Un email a J. M. Coetzee: cómo escribir un libro junto a un premio Nobel (sin morir en el intento)

El autor argentino cuenta aquí la historia que dio lugar a la publicación de ‘El mal salvaje’, un relato a dos voces que conecta historias de la conquista en Sudamérica, Australia y África

Fabián Martínez Siccardi y JM Coetzeel, coautores de 'Un mal salvaje'

Cuando recibí el primer texto de JM Coetzee para dar inicio a la escritura de Un mal salvaje, estaba comprando repollitos de Bruselas. Abrí el archivo en el celular mientras le pagaba a la verdulera y empecé a leerlo mientras esperaba el vuelto. Coetzee me mandaba el relato de la violencia contra los bosquimanos en Sudáfrica. Metí los billetes en el bolsillo como un autómata y al salir de la verdulería me llevé por delante una pila de cajones vacíos. Seguí leyendo y empecé a hiperventilar. Di varias vueltas a la manzana, llamé por teléfono a mi hija Fiona (papá, me dijo, no te pongas nervioso), entré a mi casa y me hice un té de manzanilla. Todo ese tiempo pensando cómo se me había ocurrido la impertinencia de narrar al lado de uno de los narradores más respetados en lengua inglesa de los últimos cincuenta años.

Si hubiera estado a punto de lanzarme desde un avión en paracaídas, mirando la tierra diminuta a cientos de metros debajo de mí, habría sentido más o menos el mismo susto, pero con una diferencia. Nunca tuve el deseo de saltar con paracaídas, no es algo con lo que siquiera he fantaseado. Un mal salvaje era un libro que hacía años quería escribir, desde antes que hacerlo junto a JM Coetzee fuera un sueño que me hubiera permitido soñar. Una vez que Fiona y el té de manzanilla lograron calmarme, regresé de a poco al centro de las cosas y se hizo evidente que la única respuesta posible era arremangarse y ponerse a trabajar.

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Volvamos un poco atrás. En 2014, Coetzee llegó a Buenos Aires para inaugurar la cátedra Literaturas del Sur en la Universidad de San Martín (UNSAM). La noticia me entusiasmó mucho. Hacía años, desde antes de que recibiera el Nobel, que leía sus libros y los volvía a leer. Su obra ocupaba un espacio importante de mi biblioteca. Me anoté en el primer seminario, más que nada para conocerlo a él, pero pronto descubrí algo más.

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Portada de “Un mal salvaje”, de JM Coetzee y Fabián Martínez Siccardi

En esas clases, dictadas por escritores y académicos de África y Australia que Coetzee había convocado, mientras leíamos a Patrick White y a Nadine Gordimer, entre otros autores, comencé a ver paralelos entre Australia, Sudáfrica y Argentina que desconocía. Paralelos que se organizan en torno a experiencias compartidas, como la relación ambivalente con sus territorios internos --el Outback, el Karoo y la Patagonia (el “Desierto”)--, percibidos simultáneamente como espacios de fascinación y amenaza, marcados por procesos de conquista, negación y violencia hacia los pueblos originarios. Vi la forma en que sus identidades nacionales, como ex colonias, se construyeron en una tensión similar con sus metrópolis dando lugar a vínculos persistentes de dependencia y rechazo. Tomé más consciencia de la pertenencia común al hemisferio sur, lo que implica una experiencia compartida del tiempo —estaciones invertidas, celebraciones estivales de fin de año— y nuestra orientación simbólica y material hacia el Norte. Y también reconocí entornos parecidos a los de mi infancia en la estancia patagónica de mis abuelos: el aislamiento, las ovejas corriedale y los tanques de agua construidos con chapas de zinc que aparecían en historias de Australia y Sudáfrica.

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De allí me nació la idea de escribir un libro que pusiera a la par historias de colonización en estos tres países. Hablé primero con Arthur, un amigo académico sudafricano, que conocía desde hacía años. Luego me pasaron el contacto de James, un escritor de Tasmania. Entusiasmados todos con la idea, nos pusimos a trabajar cada uno en nuestras historias. Un año más tarde, sólo yo había avanzado con el texto. Cancelamos amigablemente el proyecto conjunto y continué hasta terminar mi relato: la historia de mi familia patagónica, desde la llegada de mis bisabuelos a Santa Cruz en 1910 hasta fines del siglo XX, a la par de la historia indígena, las huelgas y los fusilamientos de los peones de estancia y la lenta incorporación de la Patagonia al resto del país. Ese texto, bajo el título de Patagonians, se va a publicar por Alfaguara en noviembre de 2026.

