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Una tesis incómoda sobre la guerra y el espejo que ofrece a los conflictos actuales

“Una dura maestra”, de historiador alemán Dieter Langewiesche, reabre el debate sobre la violencia como motor de cambios políticos

El libro del día: "Una dura maestra. Las guerras de Europa en el mundo moderno", del historiador Dieter Langewiesche

En Una dura maestra. Las guerras de Europa en el mundo moderno, el historiador Dieter Langewiesche sostiene que la guerra ha sido una fuerza creativa en la Europa contemporánea y que, lejos de aparecer solo como destrucción, actuó como condición de posibilidad para revoluciones triunfantes, estados nacionales y nuevos órdenes políticos, una tesis que el epílogo proyecta sobre conflictos actuales como Ucrania y la guerra entre Palestina e Israel.

Esa lectura incorpora además una comparación incómoda entre dos modelos de orden internacional. Langewiesche contrapone el sistema surgido del Congreso de Viena entre 1815 y 1914, al que considera flexible y eficaz para evitar una guerra general europea, con el construido tras la paz de París de 1919, descrito como rígido y generador de resultados desastrosos.

La obra empieza a circular en el mundo hispanohablante gracias a la traducción de Jesús Millán, de la Universitat de València. El libro examina las guerras de los siglos XVIII al XXI en las que intervinieron europeos y las organiza a partir de dos categorías centrales: la guerra total, que convierte a la población civil en la principal cantera de víctimas, y la guerra circunscrita, librada entre ejércitos y practicada por los europeos entre sí en ciertos periodos, aunque no en las sociedades colonizadas.

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Escena después de un ataque en Druzhkivka, en la región de Donetsk, Ucrania. (Iryna Rybakova/ Departamento de Prensa de la 93ra Brigada Mecanizada Kholodnyi Yar de Ucrania via AP)

Una de las ideas más duras del estudio es que dos procesos asociados de manera habitual con la modernización, la revolución y la formación de estados nacionales, no avanzaron sin guerras victoriosas. El argumento aparece condensado en dos fórmulas tajantes: “Sin guerra no hay triunfo revolucionario” y “sin guerra no hay Estado nacional y no hay nación”.

Esa tesis abarca procesos que van de Estados Unidos y Francia a Rusia y Turquía. Según el autor, esos movimientos dependieron de batallas externas, guerras civiles o de la combinación de ambas, y las naciones contemporáneas surgieron de la destrucción de imperios, de mitos guerreros y de demandas de homogeneidad cultural que derivaron en limpiezas étnicas.

Langewiesche no presenta la guerra como maestra en el sentido clásico de Tucídides, sino más bien como una fuerza productiva: para el historiador alemán, casi ninguna de las revoluciones entre los siglos XVII y XX habría tenido éxito sin guerra, y que tampoco la nación se habría impuesto como marco espacial de expansión y límite del Estado. Langewiesche evita responder de forma directa si los resultados justificaron el costo humano de esas guerras.

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Napoleón Bonaparte

La primera gran parte del libro reconstruye las fases de las guerras europeas entre los siglos XVIII y XX. El recorrido comienza con un conflicto de dimensión mundial entre potencias que concluyó con la caída del imperio de Napoleón Bonaparte.

Después llegó una prolongada paz europea asentada por el Congreso de Viena. Ese periodo solo fue interrumpido por contiendas regionales y sostuvo durante cerca de un siglo el dominio planetario de Europa, hasta la Primera Guerra Mundial.

Los tratados que cerraron esa guerra, mal resueltos según esta interpretación, alimentaron nuevos enfrentamientos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. La derrota de Adolf Hitler abrió luego otra etapa de paz europea, garantizada por la tensión entre bloques, hasta que resurgieron las guerras y se llegó a la escalada actual.

Adolf Hitler (AP)

La conclusión más perturbadora del libro es que esa secuencia no pertenece solo al pasado. En el epílogo de la edición española, las guerras de Palestina e Israel y de Ucrania aparecen como casos que, aunque estremecen por la magnitud de las violaciones de derechos humanos, confirmarían la lógica general del autor: Israel habría impuesto por las armas su posición en disputas territoriales sucesivas, mientras rusos y ucranianos intentarían completar por la fuerza sus respectivos estados nacionales tras la invasión.

Langewiesche reconoce que hubo excepciones parciales a ese patrón. Una de ellas fue la emancipación sin guerra de numerosos países tras el derrumbe de la Unión Soviética.

También valora, en una línea próxima a Jürgen Habermas, el éxito de la Unión Europea para evitar combates en su interior. Esa experiencia introduce una esperanza, pero no cancela la ambivalencia general del libro sobre el futuro del continente.

Bombardeo de Israel contra Gaza

Langewiesche toma la desintegración violenta de Yugoslavia como confirmación de su tesis general, pero al mismo tiempo sugiere que la Unión Europea podría representar una ruptura histórica en la que las reglas de los siglos XVIII al XX hubieran quedado obsoletas.

El autor deja abierta la pregunta decisiva: si esa ruptura es definitiva o si solo constituye una interrupción temporal de la función histórica de la guerra y desconfía de las teorías sobre una transformación radical de la guerra en las últimas dos o tres décadas y prefiere insistir en líneas de continuidad de larga duración.

Desde esa mirada, las guerras actuales de Asia Central, Oriente Medio y África se parecen a las guerras coloniales o imperiales que los europeos libraron fuera de Europa hasta el siglo XX. Algunas también guardan parentesco con las revoluciones y guerras civiles que moldearon la historia europea y americana, lo que refuerza una conclusión que atraviesa todo el libro: esas guerras no serían nuevas.