Agregar Infobae enGoogle

Diez años sin Umberto Eco: “El nombre de la rosa” en la cumbre de la posmodernidad

Se cumple una década de la muerte del escritor y semiólogo italiano, momento ideal para repensar su novela más famosa, que cambió el rumbo de la narrativa europea en pleno auge de la cultura pop

El fenómeno 'El nombre de la rosa' de Umberto Eco revolucionó la literatura global al romper los límites entre alta y baja cultura

Aún no había emergido la hipermodernidad tan analizada ya por Gilles Lipovetsky. Los síntomas de la cultura globalizada se apreciaban como extraños fenómenos dignos de diseccionar en los sesudos laboratorios de las universidades. En ese tiempo, apareció el celebérrimo bestseller El nombre de la rosa (1980). Su autor, el intelectual italiano Umberto Eco, desmontó con soltura los presupuestos y prejuicios que rondaban en torno a la literatura de masas.

La “nueva edad de las tinieblas”, como la había nombrado y temido el filósofo George Steiner en su libro En el castillo de Barba Azul, aún quedaba lejos para la escéptica y democratizadora posmodernidad. No obstante, se habían producido cambios significativos en el magma de una sociedad que veneraba la cultura televisiva y que aprendió a diluir los límites entre la alta y la baja cultura. Asistíamos al auge de la cultura pop.

Como el buen intelectual sin domesticar que demostró ser con el paso del tiempo, se presentó ante el mundo con el perfil de un novelista primerizo de mediana edad. Pero tan reacio a la etiqueta del “apocalíptico” de pompa y circunstancia aristocrática como a la del “integrado” de un vitalismo sin arraigo. En realidad, ambos apelativos disfrazaban fetichismos aptos para las “polémicas estériles” o las “operaciones mercantiles” y así lo dejó claro en su ensayo Apocalípticos e integrados (1964).

PUBLICIDAD

El ensayo 'Apocalípticos e integrados' de Eco anticipó el debate sobre la cultura de masas y la aparición de la posverdad en el siglo XXI

Ese novelista bisoño era Umberto Eco, quien incursionó en el género con “ganas de envenenar a un monje”. Y, de paso, aprovechó para estrenar la posmodernidad literaria. Eran los años ochenta de un cada vez más lejano siglo XX, cuando la aparición de El nombre de la rosa desmintió, sin proponérselo, las apocalípticas voces de academia que alertaban de una “literatura del agotamiento”. Con esa consigna, solo quedaba esperar la muerte de la novela.

Lo curioso es que El nombre de la rosa no se proyecta desde el cinismo, ni desde el pesimismo. Tampoco desde otro “ismo” que denote hartazgo o recelo personal hacia el futuro del género. Lo hace en cambio desde unas ansias por divertirse a sí mismo y a los lectores, según reveló su autor en Apostillas al nombre de la rosa (1985). Una motivación que le brinda ese halo genuino, surgido de la generosidad, de quien escribe para todos, no solo para unos cuantos o sus iguales.

Vivir para contarlo y no morir de éxito

Sea como fuere, la novela en cuestión ha vendido 50 millones de ejemplares hasta la fecha. Su éxito y alcance ha llegado a compararse al de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

PUBLICIDAD

Se hizo con el máximo galardón literario italiano, el Strega, análogo de nuestro Premio Nacional de Literatura. Pero El nombre de la rosa fue más allá. Consiguió revivir a la apagada novela histórica europea.

El éxito internacional de 'El nombre de la rosa', comparado con 'Cien años de soledad', incluyó una exitosa adaptación cinematográfica protagonizada por Sean Connery

Entonces nos asalta una pregunta: ¿Cómo logró la fórmula secreta? Sobresale una particular mezcla de realidad y ficción, que se antoja un precedente de la popularizada posverdad de los años veinte del siglo XXI.

Luego nos sedujo un protagonista medieval de inspiración sherlockiana. Así que aquella intriga novelesca marcó un hito que parecía imposible. Por un lado, se granjeó el aplauso de un público que había sido subestimado con argumentos blandos de ficción. Por el otro, volatizó el tópico por excelencia que aún martillea a todo superventas: la dudosa calidad aliada del consumo rápido.

