurda que pone de manifiesto la falsedad de su conciencia histórica: Ulises, por definición, no podía saber de la Edad de Bronce como una época histórica, pues aún formaba parte de ella; no tenía conciencia de lo que sería el nuevo mundo que sus crímenes ayudarían a fundar. Lo que podríamos llamar el pecado original ocurre al principio mismo de la película: vemos a Sinon, un joven soldado griego, custodiando el caballo de madera, medio enterrado en la arena de la playa. Está allí para decirle a los troyanos que los griegos se han marchado y que el caballo es un obsequio de reconciliación, que los troyanos deben arrastrar a la ciudad. Pero Ulises no le dijo a Sinon que soldados griegos de élite estaban escondidos dentro del caballo: Ulises sabía que la patrulla troyana mataría a Sinon, y quería que los troyanos creyeran la explicación que Sinon les daba (que era simplemente un regalo ritualizado marcando el fin de la guerra). ¿Por qué? Porque Ulises (correctamente, con toda probabilidad) suponía que si el propio Sinon no creía en la mentira sobre el caballo, no sería capaz de convencer a los troyanos… Dante tenía razón al situar a Ulises en el octavo círculo del infierno en su Infierno.
Las reflexiones finales de Ulises en la película apuntan de manera evidente a nuestra situación contemporánea: así como las manipulaciones y mentiras de Ulises anuncian el fin del espíritu heroico de honor de la Edad de Bronce y la llegada de la Grecia clásica, hoy la era de las máquinas utilizadas por la humanidad para controlar la naturaleza y a las personas está llegando a su fin. Estamos entrando en una nueva era caracterizada por dos rasgos principales: el dominio de la inteligencia artificial y el auge de la cultura de la “posverdad”. Por eso, como en La Odisea, hoy escuchamos por todas partes la idea de que nos estamos acercando a un borrado civilizatorio y, como en La Odisea, no tenemos una idea precisa de lo que vendrá después: una civilización nueva y mucho más avanzada, o una nueva barbarie (o una combinación inédita de ambas). No podemos evitar recordar aquí el célebre aforismo de Walter Benjamin: “No existe documento de civilización que no sea a la vez un documento de barbarie.” Por lo general, la ideología solo ofrece el glorioso inicio de una nueva civilización, ignorando el trasfondo oscuro—su barbarie fundacional. La Odisea de Nolan hace lo contrario: se centra en los crímenes fundacionales sin dar ningún indicio de la nueva civilización que esos crímenes fundarán.
Me siento tentado a leer La Odisea del mismo modo en que Fredric Jameson propuso leer Antígona: para él, Antígona no es una obra sobre la crisis de la polis griega, sobre la desintegración de su unidad orgánica, sino, por el contrario, una obra sobre el surgimiento del Estado a través de la división entre la esfera familiar privada y la esfera pública del Estado—un Estado sin esta grieta no es un Estado. ¿Y si La Odisea tampoco es únicamente la triste historia de la desaparición de los guerreros heroicos de la Edad de Bronce y el surgimiento de un nuevo espíritu de engaño y mentira? Es, a su vez, la historia del nacimiento de una nueva civilización (la Grecia clásica), del crimen y el engaño sobre los que se levantó el modelo que sostuvo toda la tradición occidental—su filosofía y su arte. La nostalgia de Ulises por la desaparecida Edad de Bronce es, por lo tanto, falsa: una vez estamos en el nuevo orden, no hay retorno; todo intento de restaurar la antigua grandeza termina en una nueva y brutal barbarie.
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Incluso el célebre capítulo de Adorno sobre Ulises en Dialéctica de la Ilustración no da en el clavo cuando presenta a La Odisea como la máxima alegoría de la civilización occidental: Ulises es un sujeto prototípicamente burgués que reprime sus propios deseos y explota la naturaleza para sobrevivir. Engaña y miente para ejercer dominio sobre los demás y la naturaleza, pero el precio que paga por su supervivencia es que esta se convierte en un fin en sí mismo, sin servir a ningún propósito espiritual superior—lo que debía ser solo un instrumento se vuelve un fin en sí mismo… Creo que las manipulaciones de Ulises, su disposición a sacrificar vidas individuales para asegurar la supervivencia de un conjunto mayor, son algo más que pura razón instrumental. Es una forma de astucia que conlleva su propia y perversa satisfacción en las renuncias que impone a los demás y al propio héroe.
Al final de la película, Ulises y Penélope instalan a su hijo Telémaco como nuevo rey y abandonan Ítaca rumbo a Occidente para encontrarse con todos los soldados cuya muerte fue responsabilidad de Ulises, y hacer las paces con ellos. Mi idea malvada es que (en una escena añadida, intercalada con los créditos finales) veamos a Ulises y Penélope llegar a América y contactar con los nativos, quienes los masacran de inmediato al percibir rápidamente su capacidad destructiva…
Y, para concluir con una nota más esperanzadora, quizás sea señal de que la civilización persiste el hecho de que, a pesar de una campaña negativa gigantesca, una película difícil y oscura como La Odisea siga siendo un gran éxito, superando a estúpidos éxitos comerciales como Moana y Minions & Monsters.
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