La banana Cavendish, la variedad que domina los supermercados del mundo, podría desaparecer de las góndolas en la próxima década o en las dos siguientes por el avance de la enfermedad de Panamá, un hongo que aprovecha la uniformidad genética de una fruta convertida en el eje de una industria de casi USD 35.000 millones.
Esa misma fragilidad abrió una carrera científica y comercial para encontrar o diseñar el reemplazo de la banana más consumida del planeta, tal como desarrolla el científico agrícola James Dale en The Future of Bananas.
El riesgo no es menor porque la aparente normalidad de la banana amarilla oculta una rareza biológica y comercial. Aunque en los mercados suele verse una sola clase, existen cientos de variedades: las Fe’i de la Polinesia son rectas y de color naranja intenso, y en la isla de Java hay bananas azules cuyo sabor recuerda a una crema.
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La hegemonía de la Cavendish no se explica por azar. Su cáscara gruesa, su maduración lenta y la ausencia de semillas grandes e indigeribles la volvieron especialmente apta para el comercio internacional y atractiva para los consumidores.
El mismo rasgo que la hizo popular es el que hoy amenaza su continuidad. Al no tener semillas, las plantas Cavendish solo pueden reproducirse por clonación: se plantan sus retoños y de ellos brotan nuevas plantas, genéticamente casi idénticas entre sí.
Esa uniformidad vuelve vulnerable a toda la variedad frente a un mismo patógeno. La enfermedad de Panamá, descubierta en Australia a fines del siglo XIX, se expandió con ayuda de la actividad humana, avanzó por Asia y África durante la década de 2010 y llegó a Sudamérica en 2019.
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Ni siquiera los tratamientos con fungicidas cambiaron el diagnóstico entre los productores. La idea de que la Cavendish dejará de estar en las estanterías en los próximos 10 o 20 años está ampliamente aceptada en la industria.
Dale, investigador de la Queensland University of Technology, parte de una premisa nítida: la Cavendish no tiene futuro, pero la banana como producto masivo sí puede tenerlo si la ciencia encuentra una sustituta antes de que colapse el sistema actual.
El desafío no consiste solo en obtener una banana resistente a la enfermedad. También debe conservar el sabor, la textura y la facilidad de transporte que convirtieron a la Cavendish en estándar global, porque los intentos de comercializar variedades con un perfil distinto no prosperaron entre los consumidores occidentales.
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Hay dos caminos principales. Uno es cruzar la Cavendish con variedades resistentes; el otro, editar su genoma para reforzar su tolerancia a enfermedades. El primer método enfrenta una dificultad básica: la falta de semillas, aunque una de cada 10.000 plantas aproximadamente sí las produce. Aun así, ese procedimiento sigue siendo incierto, porque no garantiza que la descendencia conserve las cualidades comerciales deseadas.
Dale considera más prometedora la modificación genética, ya que permite intervenir genes concretos ligados a la resistencia, el sabor y la textura. El obstáculo, sostiene, no es solo científico sino regulatorio: mientras Reino Unido, Estados Unidos y Australia flexibilizaron sus normas sobre edición genética, la Unión Europea mantiene una posición contraria.
Ese debate ya tiene un precedente concreto. Dale desarrolló una banana Cavendish modificada genéticamente para resistir la enfermedad de Panamá, y el producto fue aprobado para la venta en Australia en 2024, en lo que el medio presenta como el primer caso mundial de una banana transgénica autorizada para comercialización.
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El investigador cree además que la inteligencia artificial acelerará, durante la próxima década, el diseño de bananas capaces de soportar no solo enfermedades, sino también olas de calor y sequías más intensas asociadas al cambio climático. Esa tecnología podría incluso abrir la puerta a nuevas variedades con sabores y perfiles nutricionales distintos, como una banana morada rica en los antioxidantes que caracterizan a los arándanos.
Para Dale, la principal traba está en la cautela de los reguladores. “Los impactos futuros de las enfermedades y del cambio climático seguramente deben pesar más que la aprensión o la indecisión sobre el uso de tecnologías genéticas avanzadas”, escribió sobre el final del libro.