El lunfardo: de “jerga carcelaria” a ser el lenguaje de lo viral en las redes sociales

En “Lenguaje argento”, el especialista Oscar Conde ingresa en el vocabulario popular nacido en el Río de la Plata, que atraviesa edades y clases sociales, y gana presencia en medios y mensajes, como código común que refuerza la pertenencia. Infobae Cultura publica un adelanto

Google icon
"Lenguaje argento" (Taurus), de Oscar Conde

Lenguaje argento propone un recorrido por la historia del español en la Argentina, desde las hablas del siglo XIX hasta el impacto de las grandes inmigraciones, con el lunfardo y las invenciones más recientes como ejes del relato. En el libro, Oscar Conde reconstruye cómo se consolidó un lenguaje popular propio atravesado por influencias europeas, americanas y africanas.

Lejos de una mirada normativa, la obra plantea que la lengua “está viva: cambia, se mezcla, se reinventa” y que ese movimiento también construye identidad. El autor sostiene que en las palabras de uso cotidiano hay una historia y que hablar no solo implica comunicación, sino reconocimiento.

Conde es poeta, ensayista, filólogo y educador. Enseña Literaturas y culturas populares en la Universidad Pedagógica Nacional y Lunfardo en la Universidad Nacional de las Artes, y es docente del Doctorado en Filosofía en la Universidad Nacional de Lanús.

PUBLICIDAD

Oscar Conde (Alejandra López)

Entre sus trabajos figuran Poéticas del tango (2003), Poéticas del rock vol. 1 (2007) y vol. 2 (2008), Las poéticas del tango-canción (2014), Argots hispánicos (2017) y Textualidades alternativas. Casos de literaturas marginalizadas en la Argentina (2021, con Laura Cilento). También publicó el Diccionario etimológico del lunfardo (Taurus, 2004), Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos (Taurus, 2011) y Charly García, 1983 (UNIPE Editorial, 2019).

Además, integra la Academia Porteña del Lunfardo, la Academia Nacional del Tango y la Academia Argentina de Letras.

Infobae Cultura publica un adelanto del libro:

El español de la argentina

Las voces y expresiones que integran el lunfardo (es decir, los lunfardismos) constituyen el elemento lingüístico principal de la argamasa identitaria que articula las distintas variedades del español argentino. Considerado por error, y por larguísimo tiempo, un fruto del mundo delictivo o incluso una jerga carcelaria, el lunfardo no fue una creación de personas que vivían al margen de la ley. Se trata en verdad de un vocabulario popular que nació espontáneamente en las ciudades de la cuenca del Plata pero que, desde hace al menos medio siglo, puede considerarse extendido a todo el país. Si una lengua es un modo de categorizar la realidad, los vocablos surgidos en el habla popular (en nuestro caso, los lunfardismos) constituyen un elemento ineludible en la construcción de la identidad de nuestro pueblo y ese léxico se convirtió en el producto más distintivo del español que se habla en la Argentina.

PUBLICIDAD

Quiero mostrar brevemente a qué me refiero con lo de la extensión de este léxico popular. En el subtítulo anterior me referí a los dialectos del español de nuestro país. No importa ahora si son cinco, siete —como sostienen las lingüistas que trabajaron con Beatriz Fontanella— o incluso algunos o varios más. Es, lo reconozco, un tema discutible. Pero no voy por ahí. Los dialectos son variantes geográficas. Esto quiere decir que en determinadas regiones o territorios (no siempre, o no del todo, coincidentes con la división política de los mapas) hay ciertos usos lingüísticos preponderantes (entonación, maneras de pronunciar ciertos sonidos, modos de construir las frases, determinado recorte del léxico propio de la zona, etc.). Bastaría escuchar cinco minutos, en igualdad de condiciones (idéntica edad, misma capa social y en un mismo contexto), el discurso de un hablante jujeño y el de uno correntino para ejemplificar lo que digo.

El tema es que las variedades geográficas o diatópicas no son las únicas que existen. Hay otras tres: las diacrónicas (que pueden referirse tanto a las etapas históricas de una lengua como al comportamiento lingüístico de las distintas franjas etarias de la población), las socioculturales (determinadas por los niveles de lengua dentro de una comunidad) y las funcionales (determinadas por las diferentes situaciones comunicativas que se le presentan a una persona).