Entre las idas y vueltas con mi idea inicial del libro, yo seguía asistiendo a los seminarios de Literaturas del Sur que se repetían cada tantos meses. En uno de ellos, surgió una invitación a cenar con un grupo en el que estaba Coetzee. Hasta ese momento nuestras interacciones se habían limitado a saludos silenciosos y me entusiasmó la posibilidad de conversar con él cara a cara. Terminé sentado a su lado en una mesa redonda. Había ruido de cubiertos, conversaciones cruzadas, mozos que iban y venían. La primera media hora Coetzee la pasó hablando con la persona que estaba en su otro costado, mientras yo doblaba la servilleta de tela, tomaba agua de a sorbitos e intentaba hablar con otras personas en la mesa que apenas conocía.

De pronto, Coetzee se dio vuelta.

Fabián Martínez Siccardi cuenta cómo conoció y desarrolló un proyecto literario junto al escritor sudafricano J. M. Coetzee

Dora Diamant, la última mujer que vivió con Kafka, escribió que cuando Kafka miraba a alguien, lo hacía sentir como la única persona existente en el universo. Me pasó algo parecido. El entorno se desdibujó de repente y en el restaurante sólo existíamos Coetzee y yo. No me acuerdo cómo empezó la conversación, pero sí que terminamos hablando del glifosato, yo tratando de recordar mis años de ingeniero agrónomo para explicar la manera en que el glifosato interrumpe la cadena de respiración de las malezas y no la de la soja, ante los ojos penetrantes de Coetzee que me miraba con una curiosidad infinita. En algún momento le dije que era escritor y le pregunté si querría leer un texto que había escrito en inglés sobre Patagonia. Me pasó su correo electrónico, le mandé el texto al día siguiente. Varios meses después recibí respuesta: “Leí el texto con mucha emoción”, me dijo.

A partir de entonces, mantuvimos una comunicación por mail esporádica y en uno de esos mails le envié el link a un podcast que estaba produciendo. El podcast se llama Originarios: Muerte y Resurrección y su primer episodio hablaba sobre el campo de concentración de la isla Martín García donde se habían llevado más de 5000 personas indígenas durante la Conquista del Desierto.

En 2024, recibí una invitación de la Universidad de Adelaida, la ciudad australiana donde vive Coetzee desde hace muchos años. Me invitaban a hablar en un evento llamado Speaking from the South. Coetzee se comunicó conmigo para proponerme, aprovechando mi visita, hacer un conversatorio público sobre la Conquista del Desierto y los campos de concentración. Después de ese conversatorio, ante un público australiano masivo y entusiasta, nos propusimos hacer algo más sobre el tema, expandirlo a un libro que también contara historias de colonización en Sudáfrica, Namibia y Australia.

El Premio Nobel de Literatura JM Coetzee, uno de los grandes invitados internacionales de la Feria del Libro de Buenos Aires

Definimos entonces que yo narraría la relación entre los hispanocriollos y las parcialidades indígenas de Pampa y Patagonia desde mediados del siglo XIX hasta 1880, y él narraría las violencias en Sudáfrica, Namibia y Australia. Acordamos comenzar con un diálogo entre nosotros que pusiera en contexto los relatos. Inicialmente propuse que ese diálogo fuera al final del libro. Coetzee, juiciosamente, me convenció de que estuviera al principio. No somos historiadores, dijo. Empezar el libro con las narraciones históricas daría al lector una idea errónea sobre quiénes lo escriben.

Unos meses después, ese primer texto que me llegó cuando compraba los repollitos de Bruselas, dio el puntapié inicial a la escritura, que implicó para ambos horas y horas de investigación.

A mitad de camino, John —ya no Coetzee en ese punto— me propuso una nueva idea para la introducción. Empecemos el libro con nuestras historias de infancia en las estancias de nuestros abuelos, dijo. El mail tenía un documento adjunto. El paralelo entre su historia y la mía me puso la piel de gallina, y comprendí mejor el porqué de esa emoción que él había sentido al leer ese texto sobre mi infancia en Patagonia enviado unos años antes. Con casi un cuarto de siglo de diferencia y a un océano de distancia, tanto él como yo habíamos pasado los veranos en las estancias ovinas de nuestros abuelos y habíamos querido y admirado a hombres que trabajaban en esas estancias y que años después comprendimos que eran descendientes de genocidios, de los mismos genocidios sobre los que estábamos escribiendo. Ahí entendí que el libro no empezaba en los archivos ni en la historia, sino en esas emociones y memorias compartidas.

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