El nombre de la rosa se convirtió en un longseller. Tuvo la suerte de contar con una película protagonizada por un recordado Sean Connery. Sin embargo, su éxito inesperado necesitó unas anotaciones posteriores conocidas como Apostillas al nombre de la rosa. Umberto Eco aclaró que las escribió para “evitar tener que morir, para evitar tener que contestar a nuevas preguntas”, como recogió el periodista Igor Reyes-Ortiz en el diario El País.

Pero este pequeño volumen sesudo y puntilloso también encerró una reflexión del posmodernismo. El mismo del que había surgido ese fenómeno libresco imparable y al que el escritor definió de una forma que recordaba a aquellos diálogos noventeros de cualquier personaje de Woody Allen:

“Pienso en la actitud posmoderna como en la del que ama a una mujer muy culta y que sabe que no puede decirle ‘te amo desesperadamentente’, porque él sabe que ella sabe (y que ella sabe que él sabe) que esta frase ya la escribió Liala. Sin embargo, hay una solución. Podrá decir: Cómo diría Liala, te amo desesperadamente”.

Umberto Eco desafió los prejuicios sobre la literatura de masas con un enfoque lúdico y accesible, lejos del pesimismo de la posmodernidad

El mundo sigue necesitando a Eco

Umberto Eco no se detuvo. Continuó escribiendo. Quizás porque “el hombre es un animal fabulador por naturaleza”. Por eso, hay que leerle en otras novelas posteriores: El péndulo de Foucalt (1998), Número cero (2015) o el que fue su libro póstumo De la estupidez a la locura: Crónicas para el futuro que nos espera (2016).

Porque los grandes relatos parecen fragmentarse y el futuro de la novela pende de un hilo, valoremos regresar a nuestro semiólogo de cabecera. A esos libros que apuestan por una reconfortante evasión placentera e inteligente. De hecho, como siempre estuvo por encima de los mediáticos egos perecederos, Eco pidió en su testamento que, por favor, no se le realizaran homenajes tras los diez años de su fallecimiento.

Sobra decir que este no es un tributo. Solo un recordatorio oportuno de cuánto podemos seguir ganando sus lectores.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

*Profesora de ELE y Literatura Española, Universidad Camilo José Cela.

[Fotos: EFE/Carmen Siguenza y archivo]

Más Noticias

El guardián del futuro: Max Pérez Fallik y el desafío de preservar el legado de su abuelo, Gyula Kosice

Un niño que cruzó el océano en 1928, descubrió a Da Vinci en una casa de adopción y terminó redefiniendo el arte latinoamericano. De la mano de su nieto Max, el Museo Castagnino abre las puertas al universo de un artista de vanguardia: un recorrido por sus esculturas articuladas, piezas con agua, gas neón y las maquetas de la ciudad del futuro

Arranca la FED, una gran vidriera de las editoriales independientes hispanoparlantes

Con 330 sellos, invitados internacionales y entrada gratuita, la Feria de Editores realiza su decimoquinta edición en el completo C Art Media de Buenos Aires, hasta el domingo 9

¿Podrá un Spider-Man más realista salvar el cine de superhéroes?

La película más reciente de la franquicia adopta un enfoque íntimo y emocional, lo que supone un cambio de rumbo para un género más centrado en el entretenimiento grandilocuente

Cinco escritores imaginan Vaca Muerta: adelanto del libro que se entrega gratis en la FED

Infobae Cultura publica el cuento ‘El camino del oleoducto’ de Gabriela Cabezón Cámara, parte de la antología ‘Frackibacter Vaccamortensis’ de “ficción ecosófica”, definición inspirada en Guattari

Crónicas de violencia, poder y desigualdad en América latina

La periodista mexicana Alma Guillermoprieto publica ‘Esta improbable tierra prometida’, una nueva recopilación de sus crónicas, con una mirada crítica y testimonial sobre la región