Me detengo brevemente en cada una. Las variedades cronológicas pueden considerarse en dos sentidos. El primero es un sentido histórico, según el cual pueden distinguirse distintas etapas en la evolución de una lengua (cómo se hablaba en la década de 1930, o en la de 1990, o bien cómo se habla en la década actual, por ejemplo). El segundo sentido es el relativo a las edades de los hablantes de una misma época si los dividimos por grupos —no es igual el lenguaje de una persona de 20 años que el de una de 50, por ejemplo—. Por su parte, las variedades socioculturales, también llamadas diastráticas, se relacionan con el grado de dominio de la lengua por parte del hablante (alto, medio o bajo), que por lo general, aunque no necesariamente, está ligado a su nivel educativo. Por último, las variedades funcionales o diafásicas dependen de tres factores distintos:

1) si el acto de habla es oral o escrito,

2) si el tema tratado es un asunto común y corriente o requiere un nivel de conocimiento especializado y

3) si la relación entre los interlocutores es cercana o no, si el trato es de igual a igual o uno de ellos mantiene una posición jerárquica respecto del otro.

Estos tres condicionamientos determinarán en qué tipo de registro va a tener lugar la situación comunicativa: formal, coloquial, familiar, vulgar, elaborado, grosero, espontáneo, etc. De este modo, cada persona genera una variedad única que la define, llamada idiolecto, que está en directa relación con su procedencia geográfica, su situación social, su grado de educación, su oficio o profesión y su edad.

No hay ninguna duda de que los lunfardismos son un hilo invisible que engarza estas cuatro variedades: la pertenencia a un lugar en el que se usa determinado dialecto (geográfica), la franja etaria en la que se encuentra el hablante en cada momento de su existencia (cronológica), el grupo social al que pertenece (sociocultural), que también puede variar a lo largo de la vida en muchos casos, y las modalidades de habla que adopta en cada situación comunicativa en la que se involucra (funcional).

Al principio el lunfardo estuvo limitado a una región (el Río de la Plata), circunscripto a una clase social (la trabajadora) y asociado a una época (fines del siglo XIX y comienzos del XX) y a determinadas situaciones comunicativas (además de las cotidianas, las letras de tango, entre otras varias). Pero, a medida que fue transcurriendo el tiempo, estas esferas fueron acrecentándose, y de tal modo se ampliaron que ese vocabulario originalmente rioplatense traspasó todas las fronteras y se convirtió en un argot nacional. Ese léxico de orígenes humildes se introdujo en todas las clases sociales, atravesó todos los grupos etarios y traspuso la época de la gran inmigración europea y del florecimiento del tango canción. Se convirtió así en un fenómeno de alcance nacional (y hasta transnacional), transclasista y transgeneracional.

De las cuatro modalidades de variación, la que resulta clave para el lunfardo es la funcional o diafásica. En sus comienzos este léxico solo se usaba en determinadas situaciones de comunicación. Pero eso también ha ido cambiando a través del tiempo. La disculpa de un estudiante del nivel superior a su docente para retirarse del aula antes de hora “tengo que ir a laburar, profe” no podría haber sido posible ni en 1900 ni en 1940 ni en 1980. Pero se ha vuelto habitual y hasta aceptable desde los últimos años del siglo XX. Lo mismo sucede con el pedido de aumento de sueldo “no me alcanza la guita”. Un empleado no le podía hablar en ese registro (usando la palabra guita) a su superior hasta hace pocos años —y en algunas empresas esta imposibilidad perdura, por supuesto—. De modo que también en la variedad funcional o diafásica ha habido un corrimiento, que explica a la vez por qué vocablos y modismos surgidos o creados en los sectores populares llegaron a los medios de comunicación y hoy son omnipresentes en las redes sociales y las aplicaciones de mensajes instantáneos escritos u orales.

El uso de cualquier argot (entiéndase: vocabulario popular utilizado o, al menos, conocido por toda una sociedad) implica la generación de un espacio de pertenencia, una suerte de salvoconducto que, al mismo tiempo, coloca a sus usuarios fuera de las normas establecidas, pero dentro de una comunidad. El lunfardo actúa como un marcador de cohesión de grupo, un código lingüístico común que refuerza el espíritu de cuerpo y la identidad individual y grupal. Todos nos identificamos con determinado léxico. El uso de un vocabulario común entre dos o más personas es uno de los elementos que habilita la participación en un grupo de pertenencia, ya sea las compañeritas y compañeritos de la escuela, las y los fans de una banda, las personas que comparten un deporte o una pasión, quienes salen habitualmente a cenar sin sus parejas los jueves por la noche, las amigas y amigos “de toda la vida”, las compañeras y compañeros de trabajo. De modo más general, el lunfardo puede definirnos como porteños o bonaerenses, claro. Pero todavía más: nos define como argentinos.

Esto nos lleva directamente al resbaladizo tema de los argentinismos. Es claro y evidente que el español de la Argentina presenta aspectos contrastantes con el de España o con el de otros países americanos: diferencias de entonación y pronunciación, una fonética determinada —modos propios de pronunciar la ese, la ce, la ye, etcétera—, pronombres alternativos de segunda persona (vos y ustedes) con la consiguiente concordancia verbal con ellos (“vos tenés” y no “vos tienes”; “ustedes tienen” y no “ustedes tenéis”), un vocabulario rural fijado y difundido por la literatura gauchesca, un sustrato aborigen, etc. Pero no es menos claro —ya lo dije— que la variedad metropolitana contrasta a todas luces con la que se habla en el noroeste, en la Mesopotamia, en Cuyo o en Córdoba. Centrándonos exclusivamente en el léxico, hay dos tipos diferentes de argentinismos: por un lado, los localizados en un territorio determinado y, por otro, los de uso generalizado en todo el país, que incluso pueden sobrepasar nuestras fronteras políticas o solaparse en el habla con amplias regiones de países limítrofes, como Uruguay, Paraguay, Bolivia o Chile.

Para comenzar por el primer caso, en efecto, en las distintas zonas de la Argentina se utilizan cotidianamente términos de creación local, en muchos casos deudores de sustratos lingüísticos indígenas. Se trata de verdaderas palabras-emblema de una región, una provincia o una ciudad, no extendidas mayormente al resto del país. Por ejemplo, en la Patagonia se dice darle guaraca a lo que en la región rioplatense se le dice darle máquina. En el noroeste —donde predomina el leísmo español (“no le he visto”)— se le llama guagua o guagüita a un niño de pecho o bien a uno que apenas camina, chango a un chico o adolescente, ramear a arrastrar a alguien por el piso y a lo que en el AMBA se llama la loma del culo se lo denomina la loma del ocote. En Formosa, argelar significa ‘fastidiar’, para decirle a alguien que tenga cuidado se dice chake y, cuando uno rezonga, se dice que se plaguea. En Salta una pachorrada es un montón de cosas de una misma clase y limar la chapa es seducir a una novia ajena. En Catamarca se usa achalay para expresar el deseo de que algo vaya a suceder o para manifestar admiración o sorpresa. En Tucumán cholo equivale a ‘falso’ y ututear quiere decir ‘investigar bien’. En La Rioja, a la carestía se la llama carura y al mimoso, ñañero.

En Cuyo, por su parte, cuando una calle llega a su fin se dice que topa y a la parte más baja de algo se la denomina pando o pandito. Puntualmente, en la provincia de Mendoza güevón es una fórmula de tratamiento habitual entre varones y asado quiere decir ‘harto’ y palangana, ‘pedante’; en San Juan, por su parte, una contestación es un contesto, un panzón es un guatón y, cada vez que alguien es tratado con severidad, se dice que lo rigorean. En la ciudad de Rosario el tostado de jamón y queso con ketchup o salsa golf (y a veces con más ingredientes) es un carlitos. En Córdoba un tipo cualquiera es un culiao, que algo a uno lo cague de gusto es que le gusta mucho, un priteado es una mezcla de vino tinto común con gaseosa Pritty de limón, un carteludo es un ostentoso y una penca es alguien a quien no nos podemos sacar de encima. En Entre Ríos cursearse significa ‘asustarse’, un problema o un desorden es un cachiquengue, algo de lo mejor es a todo culo y la locución la voy tacuareando quiere decir ‘sobrevivo como puedo’. Sin duda alguna, cualquiera de estas voces y expresiones son argentinismos, pero ninguna es un lunfardismo, dado que no han surgido ni se han difundido a partir de su uso en el Río de la Plata.